Salmo 75
Tras los interrogantes del justo por la prosperidad de los impíos (cfr Sal 73), y la súplica–lamentación por la destrucción del Templo (cfr Sal 74), Sal 75 da gracias a Dios porque ha pronunciado su veredicto. Al angustioso: «¿Hasta cuándo?», de Sal 74,10, el Señor responde: «Cuando fije el momento» (Sal 75,3). Él es quien tiene el dominio sobre el mundo (Sal 75,4; 74,17), y el que desbarata la jactancia de aquellos que se alzan contra Él en la tierra (Sal 75,5-6; 74,7.10.18). El salmo 75 pide creer esa palabra de Dios.
La oración está enmarcada entre la acción de gracias de la comunidad (v. 2) y la promesa de alabanza del salmista (v. 10). Recoge primero un oráculo divino en el que Dios se presenta como juez poderoso (vv. 3-6), y luego el reconocimiento y la proclamación de que sólo a Dios pertenece el juicio (vv. 7-9). Se cierra con un nuevo oráculo sobre la salvación del justo (v. 11).
El cristiano que reza este salmo alaba y da gracias a Dios porque el juicio que se anuncia ya ha comenzado a realizarse con la venida de nuestro Señor Jesucristo. Sólo a Él le ha dado el Padre el poder de juzgar, y su juicio se hace ya presente en el mundo mediante la fe en Él (cfr Jn 3,16-19).
Sal 75,2
La acción de gracias tiene al mismo tiempo carácter de alabanza por las acciones salvadoras que Dios ha realizado en el pasado, y en las que se ha manifestado como Dios salvador de su pueblo —«tu Nombre»—. A esas acciones divinas apela la comunidad reunida para el culto al Señor. El cristiano hace suya esta expresión de acción de gracias contando las maravillas que Dios ha obrado por medio de Jesucristo: «Esto fue lo que hizo el Señor, éste el don que nos otorgó: siendo grande, se humilló; humillado, quiso morir; habiendo muerto, resucitó y fue exaltado para que nosotros no quedáramos abandonados en el abismo, sino que fuéramos exaltados con Él en la resurrección de los muertos, los que, ya desde ahora, hemos resucitado por la fe y por la confesión de su nombre. Nos dio y nos indicó, pues, la senda de la humildad. Si la seguimos, confesaremos al Señor y, con toda razón, le daremos gracias, diciendo: Te damos gracias, oh Dios, te damos gracias, invocando tu nombre» (S. Agustín, Sermones 23A,4).
Sal 75,3-6
En el contexto cultual se escucha el oráculo que recoge el mensaje de los profetas (cfr 2 R 19,21-22), y que pone en evidencia la soberanía de Dios sobre el mundo y sobre los poderes de la tierra; Él es creador y juez. La «frente», o en el texto hebreo «cuernos» (v. 5), es símbolo de poder; y alzarla contra el cielo significa blasfemia (cfr Za 2,1-4).
Sal 75,7-9
Del oráculo se hace eco quizá un sacerdote para explicar su significado a la asamblea: nadie en toda la tierra —se mencionan los cuatro puntos cardinales con el desierto al sur y los montes al norte— puede juzgar, sino sólo Dios, pues sólo Él puede castigar a los malvados. La imagen de la copa como símbolo del castigo divino (v. 9) es frecuente en el Antiguo Testamento (cfr Sal 11,6; Jr 25,15; Is 51,17; Ez 23,31-34). Con la metáfora de la copa llena de la ira de Dios, el libro del Apocalipsis advierte que quienes se sometan al poder del mal recibirán tal castigo (cfr Ap 14,9-10).
Sal 75,10
La confesión del salmista —o quizá del presidente de la asamblea litúrgica— que hace votos de alabanza al Dios que ha elegido y salvado en otro tiempo a Israel —«el Dios de Jacob»—, es señal de que se cree y se acepta la palabra del Señor contenida en el oráculo anterior. El anuncio del juicio divino lleva al justo a la alabanza, no al temor.
Sal 75,11
Este versículo puede recoger, a modo de conclusión, otro oráculo divino de características similares al anterior.
Salmo 76
En el salmo anterior Dios se ha presentado como el único juez de toda la tierra (cfr Sal 75,3.7-8); ahora se le reconoce como tal por la victoria otorgada a su pueblo (Sal 76,8; cfr Sal 75,4-7). Significa que cuando Él se alza para juzgar (Sal 76,10; 75,3; 74,10), su sentencia dada en el Cielo se cumple en la tierra para salvación de los humildes (Sal 76,10; 75,11; 74,21). El reconocimiento del juicio divino lleva nuevamente a la alabanza.
La composición comienza proclamando la presencia de Dios en su Templo, donde manifestó su poder (vv. 2-4); después, dirigiéndose a Dios, le confiesa vencedor sobre los ejércitos (vv. 5-7) y juez universal (v. 8) que ejerce su juicio desde el cielo para salvar a los pobres de la tierra (vv. 9-11). Concluye invitando a hacerle votos y ofrendas (vv. 12-13).
El tiempo de la «ira de Dios» (v. 8), o de la manifestación de su poder, ha culminado con la venida de nuestro Señor Jesucristo (cfr Lc 17,20-24), pero se manifestará plenamente al final de la historia con la vuelta del Señor. San Pablo exhorta a mantenerse irreprensibles en aquel día (cfr 1 Co 1,8-9), y en el libro del Apocalipsis se vislumbra el temor que recaerá entonces sobre los habitantes de la tierra (cfr Ap 6,15-17).
Sal 76,2-4
Judá e Israel no indican los dos reinos, sino el pueblo elegido en su conjunto como una unidad. «Salem» equivale a Jerusalén, y Sión al monte sobre el que estaba construido el Templo. Las expresiones del v. 4 hacen pensar en la liberación de la ciudad cuando fue atacada por Senaquerib (cfr Sal 46 con el que éste tiene gran parecido; cfr también Sal 48). San Jerónimo, haciendo referencia a Sal 19,5, pone de relieve la relación del v. 2 con Jesucristo: «Antes de que la cruz iluminase el mundo, antes incluso de que el Señor fuera visto en la tierra bien conocido era Dios en Judea, y en Israel era grande su nombre, pero cuando vino el Salvador se extendió el sonido de su voz por toda la tierra, y hasta los confines del mundo sus palabras» (Breviarium in Psalmos 75,1).
Sal 76,5-7
Estos versículos pueden entenderse como descripción de la victoria otorgada por Dios en Jerusalén, en contraste con las que otorga en las montañas; pero, en realidad, también Jerusalén está sobre un monte y puede referirse al hecho aludido en el v. 4, que ahora se generaliza.
Sal 76,8
El salmista concluye que ante Dios nadie puede resistirse cuando Él despliega su poder. Sobre los términos «Terrible» e «ira» cfr Jl 2,11; Ml 3,2.
Sal 76,9-11
Dios despliega su poder desde el cielo cuando quiere salvar a los oprimidos de la tierra. Para ello doblega a los poderes humanos (v. 11). La segunda parte de este versículo, que tal como hemos traducido según el texto hebreo significa que Dios puede retrasar a algunos el castigo, tiene un sentido distinto en la versión de los Setenta y en la Neovulgata: quienes sobrevivan al castigo divino festejarán al Señor. El texto presenta gran oscuridad.
Sal 76,12-13
Esta invitación final va dirigida primero a los israelitas para que hagan votos a Dios y los cumplan; después a las naciones, con las que se Dios se muestra «Temible», para que le ofrezcan tributos (vv. 12-13).
Salmo 77
Se vuelven a hacer presentes los interrogantes del justo en su aflicción. Con ellos se iniciaba la tercera parte del libro de los Salmos y el grupo de los salmos de Asaf (cfr Sal 73,16; 77,3-10). Pero ahora el punto de partida no es la tentación de pensar que el Señor ha abandonado a los suyos (cfr Sal 73,2-3), sino la oración confiada en medio de la tribulación (Sal 77,2). En Sal 74,13-17 la confianza se apoyaba en la acción de Dios en la creación, en Sal 75,3-6 en la palabra del Señor, y en Sal 76,4-7 en la liberación de Jerusalén; ahora se apoya en el recuerdo de la liberación de Egipto (77,15-21). Van así apareciendo los motivos fundamentales que sustentan la confianza en Dios.
La oración, anunciada a modo de introducción en el v. 2, tiene dos momentos: el de la reflexión nocturna del salmista buscando a Dios en su desgracia (vv. 2-11), y el del reconocimiento —dirigiéndose a Dios mismo— de las maravillas que obró en favor de su pueblo (vv. 12-21). En el primer momento el salmista expresa ante todo su dolor (vv. 3-5), y después su queja de que el Señor le ha olvidado (vv. 6-11). En el segundo, proclama la santidad y la grandeza de Dios (vv. 12-14) que ha mostrado su poder sobre las naciones y sobre la naturaleza para salvar a su pueblo (vv. 15-21).
El grito del salmista en medio de su tribulación, diciendo a Dios: «Tu camino es santo» (v. 14), prepara la oración de Jesús que, en su pasión, oró al Padre diciendo: «No se haga mi voluntad sino la tuya» (cfr Lc 22,42). El cristiano, siguiendo la enseñanza de Jesús, ora también diciendo «hágase tu voluntad» (Mt 6,10). La manifestación del poder de Dios en favor de su pueblo incluye también la resurrección de Cristo de entre los muertos (cfr Mt 28,3; Ef 1,18-23).
Sal 77,2
«Clamar» expresa aquí la intensidad de la oración. Ésta se inicia con la seguridad de que Dios escucha.
Sal 77,3-5
El salmista es consciente de que la aflicción por la que está pasando tiene relación con Dios: es Él quien le hace mantenerse en vigilia (cfr Sal 39).
Sal 77,6-11
La aflicción lleva a profundizar en la búsqueda de la voluntad divina (vv. 6-7), sin que ahora se encuentre respuesta (vv. 8-11). La unión del sufrimiento personal con la suerte del pueblo indica que es ésta la que preocupa en primer lugar al salmista y le causa la mayor tribulación. En lugar de: «Éste es mi tormento» (v. 11), se puede leer cambiando ligeramente el término hebreo, como hacen los Setenta y la Vulgata: «Ahora comienzo». En este caso el sentido del v. 11 puede expresar la reacción del salmista que, a pesar de sus interrogaciones anteriores, pone de nuevo su confianza en el Señor. A ello queda invitado el lector del salmo: «Nunc coepi —¡Ahora comienzo!: es el grito del alma enamorada que, en cada instante, tanto si ha sido fiel, como si le ha faltado generosidad, renueva su deseo de servir —¡de amar!— con lealtad enteriza a nuestro Dios» (S. Josemaría Escrivá, Surco, n. 161). «Di despacio, con ánimo sincero: nunc coepi —Ahora comienzo. No te desanimes si, desgraciadamente, no ves en ti la mudanza, efecto de la diestra del Señor…: desde la bajeza tuya, puedes gritar: ¡ayúdame, Jesús mío, porque quiero cumplir tu Voluntad…, tu amabilísima Voluntad» (Id., Forja, n. 398).
Sal 77,12-14
La reacción viene por el recuerdo meditado, y lleva a la aceptación de los designios divinos.
Sal 77,15-21
Se presenta una visión épica y teologizada de los episodios del Mar Rojo, del Sinaí y de la salvación del pueblo elegido. «Hijos de Jacob y de José» (v. 16) es una expresión que sólo aparece aquí: significa el conjunto del pueblo.
El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, se sabe guiado no por Moisés ni Aarón hacia una tierra, sino por Cristo a la patria celestial: «Nos hemos convertido, por tanto, en pueblo adquirido por Dios en virtud de la sangre de nuestro Redentor, como en otro tiempo el pueblo de Israel fue redimido de Egipto por la sangre del cordero. Porque así como los que fueron liberados por Moisés de la esclavitud egipcia cantaron al Señor un canto triunfal después que pasaron el Mar Rojo, y el ejército del Faraón se hundió bajo las aguas, así también nosotros, después de haber recibido en el bautismo la remisión de los pecados, hemos de dar gracias por estos beneficios celestiales. En efecto, los egipcios, que afligían al pueblo de Dios, y que por eso eran como un símbolo de las tinieblas y aflicción, representan adecuadamente los pecados que nos perseguían, pero que quedan borrados en el bautismo. La liberación de los hijos de Israel, lo mismo que su marcha hacia la patria prometida, representa también adecuadamente el misterio de nuestra redención: caminamos hacia la luz de la morada celestial, iluminados y guiados por la gracia de Cristo. Esta luz de la gracia quedó prefigurada también por la nube y la columna de fuego; la misma que los defendió, durante todo su viaje, de las tinieblas de la noche, y los condujo, por un sendero inefable, hasta la patria prometida» (S. Beda, Expositio super Epistulas Petri 2).
Salmo 78
En el salmo anterior se cantaban los portentos del Señor que rescató a su pueblo de Egipto (cfr Sal 77,15-20) y lo condujo bajo la guía de Moisés y de Aarón (cfr Sal 77,21); en éste se da explicación de por qué ahora el pueblo es guiado por David (o la monarquía davídica), y de por qué, a pesar de aquellos portentos, sufrieron la pérdida del Arca. El Señor no rechazó entonces a su pueblo (cfr Sal 77,8-11). Fue un castigo, al tiempo que un don de algo mejor (78,69-72). La meditación en medio de la adversidad (cfr Sal 77,3-7) lleva al sabio a estas conclusiones (78,1-2.7-8).
Habla un sabio que inicia su poema (vv. 1-8) invitando a su pueblo a escucharle (vv. 1-2) y exponiendo el origen (vv. 3-4) y la finalidad (vv. 5-8) de su enseñanza. A continuación recuerda cómo Israel quebrantó repetidamente la Alianza, en el desierto y tras entrar en la tierra, por lo que Dios le castigó y finalmente abandonó el santuario de Siló (vv. 9-64); en su lugar, eligió a Jerusalén y a la tribu de Judá, y suscitó al rey David (vv. 65-72).
Al recordar esa historia el salmista tiene ante los ojos la infidelidad del reino del Norte, y la atribuye, en una visión general (vv. 9-16), al olvido de lo que Dios había hecho por su pueblo cuando le sacó de Egipto (vv. 9-11) y lo condujo por el desierto (vv. 12-16). Después, en una mirada más detenida (vv. 17-31), recuerda las primeras rebeliones contra Dios en el desierto (vv. 17-19) a las que Dios respondió dándoles agua y alimento (vv. 20-28), pero también castigando a los más fuertes (vv. 29-31). A continuación se mencionan las otras rebeliones del desierto (vv. 32-39): volvieron a pecar y Dios volvió a castigarlos (vv. 32-33); retornaban aparentemente al Señor (v. 34-37) y Éste los trataba con clemencia pues conocía su debilidad (vv. 38-39).
Como en un resumen se presenta de nuevo lo sucedido en el desierto y su significado (vv. 40-55): se rebelaron muchas veces (vv. 40-41) olvidándose de los portentos de la salida de Egipto —descritos ahora con más detalle— (vv. 42-51), pero Dios los llevó a la tierra prometida (vv. 52-55). A continuación se cuenta lo que sucedió allí (vv. 56-64): volvieron a rebelarse contra Dios (vv. 56-58), por lo que Dios retiró definitivamente su presencia del santuario que habían construido (vv. 59-60) y los entregó, junto con el Arca, en manos del enemigo (vv. 61-64). Pero Dios, expone finalmente el salmo (vv. 65-72), no abandonó al pueblo: castigó a los enemigos (vv. 65-66), repudió al reino del Norte y eligió a Judá, construyendo su Templo en Jerusalén (vv. 67-69) y suscitando a David, rey justo (vv. 70-72).
Con esta presentación de la historia, a veces sin seguir el orden de los hechos, el salmista afirma que el reino del Norte no ha sido fiel al Dios de Israel porque había olvidado, como sucedió en los tiempos del éxodo y la conquista, lo que el Señor hizo por su pueblo; en cambio ese recuerdo se mantiene en Judá y Jerusalén. El salmo pudo ser compuesto después de la caída del reino del Norte o tras la vuelta del destierro como preludio del salmo siguiente.
El sabio que habla en este salmo desvela el significado de los hechos de la historia de Israel, viendo el poder y la clemencia divinas en los acontecimientos del éxodo, del desierto y de la estancia en la tierra hasta David. Para el cristiano, la acción de Dios abarca mucho más. San Pablo verá culminada esa acción de Dios en favor de los hombres en la resurrección de Cristo (cfr Rm 1,2-7) y en el don del Espíritu Santo (cfr Ef 1,13-14). La reprobación de Efraím y la elección de Judá (cfr vv. 67-69) son modelo de lo que ha sucedido en Jesucristo y en la Iglesia: la rebeldía de los judíos, que no aceptaron la misericordia de Dios manifestada en Jesucristo (cfr Rm 11,31), ha sido ocasión para que la salvación llegue a los gentiles mediante la Iglesia (cfr Rm 11,11).
Sal 78,1-2
El estilo de instrucción sapiencial (cfr Pr 3,1) invita al lector a la meditación personal, aunque el salmo vaya dirigido a todo el pueblo y pueda tener un contexto litúrgico (cfr Sal 49,1-4 de carácter similar). El salmista califica sus palabras de «parábolas» y «misterios», como es frecuente entre los sabios y los profetas (cfr Ez 17,2), pues va a exponer el ejemplo y el sentido profundo de los hechos que recuerda. Jesús hace suyas las palabras del v. 2 añadiendo «desde la creación del mundo» cuando propone en parábolas el misterio del Reino de Dios (cfr Mt 13,35).
Sal 78,3-4
La primera persona del plural indica la garantía de la tradición en lo que concierne a la relación del pueblo con Dios.
Sal 78,5-8
Dios cuenta con la tradición para que el pueblo mantenga la fidelidad a través de las generaciones.
Sal 78,9-11
La acusación contra la tribu de Efraím, representante del reino del Norte, no es de cobardía en la guerra (cfr Dt 33,17), sino de falta de valor para seguir la Ley de Dios, y de olvido de la tradición.
Sal 78,12-16
La tradición concierne especialmente a los hechos que dieron origen al pueblo, tales como la liberación de Egipto —Soán equivale a Tanis o Ramsés en Gn 47,11; Ex 1,11— mediante el paso del Mar Rojo y la travesía del desierto guiados por la nube luminosa, reflejo de la gloria y presencia de Dios (v. 14), sin que les faltase agua abundante (vv. 15-16).
Sal 78,17-19
La persistencia en pecar contra Dios es como un estribillo a lo largo del salmo (vv. 32.40.56), pues se trata de la clave teológica para comprender la historia. Se señala ya que la raíz del pecado está en dudar del poder de Dios (v. 19).
Sal 78,20-28
A la duda sobre el poder de Dios sigue la falta de confianza en Él (v. 22). Pero Dios manifestó su poder desde y sobre el cielo (vv. 23.26; cfr Gn 7,11; 2 R 7,2), enviándoles el maná (vv. 24-25; cfr Ex 16,14-16) y codornices (vv. 27-28; cfr Ex 16,12-13). Al maná se le llama «pan de ángeles» en los Setenta y en la Vulgata, como en Sb 16,20, porque es enviado del cielo; el texto hebreo dice literalmente «pan de los fuertes», que puede tener el mismo significado. Entre los judíos de la época de Jesús el milagro del maná, tal como se interpreta en el v. 25, era prototipo del poder de Dios y del cuidado por su pueblo. Los judíos lo presentan a Jesús como argumento para seguir a Moisés por quien se había efectuado tal signo (cfr Jn 6,31). Jesús les advierte que, en realidad, se debió a Dios, y que Él mismo, Jesús, va a realizar un signo similar pero mucho mayor: dar a comer su cuerpo, verdadero pan del cielo (Jn 6,32-33).
Sal 78,29-31
Dios, que envía sus dones, también corrige mediante el castigo (cfr Nm 11,33-34).
Sal 78,32-33
Estos versículos pueden recordar la protesta del pueblo y el castigo divino narrados en Nm 14,1-9.20-35, cuando Dios estableció que aquella generación moriría antes de entrar en la tierra.
Sal 78,34-37
Con el esquema propio de la narración deuteronomista de la historia (pecado–castigo–conversión–salvación, cfr Jc 2,10ss.) se resume la relación del pueblo con Dios en el desierto.
Sal 78,38-39
Se destaca la clemencia divina, pues aunque Dios castigaba, lo hacía con moderación —«sin encender todo su furor»— (v. 38).
Sal 78,40-41
Como visión de conjunto el salmista va a contraponer las muchas veces —diez según Nm 14,22— que el pueblo se rebeló, con la grandeza de los prodigios divinos para sacarlos de Egipto (cfr vv. 42-51).
Sal 78,42-51
Sólo alude a siete de las diez plagas, las mismas que se encuentran en la tradición yahvista de Ex 7-11.
Sal 78,52-55
El recuerdo, la tradición, incluye la entrada en la tierra y su reparto entre las tribus.
Sal 78,56-58
Sobre el pecado de Israel en sus cultos idolátricos después de haber entrado en la tierra, cfr Jc 2,11-15.
Sal 78,59-60
Los pecados de Israel tras entrar en la tierra fueron, para el salmista, la causa de la pérdida del Arca (cfr 1 S 4,1-11); hecho que ahora se interpreta en el sentido de que fue Dios mismo quien decidió abandonar el santuario de Siló.
Sal 78,61-64
La gloria de Dios en manos del adversario significa el Arca en manos de los filisteos (cfr 1 S 4,21-22). Los sacerdotes muertos a espada son Jofní y Pinjás (cfr 1 S 2,34; 4,11), aludiendo, con una visión generalizada, a la viuda de Pinjás (cfr 1 S 4,19-20).
Sal 78,65-66
Con una metáfora muy atrevida el salmista recuerda la acción de Dios castigando a los filisteos cuando llevaron consigo el Arca (cfr 1 S 5,6-12).
Sal 78,67-69
La atención recae, viendo en ello lo más importante, en las consecuencias positivas que tuvo el pecado de Israel: la elección por parte de Dios de la tribu de Judá, y de Jerusalén como lugar donde se construiría el Templo.
Sal 78,70-72
David aparece aquí como rey ideal de todo Israel. Al aludir a estos hechos el salmista resalta la iniciativa divina y pone a Dios como sujeto de todos los verbos de los vv. 70-72.
La historia de las acciones de Dios narradas en este salmo se prolonga con las que dieron origen a la Iglesia mediante la redención de Cristo y con las de la fidelidad de los cristianos: «Primero, Dios liberó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, con grandes portentos y prodigios; los hizo pasar el Mar Rojo a pie enjuto; en el desierto, los alimentó con manjar llovido del cielo —el maná y las codornices—; cuando padecían sed, hizo salir de la piedra durísima un perenne manantial de agua; les concedió la victoria sobre todos los que guerreaban contra ellos; por un tiempo, detuvo de su curso natural las aguas del Jordán; les repartió por suertes la tierra prometida, según sus tribus y familias. Pero aquellos hombres ingratos, olvidándose del amor y munificencia con que les había otorgado tales cosas, abandonaron el culto del Dios verdadero y se entregaron, una y otra vez, al crimen abominable de la idolatría. Después, también a nosotros, que, cuando éramos gentiles, nos sentíamos arrebatados hacia los ídolos mudos, siguiendo el ímpetu que nos venía, Dios nos arrancó del olivo silvestre de la gentilidad, al que pertenecíamos por naturaleza, nos injertó en el verdadero olivo del pueblo judío, desgajando para ello algunas de sus ramas naturales, y nos hizo partícipes de la raíz de su gracia y de la rica sustancia del olivo. Finalmente, no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros como oblación y víctima de suave olor, para rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado. Todo ello, más que argumentos, son signos evidentes del inmenso amor y bondad de Dios para con nosotros; y, sin embargo, nosotros, sumamente ingratos, más aún, traspasando todos los límites de la ingratitud, no tenemos en cuenta su amor ni reconocemos la magnitud de sus beneficios, sino que menospreciamos y tenemos casi en nada al autor y dador de tan grandes bienes; ni tan siquiera la extraordinaria misericordia de que usa continuamente con los pecadores nos mueve a ordenar nuestra vida y conducta conforme a sus mandamientos» (S. Juan Fisher, Commentarii super Psalmos 101).
Salmo 79
En el salmo anterior se recordaba la pérdida del Arca y el abandono divino del santuario de Siló, como castigo por los pecados del pueblo (cfr Sal 78,59-61); ahora la oración se eleva después de la destrucción del Templo de Jerusalén el año 587 a.C. (Sal 79,1; cfr Sal 74), una desgracia similar aunque de mayor trascendencia. Pero el pueblo sigue siendo el mismo rebaño del Señor (Sal 79,13) que en otro tiempo fue guiado por Moisés y Aarón (cfr Sal 77,21) y pastoreado por David (Sal 78,70-72). Por eso puede elevar su súplica angustiosa en la nueva tribulación.
El salmista, en nombre del pueblo, comienza presentando ante Dios las desgracias que les han acarreado los gentiles (vv. 1-4), y a continuación eleva dos súplicas iniciadas con interrogación: la primera, pidiendo a Dios que cese de castigarles a ellos y que castigue a los gentiles (vv. 5-9); la segunda, rogándole que les conceda la liberación (vv. 10-12). Concluye con la promesa de alabanza por parte del pueblo (v. 13).
Al rezar este salmo el cristiano pide para la Iglesia lo que el salmista suplicaba para el antiguo pueblo de Dios: perdón de los pecados, auxilio en las tribulaciones y protección frente a los asaltos de los poderes adversos. Pero, siguiendo la enseñanza de Jesús, supera los sentimientos de venganza presentes en el texto del salmo, y los reemplaza por los de perdón pidiendo la gracia de la conversión también para los enemigos de la Iglesia.
Sal 79,1-4
Hay un orden en la presentación de las desgracias. Primero en lo más santo: el pueblo de Israel —«tu heredad»—, el Templo y Jerusalén, ciudad de Dios (v. 1); después, en la muerte de los fieles del Señor con el agravante de quedar insepultos (vv. 2-3); por último, en la humillación política y social (v. 4).
Sal 79,5-9
Se reconoce que los males se deben a la ira divina por los pecados cometidos, tanto por ellos como por sus antepasados (vv. 5.8); pero se aduce que mayor pecado cometen los gentiles que no reconocen a Dios y han devastado a su pueblo (v. 6). Se pide, por tanto, que Dios cambie la dirección de su ira. El perdón se solicita en virtud del límite al que ha llegado la situación (v. 8), y a la fidelidad de Dios a su amor manifestado en la Alianza, en su «Nombre» (v. 9). «En la historia de la salvación, Dios no se ha contentado con librar a Israel de “la casa de servidumbre” (Dt 5,6) haciéndole salir de Egipto. Él lo salva además de su pecado. Puesto que el pecado es siempre una ofensa hecha a Dios (cfr Sal 51,6), sólo Él es quien puede absolverlo (cfr Sal 51,12). Por eso es por lo que Israel tomando cada vez más conciencia de la universalidad del pecado, ya no podrá buscar la salvación más que en la invocación del nombre de Dios Redentor (cfr Sal 79,9)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 431).
Sal 79,10-12
Se acude a Dios como el «vengador de la sangre» (cfr Dt 32,35.43) de los israelitas que han muerto, y el defensor de los que viven amenazados por la muerte (v. 11). «Devolver siete veces» (v. 12) equivale a cumplir plenamente la ley del talión (cfr Sal 109). Más que deseo de venganza, el salmista siente un gran celo por el honor de Dios.
Sal 79,13
A pesar de todas las desgracias, el pueblo no se siente abandonado de Dios: sigue siendo su rebaño.