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COLOSENSES
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Col 1,1-23
Después del saludo epistolar (vv. 1-2) la carta comienza por una acción de gracias a Dios por la delicada correspondencia de aquellos fieles a los dones divinos (vv. 3-8). Sigue una oración intensa para que progresen en santidad (vv. 9-11), y una exhortación a ser agradecidos por las maravillas que Dios ha obrado en ellos (vv. 9-14). Todo ello conduce a la proclamación, en un hermoso canto, de la primacía de Cristo sobre todas las cosas creadas y sobre la Iglesia; nada hay que no reciba el influjo redentor de la sangre derramada en la cruz (vv. 15-20).
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Col 1,3-14
Colosas no había sido evangelizada por Pablo, sino por Epafras. Desde el principio se ratifica la predicación y la labor realizada por este discípulo y se manifiesta alegría por la fe de los colosenses.
Las doctrinas de tendencia sincretista que se estaban difundiendo por las iglesias de Frigia provocaban un especial interés por el «conocimiento» de los misterios divinos. La intensa plegaria llama la atención sobre la necesidad de discernir el recto conocimiento de Dios (v. 9) a través del Evangelio recibido, frente a enseñanzas erróneas que ofrecían la salvación a los iniciados en la gnosis (conocimiento) (véase Introducción a Colosenses, § 2). Esas especulaciones contemplaban el cosmos como una realidad dividida entre las tinieblas que dominaban la tierra y la «plenitud» divina, donde los iniciados que habían renegado de este mundo gozaban de la salvación. Aludiendo a ese lenguaje, pero cambiando en parte su significado, se habla ahora del «poder de las tinieblas» (v. 13), para designar la situación de esclavitud en la que se encuentra el hombre que está en pecado, y de «la luz» (v. 12), que es el ámbito de claridad en que se mueve quien vive cara a Dios.
Por este motivo, el Apóstol reza sin cesar para que crezcan en el verdadero conocimiento de Dios (vv. 9-10) y les exhorta al agradecimiento, manifestado en obras (v. 10), por los dones de Dios recibidos por medio de Cristo. «Aquí habla de la vida y de las obras, y es que también lo hace en todas partes: siempre junta la fe a la conducta (…). Efectivamente, quien conoce a Dios y es considerado digno de ser siervo de Dios, más aún, incluso hijo, mira tú cuánta virtud no necesitará» (S. Juan Crisóstomo, In Colossenses 2).
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Col 1,15-20
Frente a las propuestas equivocadas de salvación que ofrecían algunas doctrinas se exalta el misterio de Cristo y su misión redentora. Estos versículos constituyen un bellísimo himno al señorío de Jesucristo sobre toda la creación. En la primera estrofa (vv. 15-17) se afirma que el dominio de Cristo abarca al cosmos en todo su conjunto, como consecuencia de su acción creadora. El texto evoca el prólogo de Jn y el comienzo del Gn. En la segunda estrofa (vv. 18-20) se presenta la nueva creación mediante la gracia, obtenida por Cristo con su muerte en la cruz. Él es Mediador y Cabeza de la Iglesia. Cristo ha restablecido la paz y ha reconciliado todas las cosas con Dios.
Al decir que el Hijo es «imagen del Dios invisible» (v. 15) se expresa la misma noción que la doctrina cristiana posterior explicará como identidad de naturaleza divina entre el Padre y el Hijo, y se alude también a que el Hijo procede del Padre. En efecto, solamente la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, es imagen perfectísima del Padre. «Se le llama “imagen” porque es consustancial y porque, en cuanto tal, procede del Padre, sin que el Padre proceda de Él» (S. Gregorio Nacianceno, De theologia 30,20). Y Santo Tomás explica: «La imagen de un ser puede hallarse en otro de dos maneras: de una parte, cuando se halla en un ser de la misma naturaleza específica, y así es como se halla la imagen de un rey en su hijo; y de otra, en un ser de naturaleza distinta, como la imagen del rey en una moneda. Pues bien, según el primer modo, el Hijo es imagen del Padre, mientras que el hombre se llama imagen de Dios conforme al segundo. De aquí que, para expresar la imperfección de la imagen en el hombre, no se dice que es imagen, sino que es a imagen, para designar un cierto movimiento que tiende a la perfección. En cambio, del Hijo no puede decirse que sea a imagen, porque es imagen perfecta del Padre» (Summa theologiae 1,35,2 ad 3).
Al llamarle «primogénito» (v. 15) muestra que tiene la supremacía y la capitalidad sobre todos los seres creados. «Fue llamado “primogénito” no por su proveniencia del Padre, sino porque en Él fue hecha la creación… Si el Verbo fuera una de las criaturas, habría dicho la Escritura que Él es primogénito de todas las criaturas. Ahora bien, diciendo los santos que Él es “primogénito de toda creación” directamente se muestra que es otro distinto a toda la creación y que el Hijo de Dios no es una criatura» (S. Atanasio, Contra Arianos 2,63). Es primogénito, porque no sólo es anterior a todas las criaturas, sino que todas fueron creadas «en él», «por él» y «para él»: «en él», en Cristo, como en su principio y su centro, como su modelo o causa ejemplar; «por él», porque Dios Padre, por medio de Dios Hijo, crea todos los seres (cfr Jn 1,3); y «para él», porque Cristo es el fin último de todo (cfr Ef 1,10). Además, se añade que «todas subsisten en él», esto es, porque Cristo las conserva en el ser.
El v. 18 emplea la imagen de Cristo, cabeza, y la Iglesia, cuerpo, de la que se habla en 2,19 y Ef 1,23 y 4,15). «Ya sabemos los cristianos que se llevó a cabo la resurrección en nuestra Cabeza y que se llevará en los miembros. La cabeza de la Iglesia es Cristo, y los miembros de Cristo, la Iglesia. Lo que aconteció en la cabeza se cumplirá más tarde en el cuerpo. Ésta es nuestra esperanza» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 65,1).
Como Cristo tiene la primacía sobre todas las realidades creadas, el Padre quiso, por medio de Él, reconciliarlas todas consigo (v. 20). El pecado había separado a los hombres de Dios, y esto trajo como consecuencia la ruptura del orden perfecto que había entre las criaturas desde el comienzo. Derramando su sangre en la cruz, Cristo restauró la paz. Nada en el universo queda excluido de este influjo pacificador. «La historia de la salvación —tanto la de la humanidad entera como la de cada hombre de cualquier época— es la historia admirable de la reconciliación: aquélla por la que Dios, que es Padre, reconcilia al mundo consigo en la Sangre y en la Cruz de su Hijo hecho hombre, engendrando de este modo una nueva familia de reconciliados. La reconciliación se hace necesaria porque ha habido una ruptura —la del pecado— de la cual se han derivado todas las otras formas de rupturas en lo más íntimo del hombre y en su entorno. Por tanto la reconciliación, para que sea plena, exige necesariamente la liberación del pecado, que ha de ser rechazado en sus raíces más profundas. Por lo cual una estrecha conexión interna viene a unir conversión y reconciliación; es imposible disociar las dos realidades o hablar de una silenciando la otra» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 13).
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Col 1,21-23
A la luz de la acción salvadora de Cristo, se enuncian ahora los tres temas que, en orden inverso al aquí expuesto, se van a ir desarrollando en las restantes secciones de la carta: primero la responsabilidad de llevar una vida nueva, coherente con la nueva situación de quienes han sido incorporados a Cristo (vv. 21-22); después se llama la atención sobre la firmeza en la fe y la fidelidad al Evangelio que les fue predicado, y por último se invoca la autoridad de San Pablo sobre esas amonestaciones, que está al servicio del Evangelio (v. 23).
La Santísima Humanidad de Cristo es instrumento salvador: mediante la pasión y muerte «sufrida en su cuerpo de carne» (v. 22), nuestro Señor venció al pecado y obtuvo las gracias necesarias para limpiar al hombre de sus culpas y para que pudiera presentarse ante Dios. La fe cristiana, por la Encarnación del Verbo, aparece como una doctrina diametralmente opuesta a un dualismo como el que se estaba difundiendo entre aquellos cristianos, que contemplaba materia y espíritu como realidades antagónicas. El cuerpo y las realidades puramente materiales no son obstáculo para la santificación. «Hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales» (S. Josemaría Escrivá, Conversaciones, n. 114).
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Col 1,24-2,5
En esta sección se deja constancia de que San Pablo no ha hecho otra cosa que cumplir la misión, recibida de Dios, de manifestar a los gentiles el misterio divino, el designio eterno de salvación de todos los hombres, sin miedo a afrontar los padecimientos que conlleva realizar esa tarea (1,24-29). El Apóstol siempre tuvo gran solicitud porque los fieles perseverasen en la verdad recibida, sin dejarse engañar por la seducción de las doctrinas engañosas que se estaban difundiendo por aquellas regiones (2,1-5).
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Col 1,24-29
¿Qué entiende San Pablo por «lo que falta a los sufrimientos de Cristo» (v. 24)? De modo muy sencillo, resume San Alfonso Mª de Ligorio la respuesta más común: «¿Es que la Pasión de Cristo no fue suficiente por sí sola para salvarnos? Nada faltó, sin duda, de su valor intrínseco y fue plenamente suficiente para salvar a todos los hombres. Con todo, para que los méritos de la pasión se nos apliquen, debemos, según Santo Tomás (Summa theologiae 3,49,3 ad 2 y ad 3), cooperar por nuestra parte —redención subjetiva—, soportando con paciencia los trabajos que Dios nos mande, para asemejarnos a nuestra cabeza que es Cristo» (Reflexiones sobre la Pasión 10). Es decir, los hombres podemos cooperar con los planes de Dios no sólo por nuestras acciones y oraciones, sino también por nuestros sufrimientos, participando en los sufrimientos de Cristo. «El hombre que sufre (…) en la dimensión espiritual de la obra de la redención sirve, como Cristo, para la salvación de sus hermanos y hermanas» (Juan Pablo II, Salvifici doloris, n. 27).
Se llama «misterio» (v. 26) «al anuncio de la economía de la Redención, ya que era desconocida para todos antiguamente y conocida sólo por Dios» (Teodoreto de Ciro, Interpretatio in Colossenses, ad loc.). Sobre el «misterio», veánse también notas a Ef 1,3-14).
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Col 2,1-5
Cristo es la manifestación plena del «misterio» o plan divino que tiene por fin la salvación de los hombres. Frente a aquellas «novedades» seductoras, San Pablo exhortaba a profundizar en el Evangelio recibido. La infinita riqueza de sabiduría y ciencia que se esconde en Cristo (v. 3) hace que la meditación de su vida, de sus hechos y enseñanzas, sea fuente inagotable de alimento para la vida interior. «Hay mucho que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchas vetas de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van en cada veta hallando nuevas venas de riquezas acá y allá» (S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual 37,3).
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Col 2,6-23
Quienes han acogido a Cristo, y han sido resucitados con Él en el Bautismo, han de permanecer firmes en la fe recibida, sin dejarse engañar por vanas creencias (vv. 6-15), ni inquietarse si no se ajustan a unas prácticas religiosas que no aportan nada, sino que, con la exageración con que algunos exigían su cumplimiento, son más bien un estorbo para la verdadera piedad cristiana (vv. 16-23).
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Col 2,6-15
Se llama la atención sobre la coherencia que reclama la fe recibida en el misterio de la Encarnación, del que deriva la capitalidad de Cristo sobre el cosmos. Frente a los que mediante unos complejos ritos de iniciación buscaban entrar mediante la gnosis en el ámbito de la «plenitud» (pléroma) divina, el texto sagrado afirma que en Cristo «habita toda la plenitud (pléroma) de la divinidad corporalmente» (v. 9). Esta fórmula no es sólo una afirmación polémica, sino que tiene un profundo contenido teológico: «Quiere decir —explica San Juan de Ávila— que [la divinidad] no mora solamente en Él por vía de gracia, como en los santos —hombres y ángeles—, mas por otra manera de mayor tomo y valor, que es por vía de la unión personal» (Audi, filia 84). La doctrina cristiana explicará con claridad que en Jesucristo hay dos naturalezas, la divina y la humana, unidas en una sola persona que es divina. Esta unión en la persona (unión hipostática) no impide que cada naturaleza siga manteniendo sus características propias en plenitud, pues como definió San León Magno «ni el Verbo ha sido cambiado en carne, ni la carne en Verbo, sino que uno y otros permanecen en una unidad» (Licet per nostros 2).
Así como el israelita entraba a formar parte del pueblo por la circuncisión, el cristiano entra a formar parte de la Iglesia por el Bautismo (vv. 11-12). Con una imagen análoga a la de Rm 6,4, al evocar el rito de inmersión en el agua, se habla del Bautismo como de una sepultura —señal cierta de haber muerto al pecado—, y de la resurrección a una vida nueva: la vida de la gracia. Mediante este sacramento somos asociados a la muerte y sepultura de Cristo para que también podamos resucitar con Él. Cristo «significó con su resurrección nuestra nueva vida, que renacía de la antigua muerte, por la cual estábamos sumergidos en el pecado. Esto es lo que realiza en nosotros el gran sacramento del bautismo: que todos los que reciben esta gracia mueran al pecado (…) y que renazcan a la nueva vida» (S. Agustín, Enchiridium 41-42).
Cristo es el único mediador por ser Dios y Hombre. El objetivo fundamental de su acción mediadora es reconciliar a los hombres con Dios, por el perdón de sus pecados y la donación de la vida de la gracia, que es una participación en la vida divina. En el v. 14 se indica el modo por el que Cristo ha logrado su fin: la muerte en la cruz. Todos los que estaban sometidos a la esclavitud del pecado y de la Ley, han sido liberados por su muerte. La Ley mosaica, a la que los escribas y fariseos se habían encargado de añadir tal número de preceptos que la hacían insoportable, venia a ser como un pliego de cargos (quirógrafo) contra los hombres, pues imponía pesadas cargas y no daba la gracia para sobrellevarlas. Con frase muy gráfica se afirma que este documento fue quitado de en medio y clavado en la cruz. «Vino a nosotros el Rey para cancelar nuestras facturas y escribió en su nombre otra factura para hacerse nuestro deudor» (S. Efrén, Hymnus de Nativitate 4,12).
Sobre los «principados y potestades», ver nota a Ef 6,10-20.
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Col 2,16-23
Los «novilunios», o días de luna nueva (cfr Lv 23,24), eran días festivos que los judíos celebraban desde antiguo. El «sábado», que es la fiesta semanal de los hebreos, era el día reservado al Señor, pues Él mismo lo ha santificado (Ex 20,11) y dedicado al descanso. La abstinencia de algunas bebidas y alimentos estaba cuidadosamente reglamentada en el Antiguo Testamento (cfr Lv 10,9; 11,1-47; Nm 6,3), así como las fiestas que debían celebrarse en honor del Señor (cfr Nm 28,1-26). Esos preceptos tenían pleno sentido como orientación para introducir a los hombres en el ámbito de las cosas divinas, pero ante la plenitud de la Revelación alcanzada en Jesucristo no se pueden absolutizar, como tal vez hacían los predicadores que llevaron el desconcierto a aquella comunidad cristiana. Al recibir el Bautismo, cada fiel muere con Cristo a los elementos del mundo y es librado de la servidumbre de la Ley y del pecado, para nacer a una vida nueva de la que se va a tratar en los capítulos siguientes.
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Col 3,1-4,18
El principio que fundamenta la conducta moral del cristiano es su unión con Cristo, que comienza con el Bautismo —verdadera resurrección espiritual— y se perfecciona con los demás sacramentos y con la vida de oración. De ahí la búsqueda incesante de «las cosas de arriba» donde está Cristo (3,1-4). Para eso, la trayectoria moral del cristiano comienza por apartarse de los vicios del «hombre viejo» y revestirse del «hombre nuevo» (3,5-11), ejercitándose en las virtudes (3,12-17). Todo eso ha de manifestarse en la vida doméstica (3,18-4,1), y en el comportamiento social: el cristiano, apoyado en la oración, es invitado a procurar, mediante un comportamiento noble, que todos se acerquen a la fe (4,2-6).
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Col 3,1-4
Por el Bautismo el cristiano participa de la vida gloriosa de Jesucristo resucitado. Por eso, Cristo debe llenar todos los horizontes de su vida. «Mi amor está crucificado (…). No me satisfacen los alimentos corruptibles y los placeres de este mundo. Lo que yo quiero es el pan de Dios, que es la carne de Cristo, nacido de la descendencia de David, y no deseo otra bebida que su sangre, que es la caridad incorruptible» (S. Ignacio de Antioquía, Ad Romanos 6,1-9,3). El deseo de vivir con Cristo proporciona una nueva perspectiva a la existencia en este mundo: «Los cristianos, peregrinando hacia la ciudad celeste, deben buscar y gustar las cosas de arriba (cfr vv. 1-2), lo cual en nada disminuye la importancia de la obligación que les incumbe de trabajar con todos los hombres en la construcción de un mundo más humano» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 57).
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Col 3,5-11
El «hombre viejo» (v. 9) es el que se deja dominar por las inclinaciones de la concupiscencia desordenada. El discípulo de Cristo, que ha sido renovado y vive para el Señor, posee un nuevo y más perfecto conocimiento de Dios y del mundo, ve las cosas con una perspectiva más alta, con visión sobrenatural, que no es sino «dejarse mover y poseer por la poderosa mano del autor de todo bien» (S. Ignacio de Loyola, Epístolas 4,561-562).
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Col 3,12-17
Las virtudes que enumera el Apóstol como características del hombre nuevo son diversas manifestaciones de la caridad, que es el «vínculo de la perfección» (v. 14). «Si el amor no va por delante, no se cumplirá ninguno de los preceptos. Pues sólo dejamos de hacer el mal a los demás y nos preocupamos de hacer el bien, cuando amamos a los demás» (Severiano de Gábala, Fragmenta in Colossenses).
Haciendo las cosas bien, por amor, todas las realidades auténticamente humanas son santificables y deben ser santificadas (v. 17). «Os aseguro (…) que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intranscendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte (…) parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria» (S. Josemaría Escrivá, Conversaciones, n. 116).
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Col 3,18-21
La aplicación de la doctrina precedente a la vida familiar tiene su fundamento en la caridad y en la necesidad de comportarse cara a Dios. Las funciones del padre, la madre y los hijos adquieren también así un sentido nuevo. En toda familia debe haber un «intercambio educativo entre padres e hijos (cfr Ef 6,1-4; Col 3,20 s.), en que cada uno da y recibe. Mediante el amor, el respeto y la obediencia a los padres, los hijos aportan su específica e insustituible contribución a la edificación de una familia auténticamente humana y cristiana (cfr Gaudium et spes, n. 48). Cumplirán más fácilmente esta función si los padres ejercen su autoridad irrenunciable como un verdadero y propio “ministerio”, esto es, como un servicio ordenado al bien humano y cristiano de los hijos, y ordenado en particular a hacerles adquirir una libertad verdaderamente responsable» (Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 21).
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Col 3,22-4,1
Para Dios no hay diferencia entre siervo y libre (cfr 3,11), pues «en Dios no hay acepción de personas» (v. 25). Desde esa perspectiva de la igualdad radical, el cristiano está llamado en cada momento a reflexionar sobre las relaciones laborales en su época, ya que «no hay duda de que el trabajo humano tiene un valor ético, el cual está vinculado completa y directamente al hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona, un sujeto consciente y libre (…). En esta concepción desaparece casi el fundamento mismo de la antigua división de los hombres en clases sociales, según el tipo de trabajo que realizasen» (Juan Pablo II, Laborem exercens, n. 6). A pesar de los lentos progresos que se han dado a lo largo de la historia en ese ámbito, es mucho lo que todavía queda por hacer: «Hace falta el esfuerzo interior del espíritu humano, guiado por la fe, la esperanza y la caridad, con el fin de dar al trabajo del hombre concreto, con la ayuda de estos contenidos, aquel significado que el trabajo tiene ante los ojos de Dios, y mediante el cual entra en la obra de la salvación al igual que sus tramas y componentes ordinarios, que son al mismo tiempo particularmente importantes» (ibidem, n. 24).
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Col 4,2-6
La perseverancia en la oración es un tema ampliamente subrayado en el Nuevo Testamento, como característico de los primeros cristianos (cfr Lc 18,1; Rm 12,12; 1 Ts 5,17, etc.). La oración les dio la fuerza para extender con su ejemplo y su palabra el mensaje de Cristo por muchas naciones.
El esfuerzo cotidiano por orientar hacia Dios todas las tareas de la vida ordinaria es un poderoso incentivo para la oración personal. «¡Cuántas ocasiones se presentan durante el día para elevarse hacia Dios a un alma poseída por el deseo de la propia santificación y de la salvación de otras almas! Angustias íntimas, fuerza y pertinacia de las tentaciones, falta de virtudes, desaliento y esterilidad en los trabajos, innumerables ofensas o negligencias y, finalmente, el temor a los juicios divinos» (S. Pío X, Haerent animo, n. 10). Todas estas necesidades proporcionan estímulos abundantes para una oración confiada, humilde y perseverante, que enriquece en méritos ante el Señor y nos hace confiar en su gracia. Pero no sólo hemos de orar en las tribulaciones. También las alegrías y los afanes nobles del corazón han de ser temas de conversación frecuente con Dios, motivos de agradecimiento por los beneficios recibidos. «Éste es vuestro deber —advierte San Juan Crisóstomo—: dar gracias a Dios en vuestras oraciones tanto por los beneficios que sois conscientes de haber recibido, como por los que habéis recibido de Dios sin saberlo. Dadle gracias tanto por los favores que le habéis pedido, como por los que os ha hecho a pesar de vosotros mismos. Dadle gracias tanto por el cielo en el que os promete la felicidad, como por el infierno del que os libra. En una palabra, dadle gracias por todo, aflicciones y alegrías, calamidades y felicidad» (In Colossenses, ad loc.).
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Col 4,7-18
Esta carta, como la escrita a los efesios, la lleva Tíquico. Con él va Onésimo, el esclavo fugitivo, convertido después a la fe y que San Pablo envió a su amo Filemón (cfr Flm 10).
De los nombres que se señalan, algunos son bien conocidos, como Marcos, Bernabé y Lucas. Demas le abandonará más tarde «por amor de este mundo» (2 Tm 4,10). Arquipo quizá sea hijo de Filemón (cfr Flm 2).
Sobre el saludo «de mi mano» (v. 18), ver nota a 2 Ts 3,17-18.