Salmo 80
El salmo anterior presentaba ante el Señor la ruina del Templo y de Jerusalén (cfr Sal 79,2-4); ahora se le presenta la devastación sufrida por las tribus del norte (Sal 80,3). La conciencia del pueblo ante Dios, de ser «ovejas de tu rebaño» (cfr Sal 79,13) lleva a invocarle como Pastor (Sal 80,2). La oración cobra un tono más vivo y más confiado. Es muy posible que la situación descrita sea la de la invasión asiria del reino del Norte (cfr 2 R 17,1-6).
Un estribillo en el que se condensa la súplica (vv. 4.8.20) marca tres pasos en la oración. Primero (vv. 2-3), la urgente invocación a Dios para que intervenga; segundo (vv. 5-7), la queja al Señor exponiéndole el sufrimiento que padece el pueblo; tercero (vv. 9-19), la confesión de ser su pueblo: su viña arrasada (vv. 9-14), que eleva una nueva súplica (vv. 15-17) y hace una profesión de confianza (vv. 18-19).
Las imágenes empleadas en este salmo —Dios Pastor, el pueblo viña o vid— son recogidas en el Nuevo Testamento para expresar la nueva relación de Dios con los hombres mediante nuestro Señor Jesucristo. Jesús se presenta como el Pastor que guía a su pueblo, la Iglesia, y ama a sus ovejas hasta dar la vida por ellas (cfr Jn 10,14-18). En sus enseñanzas Jesús utiliza la imagen de la viña para significar al pueblo propiedad del Señor, y Él mismo se compara a la vid de la que reciben vida los sarmientos, los llamados a formar parte del nuevo pueblo de Dios (cfr Jn 15,1).
Sal 80,2-3
Efraím y Manasés, hijos de José (cfr Gn 48,1-6), eran las tribus representantes del reino del Norte (cfr Jos 16-17); la de Benjamín —que quedó en parte unida a la de Judá por su proximidad geográfica (cfr 1 R 12,21-22)— es mencionada con aquéllas quizás porque en el salmo se piensa en todo el país contemplado desde Jerusalén. Dios, como Pastor de su pueblo, tiene su morada en el Templo, sobre el Arca —«sentado sobre los querubines» (cfr Ex 25,18-22)—.
Sal 80,4
«Conviértenos» significa aquí pedir a Dios que restaure al pueblo en la situación anterior, aunque puede entenderse —así lo hace el Targum, o traducción aramea de la Biblia— en el sentido de hacer volver a su tierra los obligados a huir de ella. «Brillar el rostro» es manifestar el poder mediante acciones salvíficas (cfr Sal 31,17). El reconocimiento de que Dios lleva la iniciativa en todas esas acciones es proclamado por la Iglesia también a propósito de la justificación del hombre pecador: «Cuando en las Sagradas Letras se dice: Convertíos a mí y yo me convertiré a vosotros (Za 1,3), somos advertidos de nuestra libertad; cuando respondemos: Conviértenos, Señor, a ti, y nos convertiremos (Jr 5,21), confesamos que somos precedidos por la gracia de Dios» (Conc. de Trento, De iustificatione).
Sal 80,5-7
El Dios Pastor de Israel es el Dios todopoderoso en los Cielos, el «Dios de los ejércitos» (cfr Sal 59,6; 84,9; Dt 4,19); a Él y a su ira en el castigo —«arderás de ira»— se debe, en definitiva, el sufrimiento del pueblo, descrito ahora como constante llanto (v. 6) y oprobio (v. 7).
La expresión «en abundancia» (v. 6) es traducida por los Setenta y la Vulgata «con medida», en el sentido de «con moderación». Así lo comprende San Agustín que lo aplica a las tribulaciones de la vida cristiana: «Los hay, en efecto, que, cuando oyen hablar de las tribulaciones venideras, se fortalecen más, y es como si se sintieran sedientos de la que ha de ser su bebida. Piensan que es poca cosa para ellos la medicina de los fieles y anhelan la gloria de los mártires. Mientras que otros, cuando oyen hablar de las tentaciones que necesariamente habrán de sobrevenirles, aquellas que no pueden menos de sobrevenirle al cristiano, aquellas que sólo quien desea ser verdaderamente cristiano puede experimentar, se sienten quebrantados y claudican ante la inminencia de semejantes situaciones. Ofréceles el alivio de la consolación, trata de vendar sus heridas. (…) Pues a él le fue dicho: Nos diste a beber lágrimas, pero con medida. De modo que el salmista, al decir con medida, viene a decir lo mismo que el Apóstol: No permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas. Sólo que tú no has de rechazar al que te corrige y te exhorta, te atemoriza y te consuela, te hiere y te sana» (Sermones 46,5,12).
Sal 80,9-14
Para mover a Dios se recuerdan sus acciones salvadoras en el pasado: Él sacó a su pueblo de Egipto y le dio la tierra. Se emplea la expresiva imagen de la viña tan utilizada por los profetas (cfr Is 3,14; 5,1-7; Jr 2,21; Ez 17,6-8; etc.).
Sal 80,15-17
La imagen de la viña, o mejor, de la vid plantada por el Señor, queda explicada al llamar a Israel «el hijo que te adoptaste» (v. 16; cfr Os 11,1). El salto que supone esta forma de hablar lleva a algunos intérpretes a corregir el texto hebreo leyendo «el retoño que hiciste vigoroso», y a los Setenta y la Neovulgata a traducir «el hijo del hombre…» como en el v. 18.
Sal 80,18-19
El salmista considera a Israel instrumento de la manifestación del poder de Dios —«al hombre de tu diestra», equivalente a tu brazo derecho—, y pueblo elegido por Él —«hijo del hombre que adoptaste», o «fortaleciste»—. También es posible que «hombre de tu diestra» aluda a Benjamín que significa «hijo de la derecha» (cfr Gn 35,18) o a la figura de un rey. En correspondencia a la intervención de Dios está la fidelidad del hombre; en este caso, del pueblo (v. 19).
Salmo 81
En el salmo anterior se pedía a Dios que escuchase la súplica (cfr Sal 80,2); ahora es Dios quien pide al pueblo que le escuche a Él (Sal 81,9; cfr Sal 50). La pregunta de por qué sobrevino el castigo (cfr Sal 80,13) encuentra ahora la respuesta divina: Israel no obedeció (Sal 81,12). Como en los salmos anteriores, José es el representante del pueblo (cfr Sal 78,59-60.67; 80,2-3; 81,6). Los prodigios del pasado recordados en Sal 78,24-25 se prometen para el futuro si el pueblo escucha (Sal 81,11.17). La celebración de las acciones salvadoras de Dios en el pasado se une a la invitación a la fidelidad.
Se inicia el salmo con la invitación a la alabanza a Dios en una festividad decretada por Él (vv. 2-6), y a continuación se recoge un oráculo (vv. 7-17) en el que habla el Señor recordando que Él fue el liberador del pueblo (vv. 7-8) y exhortando a éste a escucharle (vv. 9-13) para poder salvarle (vv. 14-17).
En este salmo queda resaltada la esperanza que Dios seguía poniendo en que su pueblo le escuchase. Muestra así la manera de actuar de Dios, que aparece con mayor claridad en el Evangelio: Dios es el Padre que espera la vuelta del hijo pródigo para colmarlo de manifestaciones de amor (cfr Lc 15,11-24). Y Jesús, dirigiéndose a Jerusalén y llorando por ella, se lamenta diciendo: «¡Si conocieras también tú en este día lo que te lleva a la paz! Sin embargo, ahora está oculto a tus ojos» (Lc 19,42).
Sal 81,2-6
La solemnidad de la alabanza queda expresada en los instrumentos musicales mencionados (vv. 3-4; cfr Sal 150,3-5). La fiesta puede ser la Pascua o la de las Tiendas (Tabernáculos), pues ambas se celebraban en la luna llena (cfr Lv 23,5.34), y ambas recuerdan que Dios sacó a su pueblo de Egipto. La mención de José (v. 6), representante del reino del Norte, puede deberse a que se considera a aquel reino como el que no escuchó al Señor (cfr vv. 12-13). El mismo salmista que invita a la alabanza se siente profeta, portador de un oráculo divino: la «lengua que ignoro» (v. 6) hace referencia a la manera misteriosa en que recibe la inspiración divina.
Sal 81,7-8
A pesar de haberle librado de la esclavitud —«la carga» (v. 7)—, y habérsele manifestado en el Sinaí (v. 8; cfr Ex 19,19), el pueblo ya fue infiel en Meribá (cfr Sal 95,8; Nm 20,2-13).
Sal 81,9-13
Israel ha seguido siendo infiel (vv. 12-13) a pesar del mandato recibido (vv. 10-11), que alude al primer mandamiento (cfr Ex 20,5; Dt 5,6-10).
Sal 81,14-17
Dios sigue a la espera de que el pueblo se convierta a Él y le obedezca para colmarle de favores: salvarle de los enemigos (vv. 14-15), hacer que sea respetado por todos los pueblos (v. 16), y darle abundancia de bienes (v. 17).
La invitación a escucharle y a obedecer su voluntad, que el Señor dirige a su pueblo en este salmo, es aplicable a todas las circunstancias de la vida humana, aun las más dolorosas. Incluso en ellas Dios sigue siendo «nuestra fuerza», como enseñaba desde su propia experiencia San Josemaría: «Iubilate Deo. Exsultate Deo adiutori nostro (Sal 81,2). Alabad a Dios. Saltad de alegría en el Señor, nuestra única ayuda. Jesús, quien no lo comprenda, no conoce nada de amores, ni de pecados, ¡ni de miserias! Yo soy un pobre hombre, y entiendo de pecados, de amores y de miserias. ¿Sabéis lo que es estar levantado hasta el corazón de Dios? ¿Comprendéis que un alma se enfrente con el Señor, le abra su corazón, le cuente sus quejas? Yo me quejo, por ejemplo, cuando se lleva junto a Él a gente de edad temprana, cuando aún podría servirle y amarle muchos años en la tierra; porque no lo entiendo. Pero son gemidos de confianza, pues sé que, si me apartara de los brazos de Dios, tropezaría enseguida. Por eso, inmediatamente, despacio, mientras acepto los designios del Cielo, añado: hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén. Amén» (Amigos de Dios, n. 153).
Salmo 82
El oráculo sobre el pueblo de Dios presentado en el salmo anterior (cfr Sal 81,9) se completa con el que Dios pronuncia en este salmo contra los «jueces» o «dioses». Pero si allí acababa con la esperanza y el deseo divino de la conversión del pueblo (cfr Sal 81,14), aquí termina con sentencia de muerte (Sal 82,7). De esta forma se amplía la perspectiva en la contemplación de Dios y de su poder, de manera parecida a la que sucedió en Sal 58.
Se comienza afirmando que Dios juzga en el cielo (v. 1), y a continuación se presenta su juicio y su sentencia (vv. 2-7). Concluye con la petición de que Dios juzgue la tierra (v. 8).
Ante las injusticias que se cometen en este mundo, el cristiano, como el autor del salmo, espera la instauración de la justicia divina (cfr Ap 6,10-11). Pero sabe que en realidad el juicio divino ya ha comenzado con la muerte y resurrección de Jesucristo, y que «el Príncipe de este mundo ya está condenado» (cfr Jn 16,8-11).
Sal 82,1
La representación del tribunal de Dios en el cielo refleja los tribunales de la tierra en los que al juez acompañan sus consejeros. En el caso de Dios éstos son los ángeles. Se resalta así la majestad del Señor.
Sal 82,2-7
Viene ahora el juicio de Dios dirigido a los «dioses», «hijos del Altísimo» (v. 6). No está claro si su trasfondo remoto podía hacer referencia a los reyes de las naciones que rodeaban a Israel, que se creían dioses y gobernaban injustamente, o a los dioses que ellos adoraban. El texto actual parece referirse a los guías de Israel —reyes o jueces— que abusan de su poder (cfr 1 S 8,3; Ez 34,4.21) en contra del pobre (cfr Is 1,16-17), a pesar de haber recibido de Dios su función: en ese sentido pueden ser llamados «dioses, hijos del Altísimo» (v. 6; cfr Sal 58,2), y su conducta trastorna el orden querido por Dios (v. 5). Sobre esos «dioses» realiza Dios su juicio. Al no reconocer que el único Juez es Dios, con su injusticia quebrantan el orden del mundo establecido por Dios mismo en la creación (v. 5, que puede ser comentario del salmista al oráculo). La sentencia de Dios sobre ellos les sitúa en su verdadera condición: morirán como todos los hombres (v. 7). Sólo Dios es el verdadero Juez y Rey. Jesucristo citó palabras del v. 6 —«Yo dije: “sois dioses”»— para que los judíos que le escuchaban no le llamasen blasfemo cuando se declaraba «Hijo de Dios» (Jn 10,34-36). Al igual que los judíos de su tiempo, Jesús entiende que los «guías» del pueblo, a los se «dirigió la Palabra de Dios» pueden ser llamados «dioses» porque Dios les ha otorgado capacidad y sabiduría para conducirlo. Pero si ellos no lo guían con justicia y verdad (cfr Jn 10,12), y «la Escritura no puede fallar» (Jn 10,35), Jesús, santificado y enviado al mundo por el Padre para conducir al pueblo a la salvación, puede llamarse con verdad y realmente Hijo de Dios. Así se cumplen las palabras de este salmo.
Sal 82,8
Del reconocimiento de Dios como juez definitivo brota esta súplica final en la que se proclama el señorío de Dios sobre el mundo. Es una petición semejante a la que hacen los cristianos en la segunda petición del Padrenuestro, esperando la venida definitiva del Reino de Dios en la Parusía de Cristo: «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20). «Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino, habríamos tenido que expresar esta petición, dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: “¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?” (Ap 6,10). En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino!» (Tertuliano, De oratione 5; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2817).
Salmo 83
En este salmo se pide que se haga extensivo a los enemigos del pueblo un juicio de Dios similar al que se pedía en el salmo anterior para los jueces que le avasallaban desde dentro. Tanto entonces como ahora se proclama a Dios juez y señor de toda la tierra (cfr Sal 82,8; 83,19).
Se comienza pidiendo la intervención de Dios (v. 2) y se le expone el motivo por el que se le suplica: los enemigos de Dios quieren destruir a Israel (vv. 3-5). A continuación se señala en concreto quienes son esos enemigos (vv. 6-9). Luego, como segunda parte del salmo, viene la petición de lo que Dios ha de hacer con ellos (vv. 10-17): lo que hizo con otros pueblos en el pasado (vv. 10-13), dispersándolos para que se arrepintieran (vv. 14-17) y avergonzándolos para que le reconocieran (vv. 18-19).
Cuando un cristiano reza este salmo pide ayuda al Señor frente a los enemigos de la Iglesia. Pero sabe que éstos no son las naciones, sino los poderes supramundanos (cfr Ef 6,12) que a veces muestran su fuerza conduciendo por sus caminos a los poderosos de este mundo (cfr Ap 13,1-18).
Sal 83,2
La manifestación de Dios que se pide aquí tiene como fin primero su gloria (cfr v. 19).
Sal 83,3-5
Los enemigos de Dios son los que atacan a su pueblo hasta querer hacerlo desaparecer (cfr Sal 2 en referencia al rey).
Sal 83,6-9
Aunque la lista de pueblos coaliados contra Israel responde a intereses poéticos, es significativo que no aparezca Babilonia, por lo que se considera que el salmo se compuso antes del s. VI a.C.
Sal 83,10-13
Se recuerdan las victorias de los Jueces (cfr Jc 4-5; 7-8), subrayando el castigo que sufrieron sus enemigos al quedar sus cuerpos insepultos —«estiércol para el campo» (v. 11)—, y se da por supuesto que la tierra era de Dios —«los dominios de Dios» (v. 13)—.
Sal 83,14-17
Las comparaciones hechas en estos versículos destacan el carácter irresistible de la acción divina y el deseo del salmista de que todos reconozcan al Señor (v. 17). Enseña que el afán de verse libre de males debe ir unido al anhelo de que Dios reine: «Ninguna cosa mueve más al hombre a orar que el deseo y la esperanza de verse libre de los trabajos que le afligen o que le amenazan. (…) Pero, aunque verdaderamente obran con espontaneidad los hombres al invocar a Dios en los peligros y desgracias (…) quiso que antes de pedir que nos libre del mal, pidiésemos que el nombre de Dios sea santificado, que se extienda su reino, y que luego pidiésemos las demás cosas» (Catecismo Romano 4,16,2-3). Es éste el afán de almas que tuvieron los santos: «No podré descansar hasta el fin del mundo, mientras haya almas que salvar» (S. Teresa de Lisieux, Novissima verba).
Sal 83,18-19
Más que la desaparición de aquellos pueblos, el salmista pide que reconozcan que el único Dios es el Dios de Israel.
Salmos 84-88
Terminado el grupo de salmos de Asaf (Sal 73-83), la parte III del libro incluye dos pares de salmos de los hijos de Coré (Sal 84-85; 87-88) separados por una plegaria de David (Sal 86). Cada par consta de un salmo dedicado a Sión (Sal 84 y 87), seguido de otro de súplica (Sal 85 y 88); sus acentos son similares a los que encontrábamos en el grupo de salmos de los hijos Coré al comenzar la segunda parte del libro de los Salmos (cfr Sal 42-49). La oración de David, en el centro del grupo, proclama la venida de todas las gentes a postrarse ante Dios en el Templo.
Salmo 84
Ya el grupo anterior de salmos de los hijos de Coré (Sal 42-49) comenzaba con el recuerdo anhelante de la peregrinación al Templo (cfr Sal 42,5). Algo parecido sucede ahora en Sal 84, con la diferencia de que aquí el salmista parece haber conseguido su deseo (Sal 84,11). La secuencia entre este salmo y el anterior parece estar señalada en que en aquél se confesaba a Dios como el que «sólo» Él era el Altísimo (cfr Sal 83,19), y en éste como «el Dios de los dioses» que habita en Sión (Sal 84,8).
A la confesión inicial del deseo de morar en el Templo para ser dichoso (vv. 2-5), sigue la proclamación de la dicha de los que peregrinan a Jerusalén (vv. 6-8), y la súplica por el rey acompañada del reconocimiento de los bienes que allí el Señor le otorga (vv. 9-12). Concluye proclamando dichoso a quien confía en Dios (v. 13).
Los deseos de morar en el Templo y la dicha de estar junto a Dios, tal como aparece en éste y en otros salmos (cfr Sal 120-134), los actualiza el cristiano en su deseo de vivir con Cristo (cfr Flp 1,21). Cristo es, en efecto, el nuevo Templo de Dios (cfr Jn 2,21). De ahí que la meditación de este salmo sea un medio para fomentar las ansias de unirse íntimamente a Cristo en la celebración eucarística, y especialmente al recibirle en la Sagrada Comunión. Por eso, este salmo, junto con los dos siguientes (Sal 85 y 86) y con Sal 116 y 130, es uno de los que la Iglesia ha aconsejado rezar a los sacerdotes antes de celebrar la Santa Misa.
Sal 84,2-5
El «Señor de los ejércitos», o poderoso en los cielos (cfr Sal 80,8), mora en el Templo donde se manifiesta amable con sus fieles, con los que le confiesan «mi Rey y Dios mío» (v. 4), y donde escucha sus plegarias (cfr vv. 9-10). Es el «Dios vivo» que fortalece interior y físicamente, en todo su ser, al hombre (v. 3; cfr Sal 16,9). El deseo del salmista de estar junto a Dios en el Templo (v. 3) se compara poéticamente a los pájaros que encuentran refugio en su nido. Cuánto más no va a desearlo él siendo el Señor su Rey y su Dios (v. 4). En estar allí y alabarle consiste la felicidad (v. 5).
Sal 84,6-8
En vez de «en su corazón decide peregrinar» (v. 6), como traducen glosando el texto hebreo los Setenta y la Neovulgata, puede traducirse también «dichosos quienes ponen su corazón en los senderos», es decir, quienes han iniciado la peregrinación. En ambos casos se siente el gozo de querer estar junto a Dios. El «valle del llanto» puede ser un nombre figurativo de las penalidades de la marcha que, para ellos, se convierten en momentos de gozo (v. 7), pues el Señor va aumentando sus fuerzas en el camino hasta que le encuentran en Jerusalén (v. 8). «Fuerzas» puede entenderse también como «baluarte» o «torreón», y «el Dios de los dioses» como «hasta Dios». En tal caso podría traducirse «camino de baluarte en baluarte, hasta ver a Dios en Sión», como encontramos en la traducción litúrgica española.
Sal 84,9-12
Quizás ya en el Templo —el salmo respondería en este caso a una liturgia de entrada (cfr Sal 15; 24)— se eleva la oración por el rey. Se invoca aquí a Dios como protector del pueblo —«escudo nuestro» (cfr v. 10)— porque Él ejerce su protección a través de su ungido, el rey. El número «mil», contrapuesto a «uno» (v. 11), es símbolo de perennidad (cfr Sal 90,4; Ap 20,4-6).
Sal 84,13
El salmista se dirige al Señor con la misma invocación con la que había comenzado la oración: «Señor de los ejércitos».
Entendiendo que la verdadera morada de Dios es el cielo que nos espera, comenta San Bruno: «¡Qué deseables son tus moradas! Mi alma se consume y anhela llegar a los atrios del Señor, es decir, desea llegar a la Jerusalén del cielo, la gran ciudad del Dios vivo. (…) ¿Quién no anhelará penetrar en tu tabernáculo si son dichosos los que viven en tu casa? (…) Y cuando dice aquí dichosos ya se sobrentiende que tienen tanta dicha cuanta el hombre es capaz de concebir. Por ello, son dichosos los que habitan en sus atrios, porque alaban a Dios con un amor totalmente definitivo, que durará por los siglos de los siglos, es decir, eternamente; y no podrían alabar eternamente, si no fueran eternamente dichosos. Esta dicha nadie puede alcanzarla por sus propias fuerzas, aunque posea ya la esperanza, la fe y el amor; únicamente la logra el hombre dichoso que encuentra en ti su fuerza, y con ella dispone su corazón para que llegue a esta suprema felicidad. Que es lo mismo que decir: únicamente alcanza esta suprema dicha aquel que, después de ejercitarse en las diversas virtudes y buenas obras, recibe además el auxilio de la gracia divina; pues por sí mismo nadie puede llegar a esta suprema felicidad» (Expositio in Psalmos 83).
Salmo 85
El salmo anterior terminaba profesando que Dios «no niega sus bienes a los que caminan en integridad» (84,12); en éste se proclama que Él ha sido bueno con su pueblo y lo va a ser de nuevo y de inmediato. La oración que en salmo anterior se elevaba por el rey (cfr 84,9-10), ahora se hace por el pueblo en momentos de desgracia (85,5-8).
Se confiesa al comienzo la bondad de Dios con su pueblo en el pasado (vv. 2-4) y se le pide que la muestre en el presente (vv. 5-8). Dios mismo la anuncia para un futuro cercano (vv. 9-10), y el salmista proclama la seguridad de que Dios otorgará sus dones —perdón y cumplimiento de sus promesas—, y el pueblo dará frutos de buenas obras (vv. 11-14).
La misericordia y la fidelidad de Dios cantadas en este salmo se han dado encuentro en Jesucristo. En Él se manifiesta el ofrecimiento del perdón divino (misericordia), y en Él se cumplen las promesas hechas por Dios a su pueblo (fidelidad). Por eso San Juan proclamará que el Verbo encarnado está lleno de «gracia y verdad» (Jn 1,14), que equivalen a la misericordia y fidelidad. Y Teodoreto de Ciro, aplicando estas palabras a la bendición dada a la tierra con Cristo, comenta: «Le otorga esa bendición egregia que consiste en la Encarnación de su Hijo, con la cual el Padre anula aquella otra maldición del Génesis (cfr Gn 3,17), y muestra que cualquier tristeza ha llegado a su fin, que toda la creación queda renovada» (Interpretatio in Psalmos, 84).
Sal 85,2-4
La mejor explicación de estos versículos iniciales es ver en ellos la alusión a la vuelta del destierro de Babilonia (cfr Sal 126); de hecho, la segunda parte del v. 2 podría traducirse también por «has hecho volver a los cautivos de Jacob». Las expresiones «tu tierra» (v. 2) y «nuestra tierra» (cfr v. 13), que hacen de marco inclusivo del salmo, muestran el reconocimiento de que la tierra es un don que Dios ha vuelto a otorgar a su pueblo perdonando sus pecados.
Sal 85,5-8
Las dificultades surgidas a la vuelta del destierro, entre ellas la sequía narrada en Ag 1,6-11, han podido dar origen a esta insistente súplica, similar a la que encontramos en Sal 77,8-10. La Iglesia en su liturgia emplea las palabras del v. 8 como antífona de invitación a la oración.
Sal 85,9-10
Ahora el Señor anuncia por medio del salmista una situación mejor de paz y prosperidad para quienes son fieles (v. 9) y se esfuerzan por la reconstrucción del Templo (v. 10; cfr Ag 1,14-15; Ez 43,1-12). La frase «con tal de que no retornen a la necedad», según los Setenta y la Neovulgata sería «a los que se convierten de corazón».
Sal 85,11-14
Con la imagen del fruto producido por la lluvia que baja del cielo y por la fecundidad de la tierra (v. 13) el salmista proclama que también la salvación llega por el encuentro entre la misericordia de Dios que perdona y la fidelidad que Él mantiene a sus promesas. De los cielos vendrá el perdón —«justicia»—; en la tierra se cumplirán sus promesas —«fidelidad y paz»— (vv. 11-12). Es una de las expresiones mas bellas de la forma de actuar de Dios que encontramos en la Sagrada Escritura. «El pueblo de la Antigua Alianza conoció esta miseria [del pecado] desde los tiempos del éxodo, cuando levantó el becerro de oro. Sobre este gesto de ruptura de la alianza triunfó el Señor mismo, manifestándose solemnemente a Moisés como “Dios de ternura y de gracia, lento a la ira y rico en misericordia y fidelidad” (Ex 34,6). Es en esta revelación central donde el pueblo elegido y cada uno de sus miembros encontrarán, después de toda culpa, la fuerza y la razón para dirigirse al Señor con el fin de recordarle lo que Él exactamente había revelado de Sí mismo y para implorar su perdón. Y así, tanto en sus hechos como en sus palabras, el Señor ha revelado su misericordia desde los comienzos del pueblo que escogió para Sí y, a lo largo de la historia, este pueblo se ha confiado continuamente, tanto en las desgracias como en la toma de conciencia de su pecado, al Dios de las misericordias. Todos los matices del amor se manifiestan en la misericordia del Señor para con los suyos» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 4).
Muchos comentaristas espirituales ven en los vv. 11 y 12 la Encarnación redentora del Verbo, la unión de la divinidad y la humanidad en Jesucristo. Y por eso, también San Atanasio podrá decir: «Ciertamente la verdad y la misericordia se besaron mediante la verdad que trajo al mundo la siempre Virgen Madre de Dios» (Expositiones in Psalmos 84).
Salmo 86
Este salmo aparece como una «plegaria de David» insertada entre los salmos de los hijos de Coré (Sal 84-88). En él se encuentran bastantes frases pertenecientes a otros salmos (v. 4 en Sal 25,1; v. 11 en Sal 27,11; v. 14 en Sal 54,5; v. 16 en Sal 25,16), reunidas aquí a modo de antología. Es indicio de una composición tardía. Las frecuentes alusiones a la misericordia del Señor (vv. 5.13.15) y a su fidelidad (v. 11) hace pensar que ha sido introducido en este lugar porque testimonia en la vida del salmista el encuentro entre la misericordia y la fidelidad del Señor, proclamadas en el salmo anterior (Sal 85,11-12).
Comienza pidiendo la protección del Señor (vv. 1-4), porque Él es bueno y escucha la plegaria del salmista (vv. 5-7) y porque es poderoso y hace maravillas (vv. 8-10). Sigue la petición de conocer el camino del Señor y se le promete alabanza (vv. 11-13). Concluye exponiendo al Señor la situación en la que se encuentra el orante, la confianza que pone en Él y, de nuevo, su súplica (vv. 14-17). La oración está enmarcada en la invocación al Señor pidiéndole auxilio (v. 1) y la proclamación de que Él socorre y consuela (v. 17).
Este salmo anuncia el reconocimiento universal del Dios de Israel, pues Él es el único Dios y no hay obras como las suyas. Esa proclamación la realiza el cristiano no ya sólo recordando la manifestación de Dios misericordioso y clemente a Moisés (v. 15), sino la gran acción salvífica de Dios resucitando a Jesús de entre los muertos.
Sal 86,1-4
El salmista acude al Señor presentándose como un «pobre» que ha puesto su confianza en Él, y como un «siervo» dedicado a su servicio (cfr Is 42,1). De ahí la constante apelación a Dios como «Señor» o «Señor mío» —Adonay— (vv. 3.4.5.8.9.12.15), en el sentido de «mi Dueño», «mi Amo».
Sal 86,5-7
El orante sabe que el Señor, por ser como es, le escucha cuando le suplica, y ese convencimiento da apoyo a su oración.
Sal 86,8-10
Porque el salmista sabe que el Señor le escucha, le alaba reconociéndole como Dios único de todos los pueblos. El cántico de los salvados en Ap 15,3-4 recoge las palabras del v. 9 presentándolas como «cántico de Moisés, siervo de Dios, y cántico del Cordero», y proclama que «todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti, porque tus juicios se han manifestado» (Ap 15,4).
Sal 86,11-13
El salmista pide poder corresponder con su vida a lo que Dios ha hecho por él —«andar en tu fidelidad»— y reverenciarle con sinceridad de corazón (v. 11). Es la súplica central de este salmo. Junto a ello, promete alabanza en reconocimiento del auxilio divino que le ha librado de la muerte (vv. 12-13).
El «camino» (v. 11) que Dios ha enseñado definitivamente al hombre es Cristo Jesús, que dijo de sí mismo: «Yo soy el camino» (Jn 14,6). San Agustín recurre a esta realidad para enseñar que Cristo es el camino de la oración del cristiano: «No pudo Dios hacer a los hombres un don mayor que el de darles por cabeza al que es su Palabra, por quien ha fundado todas las cosas, uniéndolos a Él como miembros suyos, de forma que Él es Hijo de Dios e Hijo del hombre al mismo tiempo, Dios uno con el Padre y hombre con el hombre, y así, cuando nos dirigimos a Dios con súplicas, no establecemos separación con el Hijo, y cuando es el cuerpo del Hijo quien ora, no se separa de su cabeza, y el mismo salvador del cuerpo, nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es el que ora por nosotros, en nosotros y es invocado por nosotros. Ora por nosotros como sacerdote nuestro, ora en nosotros por ser nuestra cabeza, es invocado por nosotros como Dios nuestro. Reconozcamos, pues, en Él nuestras propias voces y reconozcamos también su voz en nosotros» (Enarrationes in Psalmos 85,l).
Sal 86,14-17
Con expresiones acuñadas para indicar la situación de aflicción (v. 14; cfr Sal 54,5) y la bondad de Dios (v. 15; cfr Ex 34,6), reitera su petición (vv. 16-17). Tal como hemos traducido —«señal de benevolencia»—, el salmista está pidiendo que Dios le auxilie de forma extraordinaria. También podría traducirse por «signo de bondad», en el sentido de que la bondad divina brille en la vida del salmista, tanto por los beneficios recibidos como por la santidad de su conducta.