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PROVERBIOS
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Pr 1,1-9,18
El autor sagrado pone esta introducción o prólogo delante de las colecciones de proverbios de distinta procedencia que fue recopilando y que se encuentran a partir del cap. 10. Este prólogo incluye diez lecciones del maestro a su discípulo, al que suele dirigirse llamándolo «hijo mío». Entre éstas se insertan tres discursos sobre la sabiduría, en el tercero de los cuales (8,1-36) la exposición de los motivos acerca de su excelencia llega a su punto culminante. Al final del prólogo, la sabiduría y la necedad invitan al banquete que han preparado, y cada uno debe discernir adónde dirigirse. Estos nueve capítulos tienen como objeto suscitar en los discípulos el afán de saber, de motivar en ellos el deseo de acoger las enseñanzas que se les proponen. Cuando alguien inicia su formación, el esfuerzo que supone replantear los propios hábitos de vida constituye un obstáculo para tomar la decisión de emprender esa tarea. Por eso, en diversos poemas de esta introducción se presenta a la sabiduría como alguien que sale al encuentro e invita a prestar atención a sus enseñanzas. En contraste, la «mujer ajena» intenta seducir al discípulo con sus reclamos para que tome una senda diversa, que lleva a la necedad y conduce al pecado. De este modo se describe el estado de vacilación en el que uno se encuentra ante tales instancias. Los espléndidos discursos de la sabiduría se orientan, pues, a persuadir de las ventajas que tiene instruirse.
«El libro de los Proverbios —advierte San Basilio— es una institución para el arreglo de las costumbres y una corrección de las pasiones: en suma, es una disciplina o enseñanza de la vida que comprende máximas saludables y dictámenes sanos de aquello que conviene practicar. (…) Al mismo tiempo que en este libro [los lectores] aprenderán muchos dogmas de las cosas divinas, se les enseñarán en él muchas verdades de las ciencias humanas: porque en este libro se retrae y rebate de muchos modos el vicio, y se estimula de muchas maneras la virtud. Su doctrina refrena la mala lengua, endereza el ojo que mira lo malo, no consiente que nadie haga mal ni daño a otro, ahuyenta la ociosidad, reprime los deseos torpes, enseña la prudencia, muestra la fortaleza, y encomienda la templanza. Por tanto, cualquiera que aprenda estas cosas, y aborrezca en sí lo malo, y se incline con mayor y más fuerte ímpetu hacia lo bueno, siendo sabio por sí, se hará más sabio por la consumación y perfección de doctrina que se le dará en este libro» (In principium Proverbiorum 1 y 15).
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Pr 1,1-7
La referencia a Salomón al principio del libro se debe a que Salomón aparece en la Sagrada Escritura como prototipo de rey sabio (cfr 1 R 3,11-28; 5,9-14; 10,1-9) y a él se hace remontar el origen de la sabiduría, aunque ésta sea expresada por distintos maestros. De hecho a lo largo de la obra se recogerán proverbios de muy diversa procedencia: unos atribuidos a Salomón (10,1-22,16; 25,1-29,27) y otros a los sabios (22,17-24,34), a Agur (30,1-14) o a Lemuel (31,1-9). Es una forma de invitar a acoger de buen grado la doctrina contenida en las máximas de este libro. Su lectura será útil no sólo a los jóvenes (v. 4), que aún no tienen suficiente experiencia de la vida, sino también a los que se consideran instruidos, ya que siempre es posible progresar en el saber (v. 5). La sabiduría se adquiere aprovechando la enseñanza que se recibe de los maestros y llevándola a la práctica hasta adquirir destreza. El aprendizaje de la sabiduría lleva como fruto la rectitud de vida (v. 3) y la comprensión de los proverbios (v. 6).
El amplio prólogo (1,1-9,18) se abre y se cierra afirmando que «el temor del Señor es el principio del saber» (1,7 y 9,10). En el lenguaje bíblico ese «temor» no hace referencia a ningún miedo, ya que Dios no desea para nadie mal alguno. Con esa palabra se designa el respeto o la reverencia que se deben al Señor y a sus obras. En efecto, el reconocimiento de la acción de Dios en la creación del mundo y en el orden que ha dejado impreso en la naturaleza es el primer paso para adquirir el conocimiento de la verdad de las cosas y del ser humano y, por lo tanto, es el «principio del saber». «El temor de Dios tiene que ser aprendido —afirma un autor cristiano antiguo—. No se encuentra en el miedo sino en el razonamiento doctrinal; no brota de un estremecimiento natural, sino que es el resultado de la observancia de los mandamientos, de las obras de una vida inocente y del conocimiento de la verdad» (S. Hilario de Poitiers, Tractatus super Psalmos 127,1-2).
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Pr 1,8-19
La expresión «hijo mío» con la que se inician todas las lecciones del prólogo sitúa la instrucción en ámbito familiar e invita a acoger las enseñanzas de los padres, es decir, la sabiduría tradicional. Tal modo de hablar es frecuente en los escritos sapienciales del antiguo Oriente Medio y también se usa en Israel. Aquí es un recurso literario, ya que la forma de los poemas, más o menos amplios, que integran el prólogo delata su composición originariamente escrita.
La primera lección incide en una recomendación práctica, necesaria para que la instrucción pueda ser bien acogida: conviene evitar la compañía de personas que puedan torcer el camino. Con frecuencia los maestros de espiritualidad invitan a afrontar con claridad el discernimiento de las personas cuyo trato frecuente enriquece o, por el contrario, perjudica interiormente: «Dime —plantea de modo directo San Josemaría Escrivá—, dime: eso… ¿es una amistad o es una cadena?» (Camino, n. 160).
Una primera tentación con la que se encuentran quienes buscan el bien es la presión moral de los pecadores dirigida a disuadirlos de mantenerse íntegros en sus convicciones (cfr vv. 11-14).
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Pr 1,20-33
No sólo el maestro reclama la atención de sus discípulos, sino que la misma sabiduría sale al encuentro de los hombres para entregar sus bienes a quienes la acojan. En este discurso, lo mismo que en los otros dos que se encuentran más adelante (3,13-20 y 8,1-36), la sabiduría aparece descrita con rasgos propios de una persona viva que dirige su mensaje a todos los hombres. Las «plazas» (v. 20), posiblemente las explanadas que se abren ante las puertas de la muralla que protege la ciudad, eran lugar habitual de encuentro entre la gente, y donde se reunía el consejo de los ancianos. La sabiduría habla en público, ya que su llamada no se dirige a un grupo de selectos sino a todos en general.
Sus palabras tienen un tono distinto a los oráculos de los profetas. Éstos pronuncian sus mensajes en nombre de Dios, mientras que la sabiduría lo hace en nombre propio, de forma semejante a como lo hace Dios. Sus consejos ofrecen serenidad y confianza a quienes los acogen, de modo que, a pesar de las asechanzas de los malvados (cfr 1,11-14), proporcionan paz: «Quien me escucha vivirá seguro y tranquilo sin temer mal alguno» (v. 33).
El rechazo a la sabiduría aquí descrito (vv. 24-32) tiene su eco en el Nuevo Testamento en el rechazo a Jesucristo, Sabiduría encarnada: «Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron» (Jn 1,11). En cambio, las consecuencias que se derivan de acoger a la Sabiduría de Dios no son comparables en ambos Testamentos. En el Antiguo se dice que quien escucha a la sabiduría tendrá seguridad y tranquilidad. En el Nuevo, concretamente en el mensaje del Evangelio de San Juan, se dice mucho más: «Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios» (Jn 1,12-13).
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Pr 2,1-22
En la segunda lección el maestro une la adquisición de la sabiduría a escuchar y obedecer sus palabras, y pondera las ventajas que trae consigo su aprendizaje, al tiempo que enseña las condiciones necesarias para ello. Si Dios encuentra ahí, donde se fraguan las más intimas decisiones, la rectitud necesaria para acoger su palabra, otorga el don de la sabiduría (vv. 6-7). La sabiduría no es, pues, tanto un saber que alguien pueda adquirir por sus propios medios, como una dádiva que el Señor otorga a quienes encuentra bien dispuestos. De entrada se requiere tener un corazón propicio (cfr v. 2). «El corazón es la morada donde yo estoy, o donde yo habito (según la expresión semítica o bíblica: donde yo “me adentro”). Es nuestro centro escondido, inaprensible, ni por nuestra razón ni por la de nadie; sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro, ya que a imagen de Dios, vivimos en relación: es el lugar de la Alianza» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2563).
Quien recibe ese don nada tiene que temer ante las insidias de los malvados (vv. 12-15) ni frente a la seducción de la «mujer ajena» (vv. 16-19). La «mujer ajena» o «extranjera» (cfr v. 16; 5,3; 6,24; 7,5) se refiere a mujeres no israelitas que ejercían la prostitución. Quizá es también un modo metafórico de designar los encantos que los cultos extranjeros tenían para la gente del pueblo de Dios, y que repetidas veces fueron ocasión de tropiezo para Israel. En cualquier caso, su estrategia consiste en seducir con palabras amables que pretenden arrastrar con su atractivo, pero que llevan a la perdición. Tiene la astucia mortal de la serpiente que sedujo a Eva (cfr Gn 3,1-15).
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Pr 3,1-12
Además de la aceptación de la enseñanza del maestro, la adquisición de la sabiduría implica bondad personal y confianza en el Señor. Sólo es digno de recibir la sabiduría quien es fiel. Sin embargo, al tratar aquí de la fidelidad no se aducen motivos religiosos relacionados con lo pactado en la Alianza de Dios con su pueblo, como en muchos otros lugares de la Biblia. Solamente se exige la adhesión personal al Señor, una relación personal con Dios, que lleva a tenerlo siempre presente (vv. 5-6) y a ofrecerle sacrificios (v. 9), como manifestación del reconocimiento debido a Aquel de quien se ha recibido todo.
Quien posee bondad y fidelidad (cfr v. 3) y honra al Señor con ofrendas, gozará de grandes bienes que el Señor le otorgará. Precisamente en el Evangelio, bondad y fidelidad son las características en las que se resumen las buenas cualidades de quienes se hacen merecedores del premio: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor» (Mt 25,21.23).
La confianza en Dios se concreta en seguir la guía de sus mandamientos (vv. 5-6). En este sentido San Basilio comenta: «Acostumbran los marineros para la dirección de sus rutas mirar al cielo, y por él gobiernan el viaje de navegación: de día mirando al sol, y de noche a la Osa u otra de las estrellas que lucen siempre. Por medio de ellas y con su dirección aseguran el camino recto al navegar. Levanta, pues, tú los ojos al cielo, según aquel que dijo: A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo. Mira al sol de justicia y, dirigiéndote los mandamientos del Señor como unos astros muy brillantes ten tus ojos en vela, no los des ni entregues al sueño, ni consientas que se adormezcan sus párpados, para que siempre vayan delante y te conduzcan los divinos preceptos» (In principium Proverbiorum 17).
Los vv. 11-12 son citados en la Carta a los Hebreos para enseñar que los sufrimientos son manifestación del amor paternal de Dios y al mismo tiempo prueba de nuestra condición de hijos suyos: «Lo que sufrís sirve para vuestra corrección. Dios os trata como a hijos, ¿y qué hijo hay a quien su padre no corrija?» (Hb 12,7).
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Pr 3,13-20
De nuevo se interrumpen las lecciones del maestro para dar paso a un himno que elogia la sabiduría y canta los beneficios que reporta al hombre. En efecto, Dios hizo la tierra con su sabiduría de modo que la creación manifiesta el saber divino (vv. 19-20). El Señor ha realizado sabiamente sus obras, tanto la asombrosa variedad de criaturas como la armoniosa conjunción de las leyes de funcionamiento de cada una. Por eso la creación manifiesta la sabiduría divina, «la cual —comenta San Basilio— no con voces, sino por las mismas criaturas que hay en ella clama que ha sido hecha por Dios, y que no es casualidad tanta sabiduría como resplandece en ella» (In principium Proverbiorum 3).
El hombre, aunque recibe la sabiduría como don de Dios (cfr 2,1-22), puede percibirla observando el mundo y viendo el orden que el Creador ha dejado impreso en él. Cuando participa de ese saber divino se entiende mejor a sí mismo y su relación con las demás criaturas, contempla las huellas de Dios en la naturaleza y alcanza el camino para gozar de una vida feliz.
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Pr 3,21-35
En la cuarta lección, el maestro enseña al discípulo algunas normas concretas para comportarse como corresponde a quien desea ser sabio. Los que llevan a la práctica esas indicaciones pueden vivir tranquilos, ya que el Señor protege a quienes siguen el camino de la sabiduría (vv. 25-26).
Una aportación especialmente importante de la sabiduría consiste en descubrir el modo en que las relaciones entre personas pueden mantenerse en armonía. En concreto, esto sucede cuando se busca sin hipocresías el bien del prójimo y no se es remiso en prestar ayuda cuando hace falta (vv. 27-31). Todo ese empeño requiere actuar con inequívoca rectitud de intención y con sencillez. Sólo así el Señor puede hacerse presente en la conciencia del hombre (v. 32). «La conversación íntima de Dios —comenta San Gregorio Magno— consiste en revelar sus secretos a las almas humanas, ilustrándolas con su presencia. Se dice que tiene conversación íntima con los sencillos porque, con la luz de su visita, revela los misterios divinos a las almas de aquellos que no están ensombrecidos con ninguna doblez» (Regula pastoralis 3,11).
«A los humildes da su gracia» (v. 34). En el Nuevo Testamento se alude por dos veces a esta afirmación para señalar la actitud que conviene tener para aprovechar los dones de Dios. En la Primera Carta de San Pedro, tras hablar a los ancianos y a los jóvenes acerca de la necesaria armonía entre unos y otros, se dice: «Y todos, revestíos de humildad en el trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios y a los humildes da la gracia. Humillaos, por eso, bajo la mano poderosa de Dios, para que a su tiempo os exalte. Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros» (1 P 5,5-7). Y en la Carta de Santiago, tras recordar esas palabras de la Escritura, se añade: «Por eso, estad sujetos a Dios. Resistid al diablo, y él huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros. Limpiad vuestras manos, pecadores, y purificad vuestros corazones, hombres vacilantes. Reconoced vuestra miseria, afligíos y llorad. Que vuestra risa se convierta en llanto, y vuestra alegría en tristeza. Humillaos en presencia del Señor, y Él os ensalzará» (St 4,7-10).
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Pr 4,1-9
El maestro resalta el carácter tradicional de la sabiduría y exhorta a adquirirla. La sabiduría, como ya se había dicho, no es sólo el resultado de un esfuerzo personal por discernir adecuadamente las realidades del mundo, sino un don de Dios (cfr 2,6) que llega a través de la enseñanza de los hombres. «El hombre no ha sido creado para vivir solo. Nace y crece en una familia para insertarse más tarde con su trabajo en la sociedad. Desde el nacimiento, pues, está inmerso en varias tradiciones, de las cuales recibe no sólo el lenguaje y la formación cultural, sino también muchas verdades en las que, casi instintivamente, cree. (…) Las verdades simplemente creídas son mucho más numerosas que las adquiridas mediante la constatación personal» (Juan Pablo II, Fides et ratio, n. 31).
La «diadema» (v. 9) que pone la sabiduría sobre la cabeza del que la busca es una metáfora de la fidelidad. En efecto, la figura alude con toda probabilidad a los ritos tradicionales de celebración del matrimonio, en los que se imponía una diadema sobre la cabeza de los contrayentes como señal del compromiso mutuo que los unía a partir de ese momento (cfr Ct 3,11; Is 61,10).
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Pr 4,10-27
En la tradición hebrea es muy frecuente la metáfora del camino para aludir al comportamiento práctico. La imagen de los dos caminos que aquí aparece tuvo gran difusión tanto en los escritos judíos posteriores como en la literatura cristiana primitiva. En el Evangelio aparece esa metáfora en labios de Jesús: «Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!» (Mt 7,13-14).
Uno de los escritos cristianos más antiguos, la obra conocida como Didaché o Doctrina de los Doce Apóstoles, comienza aludiendo a esa comparación: «Dos caminos hay, uno de la vida y otro de la muerte; pero grande es la diferencia entre estos dos caminos» (Didaché 2). Este motivo literario ha inspirado bellas páginas de la literatura y de la ascética cristiana, como ésta de San Josemaría Escrivá: «Recuerdo ahora —seguramente alguno de vosotros me habrá oído ya este mismo comentario en otras meditaciones— aquel sueño de un escritor del siglo de oro castellano. Delante de él se abren dos caminos. Uno se presenta ancho y carretero, fácil, pródigo en ventas y mesones y en otros lugares amenos y regalados. Por allí avanzan las gentes a caballo o en carrozas, entre músicas y risas —carcajadas locas—; se contempla una muchedumbre embriagada en un deleite aparente, efímero, porque ese derrotero acaba en un precipicio sin fondo. Es la senda de los mundanos, de los eternos aburguesados: ostentan una alegría que en realidad no tienen; buscan insaciablemente toda clase de comodidades y de placeres…; les horroriza el dolor, la renuncia, el sacrificio. No quieren saber nada de la Cruz de Cristo, piensan que es cosa de chiflados. Pero son ellos los dementes: esclavos de la envidia, de la gula, de la sensualidad, terminan pasándolo peor, y tarde se dan cuenta de que han malbaratado, por una bagatela insípida, su felicidad terrena y eterna. Nos lo advierte el Señor: quien quisiere salvar su vida, la perderá; mas quien perdiere su vida por amor a mí, la encontrará. Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma (Mt 16,26)» (Amigos de Dios, n. 130).
Para acertar en la elección del buen camino es necesario contemplar las posibles alternativas que se nos ofrecen con una mirada atenta. Sólo con una actitud reflexiva podrá el hombre mantenerse firme en el camino elegido (vv. 25-26). «En verdad —comenta San Gregorio Magno— tu vista precede a tus pasos cuando los rectos consejos preceden a tu actuación. El que rechaza mirar considerando lo que va a hacer, camina con los ojos cerrados y continuando su camino no ve delante de sí, y por eso mismo cae antes, porque no atiende con la mirada del consejo dónde debía poner el pie de su acción» (Regula pastoralis 3,15).
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Pr 5,1-23
En esta lección el maestro exhorta encarecidamente a la fidelidad matrimonial. Al tiempo le sirve para significar la fidelidad a las enseñanzas recibidas de los mayores: lo mismo que un hombre puede sentirse atraído por la novedad de «una mujer ajena» y caer en sus redes, puede también sentirse tentado por las enseñanzas profanas, «extranjeras» y, abandonar por frivolidad, la instrucción que recibió (vv. 22-23).
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Pr 6,1-19
Se suceden ahora consejos sobre diversas cuestiones, que tienen en común una llamada a la responsabilidad en el cumplimiento de las propias obligaciones. Se requiere estar con los ojos bien abiertos para advertir la situación real y actuar con iniciativa en cada momento. San Gregorio Magno aplica este texto a los que tienen la responsabilidad de orientar a otros amonestándoles seriamente a que cumplan su deber con diligencia: «A cualquiera que está puesto al frente de los demás para darles ejemplo hay que exhortarle no sólo a que él mismo se cuide, sino a que importune a su prójimo. Por tanto, no es suficiente que se cuide él, viviendo santamente, si no despierta de la torpeza del pecado a aquel a quien preside. Así pues, se le dice con razón: no concedas sueño a tus ojos ni sopor a tu mirada (Pr 6,4). Pues conceder sueño a los ojos significa que, una vez cesada la atención, se desentiende uno totalmente de sus fieles. Y cae en el sopor la mirada cuando nuestros pensamientos, oprimidos por la pereza, hacen la vista gorda a lo que saben que tienen que decir a los fieles» (Regula pastoralis 3,4).
La lección se concluye con un proverbio numérico, ajustado a una estructura bien conocida en los escritos antiguos de Ugarit y en varios pasajes del Antiguo Testamento, que consiste en iniciar un discurso con dos frases paralelas de tal modo que en la segunda aparece el número inmediatamente superior al citado en la primera: «Seis cosas hay que detesta el Señor, y siete son las que abomina su alma» (v. 16; cfr Pr 30; Qo 11,2; Si 25-26 y Am 1-2). Con esta fórmula se quiere expresar el aspecto ascendente e indefinido de la acción reprobable.
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Pr 6,20-35
La escena ilustra la gravedad del adulterio, y de paso el cuidado que es necesario tener ante la seducción de la sensualidad. Los versículos 27 y 28 son muy expresivos acerca de la conveniencia de no dialogar con la tentación, si uno no quiere resultar atrapado por ella. En la ascética cristiana no faltan sugerencias concretas para llevar a la práctica estos consejos. Por ejemplo, San Josemaría Escrivá comenta: «Ese modo sobrenatural de proceder es una verdadera táctica militar. —Sostienes la guerra —las luchas diarias de tu vida interior— en posiciones, que colocas lejos de los muros capitales de tu fortaleza. —Y el enemigo acude allí: a tu pequeña mortificación, a tu oración habitual, a tu trabajo ordenado, a tu plan de vida: y es difícil que llegue a acercarse hasta los torreones, flacos para el asalto, de tu castillo. —Y si llega, llega sin eficacia» (Camino, n. 307).
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Pr 7,1-27
La última lección del maestro insiste en la precaución frente a la mujer extraña que es capaz de disfrazar incluso bajo la apariencia de religiosidad sus perversos apetitos (v. 14). En la figura de la mujer extraña sigue subyacente la imagen de la tentación de abandonar a la sabiduría. Se ridiculiza al que cediendo a la seducción comete adulterio: es «como buey que va al matadero, como ciervo atrapado en un lazo» (v. 22). En el trasfondo de esta enseñanza hay que tener en cuenta los mandamientos del Señor (cfr Ex 20,14; Dt 5,18) y las palabras de los profetas (cfr Os 7,4; Jr 9,2; etc.), que veían en el adulterio un pecado tan grave que servía de imagen para comprender el abandono de Dios y su Alianza. «Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio. Cristo condena incluso el deseo del adulterio (cfr Mt 5,27-28). El sexto mandamiento y el Nuevo Testamento proscriben absolutamente el adulterio (cfr Mt 5,32; 19,6; Mc 10,11-12; 1 Co 6,9-10). Los profetas denuncian su gravedad; ven en el adulterio la figura del pecado de idolatría (cfr Os 2,7; Jr 5,7; 13,27). El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2380-2381).
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Pr 8,1-36
La primera parte del libro culmina con este tercer y espléndido canto de la Sabiduría personificada. Como en el primero (1,20-33), sus palabras se pronuncian al aire libre, son proclamadas ante todo el mundo (vv. 1-3). Su llamada, pues, no se dirige a unos pocos privilegiados, sino que se invita invita a todos los hombres a conocerla (vv. 32-36).
Se reclama vivamente la atención de todos, pues la Sabiduría ofrece una instrucción valiosa, plena de rectitud y apartada de toda disposición mentirosa y retorcida (vv. 4-14). Después, se hace notar que las relaciones humanas justas son consecuencia de su acción en el buen orden de la sociedad: la Sabiduría guía a reyes y magistrados para que actúen con justicia cuando la buscan con sinceridad (vv. 15-21). Por último, se explica que su acción no se limita al orden de las relaciones entre los hombres, sino que la Sabiduría está en el origen del orden y la estabilidad del mundo, ya que está presente junto a Dios desde el principio (vv. 22-31).
En este canto, con lenguaje solemne y con figuras tomadas de la cosmogonía tradicional de Israel, se manifiesta la relación entre Sabiduría y creación del mundo y del hombre. La Sabiduría está junto a Dios en la creación y se goza especialmente en su relación con el hombre. Aparece descrita con unos rasgos personales que preparan para comprender más adelante, en el progreso de la Revelación, el misterio de la Santísima Trinidad. En el Prólogo del Evangelio de San Juan se describirá la relación entre Dios y el Verbo con unos términos que recuerdan en parte este texto (vv. 22-30, cfr Jn 1,1; v. 35, cfr Jn 1,4). La dignidad que tiene la Sabiduría en el canto de los Proverbios será atribuida a Cristo en algunos escritos del Nuevo Testamento: en la Carta a los Colosenses se le designa como «primogénito de toda criatura» (Col 1,15) y en el Apocalipsis como «principio de la creación de Dios» (Ap 3,14). En este sentido se lee Pr 8,22-31 en la liturgia de la Iglesia en la solemnidad de la Santísima Trinidad (Ciclo C).
Desde el siglo VI se incluye este pasaje en la Misa de la Natividad de la Virgen María (8 de septiembre). De este modo la Iglesia reconoce que, así como el Verbo es Dios desde la eternidad y está activo en la creación del mundo, la Madre del Salvador de algún modo también habría de estar en la mente de Dios «desde el comienzo» (vv. 22-23). «María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres. Por ello, los más bellos textos sobre la sabiduría, la tradición de la Iglesia los ha entendido frecuentemente con relación a María (cfr Pr 8,1-9,6; Si 24): María es cantada y representada en la Liturgia como el “Trono de la Sabiduría”» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 721).
▲ COMENTARIO
Pr 9,1-6
La introducción al libro de los Proverbios termina con una invitación de la Sabiduría a participar del banquete que ha preparado en su casa. La comida tiene un significado simbólico: es la enseñanza de los sabios, y la asimila quien la escucha (cfr Si 24,26-29; Ez 3).
Ese alimento prefigura el verdadero Pan de Vida (cfr Jn 4,14; 6,35) que Dios entregará a los hombres, y que es el Cuerpo del Verbo Encarnado, de la Sabiduría hecha hombre. Un antiguo autor cristiano pone esas palabras en boca de Jesucristo: «Tanto a los faltos de obras de fe como a los que tienen el deseo de una vida más perfecta, dice: “Venid, comed mi cuerpo, que es el pan que os alimenta y fortalece; bebed mi sangre, que es el vino de la doctrina celestial que os deleita y os diviniza; porque he mezclado de manera admirable mi sangre con la divinidad, para vuestra salvación”» (Procopio de Gaza, In librum Proverbiorum 9).
Las «siete columnas» de la casa de la Sabiduría (v. 1) podrían aludir a su perfección (el siete goza del simbolismo de cifra perfecta), pero más probablemente se refieren a las siete colecciones de proverbios que se incluyen en este libro después del Prólogo (1,1-9,18): la primera de Salomón (10,1-22,16), las Máximas de los sabios (22,17-24,22), otras Máximas de los sabios (24,23-34), la segunda de Salomón (25,1-29,27), las Palabras de Agur (30,1-14), los Proverbios numéricos (30,15-33) y las Palabras de Lemuel (31,1-9). Al ser siete las colecciones presentadas, se está simbolizando la perfección de la sabiduría enseñada en el libro, que abarca tanto la propia de Israel como la de los pueblos circundantes.
▲ COMENTARIO
Pr 9,7-12
Estas últimas recomendaciones del Prólogo reclaman una dedicación total a buscar la sabiduría, dejando al lado a quienes no la aceptan: el «malvado» y el «insolente». Vuelve a recordarse lo que se había señalado al comienzo: «Principio de la sabiduría es el temor del Señor» (v. 10; cfr 1,7). «Dios, con su sabiduría, puso el fundamento de la tierra —comenta San Teófilo de Antioquía—; con su inteligencia, preparó los cielos; con su voluntad, rasgó los abismos, y las nubes derramaron su rocío. Si entiendes todo esto y vives pura, santa y justamente, podrás ver a Dios; pero la fe y el temor de Dios han de tener la absoluta preferencia de tu corazón, y entonces entenderás todo esto» (Ad Autolycum 1,7).
En la adquisición de la sabiduría hay que contar con la colaboración de todos. También el maestro necesita y agradece las sugerencias y correcciones que recibe, y que le ayudan a rectificar sus errores y a mejorar. De ahí el consejo: «Reprende al sabio, y te cobrará amor» (v. 8). Por eso es tan útil la práctica de la corrección fraterna evangélica (cfr Mt 18,15). Recibir la corrección no es motivo de tristeza sino de alegría, pues ayuda a reparar en aspectos en los que es posible mejorar.
▲ COMENTARIO
Pr 9,13-18
La invitación de la «mujer necia» que llama vociferando a los ingenuos para que sigan su camino resalta más, por contraste, el apremio de la invitación hecha por la Sabiduría a entrar en su casa y a participar en su banquete (cfr 9,1-6). A cada uno corresponde tomar su propia decisión ante las dos opciones que se le proponen, sabiduría o necedad, teniendo en cuenta que con frecuencia se ve inclinado hacia lo más fácil. Las palabras del v. 17 son una fina observación de la psicología humana, que siente el atractivo de lo que le está vedado. Conviene tenerla presente para comportarse con sabiduría en la vida diaria, pues con frecuencia la tentación se presenta vestida con ropajes atractivos.
▲ COMENTARIO
Pr 10,1-22,16
Comienza ahora una larga serie de sentencias breves que van precedidas por el título «Proverbios de Salomón». Es la primera de las dos colecciones de máximas atribuidas al rey sabio que se encuentran en este libro. Las sentencias, por su contenido, no se ajustan a un orden estrictamente lógico, sino que se van yuxtaponiendo una tras otra, a veces unidas por muy vagas afinidades temáticas y sin que falten las repeticiones. Cada proverbio es una unidad en sí mismo y tiene aplicación universal. Suelen constar de dos frases en paralelismo: la segunda propone la antítesis de la primera (paralelismo antitético), o dice lo mismo con otras palabras (paralelismo sinonímico).
Las colecciones salomónicas probablemente sean las más antiguas de todas las incluidas en la obra. Esta primera colección consta a su vez de dos partes: una primera, en la que se incluyen enseñanzas concretas acerca de aspectos humanos de la vida ordinaria (10,1-15,33); y una segunda, en la que se trata más directamente de las relaciones con Dios (16,1-22,16). La colección fue recopilada, según parece, en los últimos años del reino de Judá tras la muerte del rey Josías. Ante las amenazas inminentes de las tropas babilónicas, los sabios habrían reunido estos proverbios para que no se perdieran y para enseñar al pueblo una conducta recta y solidaria confiando en el Señor. Así se verían libres de la violencia. En el fondo es una llamada a la conversión como hacían los profetas Hababuc y Sofonías; pero esta llamada no se presenta como palabra del Señor, sino como voz del sabio que habla desde la experiencia de los efectos que tienen las acciones del hombre. Aunque aparecen las figuras del «sabio» y el «necio», el binomio fundamental lo constituyen el «justo» y el «malvado»; se trata, por tanto, de llevar al discernimiento entre diferentes formas de actuar, y de invitar a hacerlo buscando la justicia interhumana y la misericordia hacia el pobre.
En el centro de la reflexión sapiencial contenida en esta colección, se sitúa la preocupación por ofrecer un punto de referencia al hombre para comportarse de acuerdo con las leyes que el Señor ha dado a su pueblo (cfr 10,8). De hecho, se afirma que el «temor de Dios» instruye en la sabiduría (cfr 15,33). Se reconoce, pues, al Señor como el que garantiza el éxito y la prosperidad de los justos. En definitiva, los sabios tratan de mostrar el camino para alcanzar la felicidad. Ahora bien, cuando estos proverbios fueron compuestos aún no se había dado la revelación divina sobre el más allá de la muerte. Por eso, la búsqueda de la felicidad no supera los horizontes de la vida natural, y el único modo de supervivencia que se ofrece consiste en el recuerdo de las buenas obras, la buena fama, los hijos, etc. Puesto que estas máximas parecen sucederse sin un orden que las estructure, comentaremos únicamente algunas que han incidido con más fuerza en la enseñanza del Nuevo Testamento y de la Tradición de la Iglesia.
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Pr 10,12
En el Nuevo Testamento se toma ocasión de este proverbio para realzar la importancia de manifestar el amor fraterno en obras concretas: «Ante todo, mantened entre vosotros una ferviente caridad, porque la caridad cubre la multitud de los pecados. Sed hospitalarios unos con otros, sin quejaros. Que cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido, como buenos administradores de la múltiple y variada gracia de Dios» (1 P 4,8-10).
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Pr 11,31
El sentido de este versículo no es que los malvados y pecadores reciban un premio mayor que el de los justos. La palabra «paga» alude en el texto a la retribución debida a sus obras: Dios no deja sin premiar las acciones de los justos, pero no tolera impune la maldad de los impíos. En todo este pasaje se van contrastando los beneficios que trae consigo practicar la justicia y rectitud, con los males que se siguen de la impiedad.
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Pr 12,13-23
Estos proverbios están relacionados con el buen uso de la palabra. Se explicita en ellos lo que ya se había apuntado poco antes: «El chismoso divulga secretos, el hombre de fiar se guarda la palabra» (11,13). Así pues, el sabio es el que sabe decir lo justo y en el momento oportuno. La discreción en el hablar es uno de los grandes valores que caracterizan a los hombres de bien (cfr 10,19; 15,23; 21,23). «Hay que juzgar prudentemente las distintas ocasiones —aconseja San Gregorio Magno— de manera que cuando la lengua deba moderarse no se deslice por palabras inútiles, ni cuando pueda hablar constructivamente deje de hacerlo por pereza» (Regula pastoralis 3,14).
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Pr 13,7
San Agustín dedicó uno de sus sermones a este proverbio. Comenta que las verdaderas riquezas de las que aquí se trata no son las riquezas materiales: «Son más profundamente ricos los ricos en el corazón, llenos de fortaleza, exuberantes de piedad, pletóricos de caridad, ricos consigo mismos, ricos en su interior. Hay quien se las da de rico y nada tiene, es decir: se cree justo siendo injusto (…). Aquéllos, sin embargo, de quienes se dijo: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos (Mt 5,3), ésos están pletóricos, tanto más ricos cuanto más humildes» (Sermones 36,7).
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Pr 14,15
Se podría decir que la nota común a la mayor parte de los Proverbios es la invitación a la prudencia como «conocimiento discreto de lo que se debe obrar y lo que se debe omitir. Y quien lo sigue no se apartará nunca de la virtud ni se inclinará hacia los vicios» (S. Basilio, In principium Proverbiorum 6). En efecto, «la prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo. “El hombre cauto medita sus pasos” (Pr 14,15). “Sed sensatos y sobrios para daros a la oración” (1 P 4,7). La prudencia es la “regla recta de la acción”, escribe Santo Tomás (S.Th. 2-2,47,2), siguiendo a Aristóteles. No se confunde ni con la timidez o el temor, ni con la doblez o la disimulación. Es llamada auriga virtutum: conduce las otras virtudes indicándoles regla y medida. Es la prudencia quien guía directamente el juicio de conciencia. El hombre prudente decide y ordena su conducta según este juicio. Gracias a esta virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1806).
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Pr 14,30
«Con frecuencia sucede que unos con inocencia de corazón parecen débiles en algunas de sus obras; mientras que otros, aunque realizan acciones valientes a los ojos de los hombres, sin embargo se mueren de pena interiormente por el vicio de la envidia que sienten hacia las buenas obras de los demás. Por lo que se dice con razón: vida del cuerpo es un corazón sano, porque si se mantiene la inocencia del corazón, incluso las acciones que externamente son endebles alguna vez se robustecerán. Y también se añade con razón: caries de los huesos, la envidia, porque debido al vicio de la envidia incluso aquello que a los ojos de los hombres parece eficaz es nulo a los ojos de Dios» (S. Gregorio Magno, Regula pastoralis 3,10).
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Pr 14,31
Los sabios, como los profetas, alzaron con valentía su voz para denunciar las injusticias cometidas por los poderosos. En continuidad con estos testimonios que ofrecen las Sagradas Escrituras «la Iglesia considera deber suyo recordar siempre la dignidad y los derechos de los hombres del trabajo, denunciar las situaciones en las que se violan dichos derechos y contribuir a orientar estos cambios para que se realice un auténtico progreso del hombre y de la sociedad» (Juan Pablo II, Laborem excercens, n. 1).
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Pr 15,13
La alegría es fruto de la acción del Espíritu Santo (cfr Ga 5,22) en las almas que son humildes y dóciles a Dios. Así como la tristeza quita energías para la lucha diaria, la alegría impulsa a afrontar tareas audaces en el servicio a Dios y a los demás, sin detenerse ante las adversidades. Si procuramos actuar con humildad y sencillez, siempre mantendremos la serenidad y el gozo de quien se sabe hijo de Dios, y no habrá lugar a decepciones ni amarguras incluso ante las dificultades o fracasos. «Reaccionaremos con dolor pero sin desánimo —dice San Josemaría Escrivá—, y con una sonrisa que brota, como agua limpia, de la alegría de nuestra condición de hijos de ese Amor, de esa grandeza, de esa sabiduría infinita, de esa misericordia, que es nuestro Padre» (Amigos de Dios, n. 146).
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Pr 16,9
Este proverbio es equivalente al refrán castellano «el hombre propone y Dios dispone». Controlar todo lo que sucede no está en manos del hombre. La razón humana tiene unos límites y la fe ayuda a conocer más allá de ellos, permitiendo tener un conocimiento más cabal de la realidad. A este respecto Juan Pablo II, comentando este versículo, señala: «El hombre con la luz de la razón sabe reconocer su camino, pero lo puede recorrer de forma libre, sin obstáculos y hasta el final, si con ánimo sincero fija su búsqueda en el horizonte de la fe. La razón y la fe, por tanto, no se pueden separar sin que se reduzca la posibilidad del hombre de conocer de modo adecuado a sí mismo, al mundo y a Dios» (Fides et ratio, n. 16).
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Pr 16,21-23
En estas máximas sapienciales, y en muchas otras del libro, se descubre un marcado optimismo en la capacidad del hombre para descubrir en sí mismo lo que es bueno y lo que es malo. En ese sentido lo comenta San Basilio: «Ni aun el mismo Salomón, si en sí mismo no hubiera tenido las reglas y medidas de lo justo, no hubiera podido decidir bien y tan al caso aquel juicio tan célebre de las dos meretrices: faltando a las dos testigos con qué probar lo que cada cual decía, acudió al dictado de la naturaleza, por cuyo medio encontró la verdad oculta» (In principium Proverbiorum 9). Y San Josemaría recurría al v. 21 para enseñar que el verdadero discernimiento necesita de la virtud de la prudencia: «El sabio de corazón será llamado prudente, se lee en el libro de los Proverbios. No entenderíamos la prudencia si la concibiésemos como pusilanimidad y falta de audacia. La prudencia se manifiesta en el hábito que inclina a actuar bien: a clarificar el fin y a buscar los medios más convenientes para alcanzarlo» (Amigos de Dios, n. 85).
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Pr 16,32
«Efectivamente —comenta San Gregorio Magno— la victoria sobre ciudades es algo de menos importancia, porque lo que se somete es algo externo. En cambio, mucho mejor es que el alma se conquiste y se someta a sí misma, cuando la paciencia la lleva a dominarse en su interior» (S. Gregorio Magno, Regula pastoralis 3,9).
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Pr 17,6
Se alaba el entorno familiar amable en el que todos (padres, hijos y nietos) sienten la alegría de saberse queridos y aceptados. De hecho, una familia así ayuda a superar las dificultades que se van sucediendo en las vicisitudes de la vida.
«La paternidad divina es la fuente de la paternidad humana (cfr Ef 3,15); es el fundamento del honor debido a los padres. El respeto de los hijos, menores o mayores de edad, hacia su padre y hacia su madre (cfr Pr 1,8; Tb 4,3-4), se nutre del afecto natural nacido del vínculo que los une. Es exigido por el precepto divino (cfr Ex 20,12). El respeto a los padres (piedad filial) está hecho de gratitud para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su trabajo, han traído sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia. “Con todo tu corazón honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho?” (Si 7,27-28)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2214-2215).
El respeto a los padres irradia serenidad y paz en todo el ambiente familiar y favorece la armonía de toda la vida en familia, pues requiere también el empeño por reforzar los lazos de fraternidad entre hermanos y hermanas.
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Pr 17,8
Los proverbios que se van sucediendo en esta serie constatan realidades que se presentan en la vida de los justos y de los perversos, sin que la simple enumeración suponga aprobación o rechazo desde el punto de vista moral.
En este caso concreto, es claro que aunque el soborno permita con frecuencia a quien lo practica conseguir sus objetivos, no por eso deja de ser un grave abuso. En efecto, es una práctica que daña gravemente la justicia y perjudica especialmente a los más desfavorecidos. Quien lo acepta es calificado más adelante como «malvado» (17,23; cfr Qo 7,7).
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Pr 17,19
«Quien alza su puerta». Indica probablemente a la persona altanera.
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Pr 18,19
El texto hebreo de este versículo debe de estar mal conservado pues resulta ininteligible; por eso, tanto las versiones antiguas como las modernas fluctúan en su interpretación. En nuestra traducción seguimos el texto griego de los Setenta. La Neovulgata ha intentado ajustarse al texto hebreo y ofrece una versión cuyo sentido no se entiende bien. La Vulgata traduce: «El hermano ayudado por el hermano es como una ciudad amurallada, y los juicios, como los cerrojos de las ciudades». Este sentido fue comentado más de una vez en la espiritualidad cristiana: «¡Poder de la caridad! —Vuestra mutua flaqueza es también apoyo que os sostiene derechos en el cumplimiento del deber si vivís vuestra fraternidad bendita: como mutuamente se sostienen, apoyándose, los naipes» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 462).
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Pr 19,9
La búsqueda y el reconocimiento de la verdad es algo propio de la dignidad humana. «Todos los hombres —enseña el Concilio Vaticano II—, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y de voluntad libre, y, por tanto, enaltecidos por la responsabilidad personal, tienen la obligación moral de buscar la verdad» (Dignitatis humanae, n. 2). Además, la veracidad es necesaria en toda relación humana: «Los hombres —dice Santo Tomás— no podrían vivir juntos si no tuvieran confianza recíproca, es decir, si no se manifestasen la verdad» (Summa Theologiae 2,2,109,3,1). Por eso, «una afirmación contraria a la verdad posee una gravedad particular cuando se hace públicamente. Ante un tribunal viene a ser un falso testimonio (cfr Pr 19,9). Cuando es pronunciada bajo juramento se trata de perjurio. Estas maneras de obrar contribuyen a condenar a un inocente, a disculpar a un culpable o a aumentar la sanción en que ha incurrido el acusado (cfr Pr 18,5); comprometen gravemente el ejercicio de la justicia y la equidad de la sentencia pronunciada por los jueces» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2476).
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Pr 20,24
En la enseñanza contenida en la Biblia la razón es valorada, pero no sobrevalorada. «En efecto, lo que ella alcanza puede ser verdadero, pero adquiere significado pleno solamente si su contenido se sitúa en un horizonte más amplio, que es el de la fe: “Del Señor dependen los pasos del hombre: ¿cómo puede el hombre conocer su camino?” (Pr 20,24). Para el Antiguo Testamento, pues, la fe libera la razón en cuanto le permite alcanzar coherentemente su objeto de conocimiento y colocarlo en el orden supremo en el cual todo adquiere sentido. En definitiva, el hombre con la razón alcanza la verdad, porque iluminado por la fe descubre el sentido profundo de cada cosa y, en particular, de la propia existencia. Por tanto, con razón, el autor sagrado fundamenta el verdadero conocimiento precisamente en el temor de Dios: “El temor del Señor es el principio de la sabiduría” (Pr 1,7; cfr Si 1,14)» (Juan Pablo II, Fides et ratio, 20).
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Pr 21,31
La sabiduría humana tiene sus límites. El hombre puede y debe hacer lo que esté al alcance de su mano para lograr los objetivos que noblemente se proponga, pero el sabio es consciente de que eso no basta. No está garantizado el éxito definitivo de ninguna empresa humana, pues el triunfo sólo está en las manos de Dios.
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Pr 22,8-9
La generosidad siempre es recompensada. San Pablo apela a la generosidad de los corintios en favor de los fieles de Jerusalén aludiendo a estos versículos según el texto griego: «Os digo esto: quien siembra escasamente, escasamente cosechará; y quien siembra copiosamente, copiosamente cosechará. Que cada uno dé según se ha propuesto en su corazón, no de mala gana ni forzado, porque Dios ama al que da con alegría. Y poderoso es Dios para colmaros de toda gracia, para que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo necesario, tengáis abundancia en toda obra buena» (2 Co 9,6-8).
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Pr 22,16
«Quien oprime al pobre, al final lo enriquece». Se trata de una formulación provocativa, pues parece que se incita a justificar la opresión, suponiendo que de ella se beneficiarían los oprimidos. Sin embargo, es una frase irónica contra los opresores, por parte de quien sabe que Dios retribuirá a cada uno según sus obras, y que dará la vuelta a la situación. En realidad transmite la misma enseñanza que Jesús predicaría: «El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado» (Mt 23,12).
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Pr 22,17-24,22
Esta nueva colección consiste en un elenco de máximas de poca extensión, tal vez procedentes de las enseñanzas de sabios extranjeros. Un primer grupo (22,17-23,11) presenta gran similitud con la sabiduría de Amen–em-Opeh, un sabio egipcio que vivió unos mil años antes de Cristo; las sentencias que siguen (23,12-24,22) tienen algún parecido con las enseñanzas asirias de Ajicar. En conjunto son treinta máximas (cfr 22,20) como también Amen–em-Opeh presentaba en su obra treinta «casos» o «capítulos». Las máximas son más complejas que los proverbios desde el punto de vista literario, ya que normalmente incluyen el consejo y el argumento para seguirlo.
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Pr 23,10-11
Aunque estas máximas tienen puntos comunes con tradiciones sapienciales de otros pueblos, inciden en cuestiones con fuerte arraigo en la fe de Israel. Aquí, como en la primera máxima (cfr 22,22-23), se habla del Señor como defensor de la causa de los huérfanos. En la tradición de Israel, el huérfano, la viuda y el extranjero, es decir, aquellos que no tienen quien les defienda, son los protegidos del Señor: es Él quien asume su defensa (cfr Dt 10,18; 16,11.14; etc.). De ésta, y de otras convicciones presentes en la Biblia, nace la enseñanza de los pecados que claman al cielo: «La tradición catequética recuerda también que existen “pecados que claman al cielo”. Claman al cielo: la sangre de Abel (cfr Gn 4,10); el pecado de los sodomitas (cfr Gn 18,20; 19,13); el clamor del pueblo oprimido en Egipto (cfr Ex 3,7-10); el lamento del extranjero, de la viuda y el huérfano (cfr Ex 22,20-22); la injusticia para con el asalariado (cfr Dt 24,14-15; St 5,4)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1867).
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Pr 23,12-14
En los versículos se alude a la práctica, común en aquella época, de corrección severa para el aprendizaje. En la tradición de Israel también se entendió a Dios como un padre que, con los castigos, corrige a los hombres para que retornen a la virtud. De este modo comentaba el pasaje San Basilio: «Así como los niños descuidados y flojos, después de los azotes del maestro, ponen más cuidado y atención, y estudian y entienden la lección y los libros y las reglas de enseñanza que antes de los azotes, cuando no atendían ni oían, y, en cambio, después del castigo parece que se les abren los oídos, y oyen atentamente y retienen en la memoria cuanto se les manda; así también sucede con los perezosos y negligentes en la ciencia divina y con los que desprecian sus preceptos. Después de ser corregidos y disciplinados por Dios, entonces, es cuando guardan sus mandamientos: lo que siempre oían y nunca observaban lo reciben como si fuera la primera vez que resuena en sus oídos» (In principium Proverbiorum 5).
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Pr 24,12
La retribución de la que se habla aquí es librar de la muerte, pero el versículo da pie a pensar que el juicio de Dios va más allá. Aparecerá claro en la plenitud de la Revelación. «Siguiendo a los profetas (cfr Dn 7,10; Jl 3,4; Ml 3,19) y a Juan Bautista (cfr Mt 3,7-12), Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno (cfr Mc 12,38-40) y el secreto de los corazones (cfr Lc 12,1-3; Jn 3,20-21; Rm 2,16; 1 Co 4,5). Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios (cfr Mt 11,20-24; 12,41-42). La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino (cfr Mt 5,22; 7,1-5). Jesús dirá en el último día: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 678).
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Pr 24,16
La experiencia expresada en este versículo tiene carácter universal. Por eso no es extraño que estas palabras se hagan fuente de doctrina en la instrucción catequética o ascética: «¿Qué importa tropezar, si en el dolor de la caída hallamos la energía que nos endereza de nuevo y nos impulsa a proseguir con renovado aliento? No me olvidéis que santo no es el que no cae, sino el que siempre se levanta, con humildad y con santa tozudez. Si en el libro de los Proverbios se comenta que el justo cae siete veces al día, tú y yo —pobres criaturas— no debemos extrañarnos ni desalentarnos ante las propias miserias personales, ante nuestros tropiezos, porque continuaremos hacia adelante, si buscamos la fortaleza en Aquel que nos ha prometido: venid a mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, que yo os aliviaré» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 131).
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Pr 24,23-34
Sigue ahora una breve colección de máximas acerca de la dimensión social de la sabiduría, con un encabezamiento (v. 23) que sugiere que se trata también de máximas de sabios extranjeros (cfr 22,17).
Dentro de la heterogeneidad común a esta parte del libro, muchas de las máximas se refieren al trabajo, y a las desgracias que se derivan de la pereza (vv. 30-34). Ésta, unida a otros factores, puede llevar a una falta de respuesta ante las exigencias de los deberes en el trabajo y en la vida social: «Quien quisiera renunciar a la tarea, difícil pero exaltante, de elevar la suerte de todo el hombre y de todos los hombres, bajo el pretexto del peso de la lucha y del esfuerzo incesante de superación, o incluso por la experiencia de la derrota y del retorno al punto de partida, faltaría a la voluntad de Dios Creador (…). Más aún, el mismo Señor Jesús, en la parábola de los talentos, pone de relieve el trato severo reservado al que osó esconder el talento recibido: “Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí… Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos” (Mt 25,26-28). A nosotros, que recibimos los dones de Dios para hacerlos fructificar, nos toca “sembrar” y “recoger”. Si no lo hacemos se nos quitara incluso lo que tenemos» (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, n. 30).
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Pr 25,1-29,27
Esta sección atribuida a Salomón y transmitida, según se dice, por Ezequías es todavía más antigua que la primera colección salomónica (10,1-22,16). En ella se escucha el eco de las enseñanzas de los profetas del reino del Norte, que fueron llevados a Jerusalén tras la destrucción de Samaría el año 721 a.C. Como en la anterior colección de Salomón, también se pueden distinguir en ésta dos partes: la primera, más centrada en la sabiduría profana (25,1-27,27); la segunda, de contenido más explícitamente religioso (28,1-29,27). Muchos de los proverbios que contiene están construidos sobre la base de comparaciones entre lo que sucede en la naturaleza y en la conducta humana. Como los de la primera colección salomónica cada proverbio suele tener dos frases paralelas o antitéticas.
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Pr 25,2
El hombre se siente atraído por la naturaleza que contempla. Una sana curiosidad acerca de los fenómenos naturales impulsa continuamente la investigación científica y la reflexión filosófica. En el esfuerzo de la razón humana que busca conocer y comprender, la fe no es un estorbo sino una ayuda, ya que proporciona al menos una orientación en la búsqueda de la verdad. «No hay, pues —dice Juan Pablo II—, motivo de competitividad alguna entre la razón y la fe: una está dentro de la otra, y cada una tiene su propio espacio de realización. El libro de los Proverbios nos sigue orientando en esta dirección al exclamar: “Es gloria de Dios ocultar una cosa, y gloria de los reyes escrutarla” (25,2). Dios y el hombre, cada uno en su respectivo mundo, se encuentran así en una relación única. En Dios está el origen de cada cosa, en Él se encuentra la plenitud del misterio, y ésta es su gloria; al hombre le corresponde la misión de investigar con su razón la verdad, y en esto consiste su grandeza» (Fides et ratio, n. 17).
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Pr 25,6-7
Jesucristo desarrolló el contenido de este proverbio en la parábola de los invitados a las bodas que buscaban los mejores puestos. Enseñaba con ello la necesidad de la humildad: «Todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado» (Lc 14,7-11).
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Pr 25,21-22
San Pablo recurre a estos versículos cuando, escribiendo a los Romanos, invita a superar las enemistades con la caridad. Frente a la tendencia a la venganza, cita las palabras de este proverbio y concluye: «No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien» (Rm 12,21). La expresión «así amontonarás ascuas de fuego sobre su cabeza» parece estar tomada de culturas vecinas, donde se utilizaba como imagen para indicar las muestras de arrepentimiento. Así entendida, se estaría enseñando que la práctica de la caridad llevaría al enemigo a cambiar de conducta. San Beda comenta que «no se refiere a las llamas de las penas, pues la Sabiduría enseñaría que estarías siendo un buen motivo para la perdición del enemigo. Al contrario, “brasas sobre su cabeza” significa el ardor de la caridad en su corazón. El enemigo es vencido por los frecuentes beneficios y recibe el calor de la caridad en su corazón» (In proverbia Salomonis 25,22).
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Pr 26,11
En el Nuevo Testamento se alude a este proverbio para amonestar con palabras duras a quienes no se deciden a desprenderse de la redes del pecado, y se engañan a sí mismos hasta el extremo de apartarse de la verdad: «Porque si después de haber escapado de las impurezas del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, se dejan atrapar nuevamente por ellas y son vencidos, sus postrimerías resultan peores que los principios. Más les valiera no haber conocido el camino de la justicia que, después de conocerlo, volverse atrás del santo precepto que se les entregó. Se ha cumplido en ellos aquel proverbio tan acertado: El perro vuelve a su propio vómito y la cerda lavada a revolcarse en el fango» (2 P 2,20-22).
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Pr 27,1
Es una invitación a vivir la realidad presente que para el cristiano se traduce en hacer de cada día una ofrenda al Señor: «No estés nunca seguro sobre el futuro, porque aunque hoy pienses que puedes servirle al Señor en el futuro, no puedes prever en absoluto cómo va a acabar tu vida» (S. Beda, In proverbia Salomnis 27,1). En definitiva, es la misma enseñanza que encontramos en el Evangelio: «No os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad» (Mt 6,34). Y glosando esta idea, San Josemaría aconsejaba: «Pórtate bien “ahora”, sin acordarte de “ayer”, que ya pasó, y sin preocuparte de “mañana”, que no sabes si llegará para ti» (Camino, n. 253).
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Pr 27,25-27
En estos proverbios se trasluce la confianza en la providencia de Dios que proporciona al hombre sustento a través de la tierra y de los animales. Recuerdan las palabras de Jesús sobre el cuidado que tiene Dios sobre todas sus criaturas: «Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? (…) Así pues, no andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados» (Mt 6,26-32).
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Pr 28,11
Tener buen sentido no es privativo de quien posee fortuna o riquezas. Es más, con frecuencia el rico encuentra más dificultades para discernir con sabiduría, ya que la abundancia puede encubrirle sus carencias. Precisamente es propio del sabio ser consciente de los propios límites y tener conciencia de que todo cuanto se tiene es un don de Dios, que es necesario saber administrar, pues habrá de dar cuenta de él.
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Pr 28,13
El reconocimiento de las propias culpas trae consigo una purificación interior que proporciona serenidad y paz. Por eso la Iglesia, en el sacramento de la Reconciliación, descubre «además del carácter de juicio (…) un carácter terapéutico o medicinal. Y esto se relaciona con el hecho de que es frecuente en el Evangelio la presentación de Cristo como médico, mientras su obra redentora es llamada a menudo, desde la antigüedad cristiana, medicina salutis. “Yo quiero curar, no acusar”, decía San Agustín refiriéndose a la práctica de la pastoral penitencial, y es gracias a la medicina de la confesión que la experiencia del pecado no degenera en desesperación. El Rito de la Penitencia alude a este aspecto medicinal del Sacramento, al que el hombre contemporáneo es quizás más sensible, viendo en el pecado, ciertamente, lo que comporta de error, pero todavía más lo que demuestra en orden a la debilidad y enfermedad humana. Tribunal de misericordia o lugar de curación espiritual; bajo ambos aspectos el Sacramento exige un conocimiento de lo íntimo del pecador para poder juzgarlo y absolver, para asistirlo y curarlo. Y precisamente por esto el Sacramento implica, por parte del penitente, la acusación sincera y completa de los pecados, que tiene por tanto una razón de ser inspirada no sólo por objetivos ascéticos (como el ejercicio de la humildad y de la mortificación), sino inherente a la naturaleza misma del Sacramento» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 31).
▲ COMENTARIO
Pr 29,17-18
La «visión» (cfr v. 18) es una actividad específica de los profetas, que contemplan y juzgan lo que sucede en la vida ordinaria a la luz de la Ley de Dios. En estos consejos se alude a los grandes aspectos de la vida religiosa en el antiguo Israel: la Ley dada por Dios, la visión, propia de los profetas, y la educación, tarea de los sabios. Atendiendo precisamente a estos aspectos, en el canon judío de la Biblia los libros se clasifican en tres grandes bloques: Ley, Profetas y Escritos (Si, Prolog. 24-25).
▲ COMENTARIO
Pr 30,1-14
«Palabras de Agur, hijo de Yaqué» es traducido en la Vulgata por: «Palabras del que congrega, hijo del que vomita», aludiendo al parecer a Salomón. San Beda comenta: «A continuación vienen palabras de Salomón dichas por él de otra manera. Quizá porque en griego se le llama “Eclesiastés”, ahora se interpreta en latín como “El que congrega”» (In proverbia Salomnis 30,1). Los vv. 2-6 recuerdan el estilo y la temática del libro de Job (cfr Jb 17,6; 24,25), y tras ellos siguen una oración (vv. 7-9) y algunas recomendaciones (vv. 10-14). Sobre Masá cfr nota a 31,1-9.
▲ COMENTARIO
Pr 30,8-9
«Concédeme el pan necesario» (v. 8). Para tener el sosiego que hace falta para tratar con paz a Dios y afrontar con serenidad las tareas ordinarias de la vida diaria, es imprescindible tener cubiertas las necesidades básicas para la subsistencia. Tanto la falta de lo necesario como el exceso de bienestar son un obstáculo para servir a Dios y a los demás (cfr v. 9). Nuestro Señor Jesucristo nos enseña a pedir en la oración del Padrenuestro: «Danos hoy nuestro pan de cada día» (cfr Mt 6,11; Lc 11,3). El Catecismo Romano ve incluida en estas palabras «la idea de frugalidad y templanza, porque no pedimos muchos y delicados manjares, sino el alimento que satisfaga la necesidad natural. (…) Se dice igualmente “pan de cada día” porque comemos de él para reparar las fuerzas vitales que diariamente se desgastan por efecto del calor natural. (…) Debe pedirse con frecuencia para mantenernos firmes en la costumbre de amar y adorar a Dios y persuadirnos enteramente de lo que es verdad, que están pendientes de Dios nuestra vida y nuestra salud» (4,13,13). Lo contrario sería la actitud del rico que encuentra su consuelo en la abundancia de bienes y le impide buscar a Dios y preocuparse del prójimo. Esta enseñanza se ejemplifica en la parábola de Jesús sobre el rico Epulón y el pobre Lázaro (Lc 16,19-31).
▲ COMENTARIO
Pr 30,15-33
Los proverbios que se incluyen en esta nueva colección no llevan título ni indicación alguna acerca de su autor. Tienen en común el uso de valores numéricos para que sus dichos se puedan retener más fácilmente en la memoria. En cuanto a la temática, reflejan la admiración ante las maravillas de la naturaleza y las costumbres de los animales, tal como las capta el observador atento, es decir, el sabio.
▲ COMENTARIO
Pr 31,1-9
Esta última colección de proverbios es presentada como una serie de consejos que una madre da a su hijo. Tal vez haya un juego de palabras en el título. De una parte, Masá es una tribu ismaelita (es decir, de la zona de Arabia); y puesto que la sabiduría de las tribus orientales tenía merecida fama en Israel, es lógico que se incluyan en este libro algunas palabras de sus sabios. Pero, de otra parte, el término massá en hebreo significa «oráculo», por lo que también podría entenderse que se califica a Lemuel como un rey que profiere oráculos como los profetas.
▲ COMENTARIO
Pr 31,10-31
El libro se cierra con un hermoso poema acróstico (la primera letra de cada uno de sus versos corresponde a las del alfabeto hebreo según su orden desde el principio hasta el final) acerca de las cualidades que adornan a la esposa ideal en el ámbito de una familia rural del antiguo Israel. Muy probablemente tiene valor simbólico. El prólogo del libro había presentado la Sabiduría personificada como una mujer que invita a todos al banquete preparado en su casa. Ahora, en esta mujer perfecta, que sabe hacer lo oportuno en todas las circunstancias concretas de la vida, queda reflejada de nuevo la Sabiduría que Dios ha dejado impresa en el orden de las cosas creadas.
En el canto aflora, por otro lado, la fuerza moral de la mujer. Comenta Juan Pablo II que esta fuerza «se expresa en numerosas figuras femeninas del Antiguo Testamento, del tiempo de Cristo, y de las épocas posteriores hasta nuestros días. La mujer es fuerte por la conciencia de esta entrega, es fuerte por el hecho de que Dios “le confía el hombre”, siempre y en cualquier caso, incluso en las condiciones de discriminación social en la que pueda encontrarse. Esta conciencia y esta vocación fundamental hablan a la mujer de la dignidad que recibe de parte de Dios mismo, y todo ello la hace “fuerte” y la reafirma en su vocación. De este modo, la “mujer perfecta” (cfr Pr 31,10) se convierte en un apoyo insustituible y en una fuente de fuerza espiritual para los demás, que perciben la gran energía de su espíritu. A estas “mujeres perfectas” deben mucho sus familias y, a veces, también las Naciones» (Mulieris dignitatem, n. 30).