COMENTARIOS:
JOEL
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Jl 1,1
Para San Jerónimo (cfr Prólogo al Commentarii in Ioelem), el lugar que ocupa el libro en la colección hebraica de los profetas menores, al principio, tras Oseas, unido a la etimología de Joel —según el mismo Doctor significa «el que empieza»—, no carece de sentido. También los estudiosos modernos ven en los libros de Oseas y Joel como una introducción a la colección: Oseas, profeta del norte, es el mensajero del Dios de misericordia y de amor por su pueblo, fiel a la Alianza con los patriarcas; Joel, profeta del sur, completa el mensaje con el anuncio de la efusión del Espíritu de Dios. Los dos libros son así un pórtico adecuado para toda la colección de los profetas menores.
▲ COMENTARIO
Jl 1,2-2,17
Estos versículos constituyen la primera parte del libro. Son una invitación al examen y a la reflexión sobre las desgracias que ocurren. Un exordio (1,2-4) reclama la atención sobre el discurso que sigue: es necesario pensar en el significado de la terrible plaga de langostas que ha azotado a todo el país, a los hombres y a los campos (1,5-12). Si se consideran las cosas correctamente, la actitud no puede ser otra que la de conversión y penitencia (1,13-14): los males acaecidos son presagio de la inminencia del «día del Señor» (1,15). Sin la conversión no podrá remediarse la situación deplorable en que se debaten el pueblo y el país (1,16-18). El profeta invoca al Señor para que se compadezca (1,19-20).
El autor sagrado insiste en la inminencia del día del Señor, que será «día de tinieblas y oscuridad» (2,1-2). La plaga de langostas se describe como la invasión de un ejército terrible (2,3-11): recuerda la narración de la octava plaga —las langostas— de Egipto (cfr Ex 10,13-15) y el lenguaje de la teofanía aterradora de Dios en el Sinaí (cfr Ex 19-20). Finaliza la primera parte con nueva llamada a la conversión a Dios, el único que puede salvar de la catástrofe (2,12-17).
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Jl 1,2-12
Poema de lamentación y advertencia a las diversas clases y oficios de la sociedad. El profeta repasa la situación del país tras la plaga de langostas: el hecho presagia el inminente castigo divino por los pecados. Es difícil saber si los nombres que se citan en el v. 4 son cuatro especies de langostas o sólo fases de su desarrollo. Las cuatro invasiones son especialmente dañinas en un ambiente agrícola.
En el v. 8, se compara a Judá con una virgen vestida de saco, en luto y penitencia por el novio de su juventud que ha perdido: «No otro se entiende sino Dios, que en Abrahán, Isaac y Jacob tomó para sí como esposa a una virgen, limpia de las manchas de la idolatría (…). De donde el Apóstol dice a los creyentes: Os he desposado con un solo esposo para presentaros a Cristo como una virgen casta (2 Co 11,2). Mientras esté el esposo con la esposa, no puede ésta ayunar (Mt 9,15), ni plañir, ni mostrar con lágrimas el deseo del esposo ausente. Pero cuando le sea arrebatado el esposo, plañirá y llorará, y se envolverá de saco y cilicio y se ceñirá una soga por cinturón» (S. Jerónimo, Commentarii in Ioelem 1,8).
De todas formas, el profeta acude, sobre todo, a una imagen agrícola: el campo devastado, sin frutos, y no hay siquiera lugar para las ofrendas (v. 9). No es extraño que estas imágenes reaparezcan en los escritores espirituales para urgir a la responsabilidad: «No se nos puede ocultar que resta mucho por hacer. En cierta ocasión, contemplando quizá el suave movimiento de las espigas ya granadas, dijo Jesús a sus discípulos: “la mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe trabajadores a su campo” (Mt 9,38). Como entonces, ahora siguen faltando peones que quieran soportar “el peso del día y del calor” (Mt 20,12). Y si los que trabajamos no somos fieles, sucederá lo que escribe el profeta Joel: “destruida la cosecha, la tierra en luto: porque el trigo está seco, desolado el vino, perdido el aceite. Confundíos, labradores; gritad, viñadores, por el trigo y la cebada. No hay cosecha” (Jl 1,10-11)» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 158).
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Jl 1,13-20
En forma de poema, el profeta hace una llamada apremiante a la conversión y penitencia públicas para que Dios se apiade del pueblo y del país. «Entrad, pasad la noche vestidos de saco» (v. 13): son los términos con que se describe la penitencia de David por su hijo enfermo de muerte (cfr 2 S 12,16) y, en general, los signos de grave duelo (cfr 1 R 21,27, penitencia del rey Ajab). Que los sacerdotes se vistan de saco aparece también en Jdt 4,14. «Promulgad el santo ayuno» (v. 14) —literalmente, «santificad un ayuno»— es un rito penitencial para mover a misericordia a Dios, mencionado también en otros lugares del Antiguo Testamento (1 R 21,9; Jon 3,5-9).
El motivo fundamental de los actos de penitencia se expresa en el v. 15 con un juego de palabras: la inminencia del «día del Señor» se acerca como «azote», shod, del Omnipotente, Shadday. Los vv. 16-18 muestran que el pueblo reconoce que ha merecido el castigo; así se prepara la oración del profeta que viene a continuación. En esa oración, Joel clama al Señor en representación de la comunidad (v. 19), pero de una manera significativa: no sólo es él, «incluso las bestias del campo suspiran» hacia el Señor en una oración muda.
Es significativo el hecho de que la exhortación a la penitencia se dirija en primer lugar a los sacerdotes (v. 13). Son ellos los que deben hacer duelo antes de promulgarlo para los demás: para los ancianos y para el pueblo entero (v. 14). Se refleja de esa manera lo que es una constante en la tradición bíblica y en la tradición de la Iglesia: a los ministros se les pide, antes que nada, que sean ejemplares: «Los que han sido llamados a administrar en la mesa del Señor deben brillar por el ejemplo de una vida loable y recta, en la que no se halle mancha ni suciedad alguna de pecado. Viviendo honorablemente como sal de la tierra, para sí mismos y para los demás, e iluminando a todos con el resplandor de su conducta, como luz que son del mundo, deben tener presente la solemne advertencia del sublime maestro Cristo Jesús, dirigida no sólo a los apóstoles y discípulos, sino también a todos sus sucesores, presbíteros y clérigos: Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?» (S. Juan de Capistrano, Espejo de los clérigos 1, en Liturgia de las Horas, Oficio de lecturas, 23.X).
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Jl 2,1-11
Literaria y temáticamente, estos versículos constituyen un único poema como lo indica el uso de la «inclusión»: hay una referencia al día del Señor en los vv. 1 y 11. En ellos se expresa, de modo poético, la presencia de Dios en medio de su pueblo, manifestada con majestad y poder singulares. El pasaje evoca el relato de la teofanía en el Monte Sinaí (Ex 19,16-25; Dt 4,9-14), aunque trae a la memoria otros textos proféticos (So 1,15; Is 13,8; etc.). El mensaje va dirigido a recordar la transcendencia y el poder del Señor, para preparar al pueblo a la conversión a Dios, que es el único que puede castigarle y librarle así de las angustias en que se debate.
Los dos primeros versículos son como una llamada de atención. El toque del cuerno o trompeta se utilizaba sobre todo en dos ocasiones: como alarma en caso de guerra, o para convocar a asamblea. Aquí, como en el pasaje paralelo de So 1,15-16, se trata del primer caso. La llegada del «día del Señor» (v. 1) trae consigo el despliegue en son de guerra de un ejército terrible (v. 2). El Evangelio de Juan, en el prólogo (Jn 1,5) y en otros pasajes (8,12; 13,30; 20,1; etc.), recogerá estos motivos (v. 2) presentando la oscuridad y la noche como elementos hostiles a Cristo.
Los vv. 3-11 vienen a ser como un desarrollo de la primera visión de 1,6. Las imágenes y el lenguaje son propias del género apocalíptico. La comparación de las langostas con caballos (v. 4) aparece en otros textos del Antiguo Testamento (cfr Jb 39,19-20) y la recogerá más tarde el Apocalipsis de Juan, en la visión del tañido de la quinta trompeta y descripción de la plaga de langostas (vv. 4-9; cfr Ap 9,1-7). El temblor de la tierra y el estremecimiento de los cielos (vv. 10-11) tienen claro paralelismo con Isaías (Is 13,13), lo mismo que el oscurecimiento del sol y de la luna (cfr Is 13,10). La imposibilidad de soportar el día del Señor (v. 11) encuentra su paralelo en Na 1,6 e influyó en el Apocalipsis de Juan (Ap 6,17). Con estas imágenes vivas y audaces el escritor sagrado quiere poner de manifiesto la gravedad del pecado y la necesidad de la conversión. Son palabras que constituyen también un estímulo permanente para estar siempre preparados, pues no sabemos cuándo llegará ese día: «La incertidumbre del juicio sirve para estar vigilantes por dos motivos. Primero, porque, no sabiendo si tardará tanto cuanto dure la vida del hombre, ambas incertidumbres le mueven a mayor vigilancia. Segundo, porque como el hombre cuida no sólo de su persona, sino también de la familia, de la ciudad, del reino o de toda la Iglesia, cuyo tiempo de duración no se ajusta al de la vida del hombre, tendrá que vigilar, puesto que hay que disponer bien todo eso para que el día del Señor no los coja desprevenidos» (S. Tomás de Aquino, Summa theologiae, Suppl. 88,4).
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Jl 2,12-17
La primera parte del libro culmina con una exhortación general a la conversión. Comprende dos ámbitos: la llamada profética en nombre de Dios —oráculo del Señor—, y el oficio sacerdotal de celebrar ayuno y plegarias. El centro de toda la admonición es el v. 13 donde se expone qué es lo que sustenta la vigencia de la conversión: las cualidades de Dios —«clemente y compasivo, lento a la ira y rico en misericordia, y se duele de hacer el mal»—, y determinación sincera del hombre que conduce necesariamente a la conversión interior: «Rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos» (v. 13). Así lo explicaba San Jerónimo al comentar el pasaje: «Convertíos a Mí de todo corazón, y que vuestra penitencia interior se manifieste por medio del ayuno, del llanto y de las lágrimas; así, ayunando ahora, seréis luego saciados; llorando ahora, podréis luego reír; lamentándoos ahora, seréis luego consolados. Y, ya que la costumbre tiene establecido rasgar los vestidos en los momentos tristes y adversos —como nos lo cuenta el Evangelio, al decir que el pontífice rasgó sus vestiduras para significar la magnitud del crimen del Salvador, o como nos dice el libro de los Hechos que Pablo y Bernabé rasgaron sus túnicas al oír las palabras blasfematorias—, así os digo que no rasguéis vuestras vestiduras, sino vuestros corazones repletos de pecado; pues el corazón, a la manera de los odres, no se rompe nunca espontáneamente, sino que debe ser rasgado por la voluntad. Cuando, pues, hayáis rasgado de esta manera vuestro corazón, volved al Señor, vuestro Dios, de quien os habíais apartado por vuestros antiguos pecados, y no dudéis del perdón, pues, por grandes que sean vuestros pecados, os perdonará por la magnitud de su misericordia» (S. Jerónimo, Commentarii in Ioelem 2,12ss.).
▲ COMENTARIO
Jl 2,17
Este versículo —que la liturgia de la Iglesia recoge para invitar a la penitencia el miércoles de Ceniza— es como la conclusión de la primera parte del libro: la conversión, unida a los actos auténticos de penitencia, es la que puede retraer a Dios del justo castigo y librar al pueblo de su aflicción. La expresión con la que se inicia la segunda parte del libro —«El Señor tuvo celos por su tierra y se apiadó de su pueblo» (2,18)— indica la respuesta del Señor y el horizonte de salvación que se abre desde ahora: «Dios no se deja ganar en generosidad, y —¡tenlo por bien cierto!— concede la fidelidad a quien se le rinde» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 623).
▲ COMENTARIO
Jl 2,18-4,21
La segunda parte del libro tiene un contenido directamente salvífico. La piedad del Señor (2,18) se manifiesta en el mensaje que el profeta ofrece de parte de Dios, como respuesta a la conversión: «Respondió el Señor, y dijo a su pueblo» (2,19). Con esas palabras del Señor, el profeta alienta a Judá y a Jerusalén, diciéndoles que no tienen por qué temer, pues el Señor les librará de las desgracias y les dará toda clase de bienes terrenos, simbolizados aquí por la abundancia de los productos de la tierra: grano, vino y aceite (2,19-27).
Pero el punto culminante estriba en que Dios derramará su «Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos verán en sueños, y vuestros jóvenes tendrán visiones» (3,1). La efusión del Espíritu es señal definitiva de la llegada del «día del Señor». Esta expresión recurre cinco veces (1,15; 2,1.11; 3,4 y 4,14), cada vez con mayor intensidad. El día del Señor orienta a un horizonte escatológico variado: castigo de las iniquidades (1,15; 2,1-3), manifestación del poder del Señor mediante prodigios en tierra y cielos (3,3-4) y, sobre todo, el día del Juicio definitivo del Señor a todos los pueblos (4,1-8).
▲ COMENTARIO
Jl 2,18-27
Este primer oráculo de la segunda parte implica la respuesta de Dios a la aceptación de la penitencia a que llaman los oráculos precedentes. Por eso constituye el exordio de la narración de la salvación. Si antes, el pueblo (1,13-19), y hasta las bestias (1,20), clamaban al Señor ante la plaga de las langostas (1,2-12), ahora el Señor promete multiplicar con creces los bienes al pueblo (vv. 23.26), a los campos (vv. 24-25) y a las bestias (v. 22). Pero el más significativo es el versículo final: si antes se podían preguntar «¿Dónde está su Dios?» (2,17), ahora el pueblo puede contestar que Dios está en medio de su pueblo (v. 27). La invitación a la alegría (v. 21), unida a la presencia del Señor en medio de su pueblo (v. 27), trae a la memoria del lector cristiano el pasaje de la Anunciación a la Virgen (Lc 1,26-33) donde efectivamente se ven cumplidos definitivamente los oráculos de salvación.
▲ COMENTARIO
Jl 3,1-5
Es el gran texto de la efusión del Espíritu. La expresión «después de esto» (v. 1) marca el paso de los bienes materiales descritos en los versículos anteriores (2,19-27) a los bienes espirituales. La efusión del Espíritu implica unos dones carismáticos y proféticos antes que morales, que son su consecuencia. Es el cumplimiento de una antigua esperanza, apuntada en Nm 11,16-30: «Reúneme setenta hombres entre los ancianos [de Israel] (…) tomaré un poco del espíritu que hay sobre ti y lo infundiré sobre ellos (…) ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fueran profetas porque el Señor les hubiera infundido su Espíritu!». Esta esperanza se acentúa en Joel, ya que la efusión del Espíritu no tiene límites: ancianos, jóvenes, hasta siervos y siervas (v. 2). Y el Señor realizará de nuevo por medio de ellos prodigios (v. 3), como los realizados por los profetas propiamente dichos (cfr Dt 13,2; etc.).
San Pedro ve cumplida esa promesa del profeta cuando el Espíritu Santo es derramado sobre los presentes en la reunión de la primitiva comunidad (Hch 2,1-21). «El texto de Joel sirve [a Pedro] para explicar de modo adecuado el significado del acontecimiento, del que los presentes han visto las señales: “la efusión del Espíritu Santo”. Se trata de una acción sobrenatural de Dios unida a las señales típicas de la venida de Dios, predicha por los profetas e identificada por el Nuevo Testamento con la venida misma de Cristo» (Juan Pablo II, Alocución 8.XI.89). Por eso también, en la tradición de la Iglesia, este descenso a la tierra del Espíritu Santo es visto como una prolongación del descenso sobre Jesucristo en el Jordán: «Dios había prometido por boca de sus profetas que en los últimos días derramaría su Espíritu sobre sus siervos y siervas, y que éstos profetizarían; por esto descendió el Espíritu Santo sobre el Hijo de Dios, que se había hecho Hijo del hombre, para así, permaneciendo en él, habitar en el género humano, reposar sobre los hombres y residir en la obra plasmada por las manos de Dios, realizando así en el hombre la voluntad del Padre y renovándolo de la antigua condición a la nueva, creada en Cristo. Y Lucas nos narra cómo este Espíritu, después de la ascensión del Señor, descendió sobre los discípulos el día de Pentecostés, con el poder de dar a todos los hombres entrada en la vida y para dar su plenitud a la nueva alianza; por esto, todos a una, los discípulos alababan a Dios en todas las lenguas, al reducir el Espíritu a la unidad los pueblos distantes y ofrecer al Padre las primicias de todas las naciones» (S. Ireneo, Adversus haereses 3,17,1-2).
▲ COMENTARIO
Jl 4,1-8
La restauración del pueblo de Dios comporta el juicio de las naciones que lo han atribulado. Así lo especifica el profeta con algunas naciones que limitan con la tierra de Israel por la costa del Mediterráneo (v. 4). Se les acusa de haber saqueado y hecho tráfico humano con el pueblo de Dios.
El profeta sitúa el juicio de las naciones en el valle de Josafat (v. 2). «Josafat» significa «el Señor juzga». Un poco más adelante (cfr 4,14), el valle de Josafat será llamado «el valle del Jarús», esto es, el lugar donde se dictará la sentencia contra las naciones. Se discute si Joel está pensando en un lugar concreto. Desde el siglo IV una tradición judía y cristiana (y más tarde también musulmana) lo identifica con la parte del valle del Cedrón que separa el monte de los Olivos del Templo de Jerusalén. El Cedrón, por otra parte, se convirtió en la literatura apócrifa en el valle del Juicio Final. Estas connotaciones escatológicas explican en buena medida la presencia de una gran cantidad de tumbas en ese lugar. Para otros autores, en cambio, el valle de Josafat indica un lugar más apocalíptico que geográfico. En todo caso, apunta siempre al juicio de Dios, y el juicio de Dios es siempre una llamada al arrepentimiento: «Hermanos, ya que se nos ofrece esta magnífica ocasión de arrepentirnos, mientras aún es tiempo, convirtámonos a Dios que nos llama y se muestra dispuesto a acogernos. Si renunciamos a los placeres terrenales y dominamos nuestras tendencias pecaminosas, nos beneficiaremos de la misericordia de Jesús. Daos cuenta que llega el día del juicio, ardiente como un horno, cuando el cielo se derretirá y toda la tierra se licuará como el plomo en el fuego, y entonces se pondrán al descubierto nuestras obras, aun las más ocultas» (Pseudo-Clemente, Epistula II ad Corinthios 15,10-15).
▲ COMENTARIO
Jl 4,9-13
«Proclamad la guerra santa». Literalmente sería «santificad la guerra»: la guerra era considerada una acción santa, que debía ser preparada por sacrificios y actos cultuales (cfr 1 S 7,8-10); incluso los soldados son llamados «consagrados» (cfr Is 13,3). El v. 10 toma los mismos elementos que Is 2,4 —espadas–azadas, lanzas–hoces— pero en sentido inverso: el pueblo debe pertrecharse de armas. El campo de batalla será de nuevo el valle de Josafat, lugar del juicio divino, y por tanto la victoria será para el Señor y sus fieles.
▲ COMENTARIO
Jl 4,14-17
Los versículos anteriores eran prácticamente una preparación para este oráculo final en el que se muestran el juicio y la victoria del Señor. «El valle del Jarús», o de la Decisión, o del Trillo (v. 14), es el mismo valle que el de Josafat. El Juicio divino en el día del Señor es comparado a la siega, de ahí la posible traducción de «Jarús» por «trillo». Tendrá el resultado conocido: el Señor salvará a sus fieles y destruirá a sus enemigos. El Catecismo de la Iglesia Católica se apoya también en este texto, junto con Dn 7,10 y Ml 3,19, cuando enseña la verdad del juicio final (cfr nota a Jr 51,56), en el que Dios Padre «pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que Su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último» (n. 1040).
En el centro del oráculo están los vv. 16-17, cuando Joel ve al Señor habitando triunfante en Jerusalén, y protegiendo a su pueblo para el que es refugio y fortaleza (cfr Sal 46). Esa visión del Señor habitando en su Templo de Jerusalén se prolongó en la tradición bíblica y es probablemente una de las imágenes que están en la base de la expresión del cuarto evangelio cuando dice que el Verbo, que era Dios, «habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Del mismo modo, la expresión del v. 17, que hace de Jerusalén un lugar santo por el que no pasarán extranjeros (cfr también Is 52,1; Jr 31,40; Za 9,8), dio lugar más tarde al «muro de separación» que prohibía a los extranjeros el paso al Templo propiamente dicho, bajo pena de muerte. Éste es el muro que simbólicamente ve derribado San Pablo con el sacrificio de Cristo, eliminando la separación entre judío y gentil, de modo que «creó en sí mismo de los dos un hombre nuevo, estableciendo la paz y reconciliando a ambos con Dios en un solo cuerpo, por medio de la cruz, dando muerte en sí mismo a la enemistad» (Ef 2,16). «La pasión del Salvador hizo las paces entre la circuncisión y la no circuncisión. Pues el Salvador disolvió la enemistad que, como pared por medio, dividía la circuncisión de la no circuncisión, y a la no circuncisión de la circuncisión; ordenando que ni el judío reprobara al gentil presumiendo de la circuncisión, ni el gentil abominara al judío seguro de la no circuncisión, es decir, de su paganismo; sino que ambos renovados sigan la fe del Dios único en Cristo» (Ambrosiaster, Ad Ephesios 2,14).
▲ COMENTARIO
Jl 4,18-21
El libro concluye con una visión de la restauración del Israel escatológico en la era paradisíaca. Tres temas presentes en el libro de Joel recurren en estos versículos. A las desgracias —la plaga de las langostas, con el hambre y la desolación que llevan consigo— el profeta les opone ahora una visión edénica en la que Judá es un vergel, repleto de abundancia, de mosto y leche (v. 18). Las imágenes y temas se encuentran también en Is 30,25; Ez 47,1-12; Za 14,8. El tema del agua viva será recogido luego por San Juan (cfr Jn 4,10-15; Ap 22,1). Después (v. 19), se expresa la venganza del Señor: frente a la fertilidad de Judá, Egipto y Edom, prototipos aquí de los enemigos de Israel, serán los que recogerán desolación.
Finalmente (vv. 20-21), la promesa de que ya no habrá más castigo de destierro —Judá y Jerusalén estarán siempre habitadas— y el bien más anhelado: «el Señor habitará en Sión» (v. 21). Es la conclusión de todo el libro de Joel. El texto es leído de modo transcendente por San Juan en la visión de la Jerusalén mesiánica que baja del cielo —«Me llevó en espíritu a un monte de gran altura y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo de parte de Dios, reflejando la gloria de Dios» (Ap 21,10-11)— y es un trasunto de la esperanza humana trascendente.