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Salmo 145

La composición de este salmo sigue las letras del alfabeto (salmo acróstico) y refleja una técnica refinada y un carácter tardío. Con él, este grupo de salmos de David concluye en oración de alabanza, del mismo modo que se había iniciado (cfr Sal 138). Respecto a los salmos anteriores, en éste no sólo se recuerdan y meditan las hazañas del Señor (cfr Sal 143,5), sino que son proclamadas por las generaciones y por el salmista (Sal 145,4.6.12). Si en el salmo anterior Dios daba victorias a los reyes (cfr Sal 144,10), ahora Él mismo establece su reino (145,13), no con victorias militares sino con su providencia universal y su justicia o «salvación».

Se introduce la oración con promesas de alabanza al Señor (vv. 1-2); se recogen después los motivos por los que se le alaba (vv. 3-20) y se termina con la invitación universal a alabarle (v. 21). Los motivos de alabanza se presentan en tres afirmaciones seguidas cada una por la contemplación de los efectos derivados de ella. El primer motivo es la grandeza del Señor (v. 3), que es reconocida por todas las generaciones que recuerdan su bondad (vv. 4-7); el segundo, la bondad del Señor manifestada en todas sus obras (vv. 8-9), de tal forma que ellas mismas reflejan su reinado (vv. 10-12); el tercero, la eternidad, universalidad y fidelidad de ese reinado (v. 13), que se manifiesta en la providencia divina (vv. 14-16) y en su justicia —salvación sobre quienes le aman (vv. 17-20)—. El «Nombre», objeto de alabanza, sirve de marco inclusivo a todo el salmo (cfr vv. 1.21).

La providencia amorosa de Dios sobre los que sufren y sobre todas las criaturas, tema central de este salmo (vv. 14-15), viene ratificada en la enseñanza del Evangelio (cfr Mt 6,25-34); y la eternidad y universalidad del reinado de Dios mediante su bondad (v. 13), la ve realizada el cristiano en la Persona y obra de nuestro Señor Jesucristo, si bien espera su manifestación plena en la Parusía (cfr Ap 11,15).

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Sal 145,1-2

El deseo de alabanza al Señor traspasa cualquier límite en el tiempo y lleva a realizarla continuamente: «cada día». «Consagrarse a la alabanza es propio de un corazón filial. El que alaba al Señor cada día, lo alabará en el Día eterno» (S. Juan Crisóstomo, Expositio in Psalmos 144,2).

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Sal 145,3

Fundamenta el deseo expresado en los versículos anteriores: a Dios se le alaba ante todo por su grandeza (cfr Sal 48,2).

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Sal 145,4-7

La grandeza de Dios se manifiesta en sus acciones que alcanzan a todas las generaciones y reflejan su bondad.

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Sal 145,8-9

Ahora se proclama directamente la bondad del Señor, recogiendo las expresiones de Ex 34,6-7, referidas al Dios de la Alianza, y manifestando su alcance universal.

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Sal 145,10-12

El alcance de las acciones divinas motiva la invitación dirigida universalmente: a las obras todas del Señor, a los fieles que le reconocen y a todos los hombres, hijos de Adán. Se trata de la invitación a reconocer el reinado universal de Dios y su poder.

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Sal 145,13

Además de universal, el reinado de Dios es eterno. La segunda parte del v. 13, correspondiente a la letra nun, falta en el texto hebreo sin que acertemos a explicar la causa, ya que se encuentra en todas las versiones antiguas. Viene a adelantar en cierto modo el contenido del v. 17.

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Sal 145,14-16

El reinado universal de Dios se manifiesta en su protección de los débiles (v. 14), y en la providencia que da alimento a todos los seres vivos (vv. 15-16; cfr Sal 104,27-28). Estos versículos llevan al alma contemplativa a ver la bondad de Dios en todas las cosas: «Hablando ahora según el sentido y afecto de la contemplación, es de saber que en la viva contemplación y conocimiento de las criaturas echa de ver el alma haber en ellas tanta abundancia de gracias y virtudes y hermosura de que Dios las dotó, que le parece estar todas vestidas de admirable hermosura y virtud natural, sobrederivada y comunicada de aquella infinita hermosura sobrenatural de la figura de Dios, cuyo mirar viste de hermosura y alegría el mundo y a todos los cielos; así como también con abrir su mano, como dice David (Sal 144,16), llena todo animal de bendición» (S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual B,6,1).

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Sal 145,17-20

Es un reinado de justicia (v. 17) en cuanto que responde con bondad y salvación a quienes le invocan y le aman, y deja perecer a quienes le odian —«destruye a los impíos»— (v. 20). De estas palabras puede sacarse una lección sobre cómo se ha de orar: «Para alcanzar las peticiones que tenemos en nuestro corazón, no hay mejor medio que poner la fuerza de nuestra oración en aquella cosa que es más gusto de Dios; porque entonces no sólo dará lo que le pedimos, que es la salvación, sino aun lo que Él ve que nos conviene y nos es bueno, aunque no se lo pidamos, según lo da bien a entender David en un salmo (144,18), diciendo: Cerca está el Señor de los que le llaman en la verdad, que le piden las cosas que son de más altas veras, como son las de la salvación; porque de éstos dice luego (Sal 144,19): La voluntad de los que le temen cumplirá, y sus ruegos oirá, y salvarlos ha. Porque es Dios guarda de los que bien le quieren. Y así, este estar tan cerca que aquí dice David, no es otra cosa que estar a satisfacerlos y concederlos aun lo que no les pasa por pensamiento pedir» (S. Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo 3,44,2).

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Sal 145,21

La conclusión tiene carácter universalista, al igual que los versículos anteriores.

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Salmos 146-150

Las composiciones que integran este grupo se caracterizan porque comienzan y terminan con el término «aleluya». Es el tercer Hallel o Hallel final (cfr Sal 113-118; 136). Con ellas termina el libro de los Salmos.

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Salmo 146

Como sucede en Sal 1 que inicia toda la colección, o en otros salmos que abren colecciones parciales, éste tiene tono sapiencial (Sal 146,5), y en él predomina el motivo de poner la confianza en el Señor por lo que ha hecho y hace (vv. 6-9). Al mismo tiempo guarda estrecha relación con el salmo anterior, con el que concluía la pequeña colección de salmos de David, pues recoge y explicita el auxilio del Señor a los débiles (cfr Sal 145,14; 146,7-9), reitera su actitud hacia los impíos, y reafirma su reinado eterno (cfr Sal 145,13; 146,10).

Comienza con la autoinvitación del salmista a alabar al Señor (vv. 1-2), para pasar directamente a advertir que no se ponga la confianza en los hombres (vv. 3-4), porque sólo es dichoso quien confía en el Señor que es el creador de todo y el que socorre a los necesitados (vv. 5-9). Como conclusión proclama el reinado eterno de Dios (v. 10).

Las acciones mediante las que Dios manifiesta su poder y su bondad, descritas en los vv. 7-9 de este salmo, las ha realizado nuestro Señor Jesucristo. Sus milagros eran signos de la obra redentora que venía a realizar cumpliendo así las palabras del salmo, muy parecidas a las de Is 61,1-2 (cfr Lc 4,17-21).

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Sal 146,1-2

El «aleluya» inicial, y el final según el texto hebreo, puede haberse insertado al recopilarse los salmos, precisamente para dar un carácter más fuerte de alabanza. La autoinvitación del salmista es similar a la de Sal 103,1, y se completa con expresiones ya acuñadas (cfr Sal 104,33). Las palabras del salmo adquieren más fuerza si se considera el final de la existencia en la tierra: «La contemplación del Profeta, le empuja a situarse, por así decir, en el final de los tiempos. Entonces, viendo la fragilidad de todo lo que, por ser terreno, resulta caduco, no piensa más que en alabar a Dios. Este fin del mundo vendrá presto para cada uno de nosotros: vendrá en el momento en el que muramos y nos desliguemos de cuanto nos rodea. Enderecemos, pues, nuestros afanes hacia lo que constituirá, al fin, nuestra ocupación perenne» (Casiodoro, Expositio psalmorum 146).

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Sal 146,3-4

Se señala con términos de Gn 2,7; 3,19 la fragilidad humana a causa de la muerte.

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Sal 146,5-9

En contraste con la enseñanza de los versos anteriores, se proclama ahora el poder de Dios. Se trata del Dios de Israel —«de Jacob» (cfr Sal 46,8)— pues no hay otro: Él es el creador de todas las cosas. Es, además, el que muestra su misericordia hacia los necesitados en distintas situaciones (vv. 7-9). Por eso se puede confiar en Él en cualquier momento.

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Sal 146,10

El Dios del salmista —«mi Dios» (v. 2)— es el Dios de Israel (v. 5) y el Dios de Jerusalén (Sión) —«tu Dios» (v. 10)— a la que se le proclama su reinado eterno.

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Salmo 147

Dentro del grupo de himnos de alabanza con el que se cierra el libro de los Salmos, Sal 147 tiene la peculiaridad de combinar, como motivos de alabanza, la acción divina sobre la creación y su actuación con Israel. Abarca así todos los motivos de alabanza a Dios. Los salmos siguientes presentarán los sujetos de la alabanza: todas las criaturas (cfr Sal 148) y, especialmente, Israel (cfr Sal 149). Sal 147 guarda al mismo tiempo cierta relación con el anterior; sigue manteniendo la afirmación de que Dios se ocupa de los pobres y rechaza a los impíos (cfr Sal 146,9; 147,6) y desarrolla la consideración de la acción divina: el Dios creador (cfr Sal 146,6) es, además, el Dios providente (Sal 147,4-5.8-9.16-17).

El salmo consta de tres partes, cada una de ellas introducida con una invitación a la alabanza (vv. 1.7.12) y seguida de la contemplación de Dios en sus acciones hacia Israel y en la creación. En la primera parte (vv. 1-6), tras la invitación (v. 1), se ensalza al Señor porque Él reúne y cuida a Israel (vv. 2-3), y por ser todopoderoso (vv. 4-5) y ocuparse de los pobres (v. 6). En la segunda (vv. 7-11), a la invitación (v. 7) sigue la contemplación de Dios providente con todos (vv. 8-9), que se complace en quien le teme (vv. 10-11). En la tercera, la invitación a la alabanza se dirige a Jerusalén (v. 12) porque Dios le ha dado la paz (vv. 13-14), mostrándose solícito y poderoso sobre toda la tierra (vv. 15-18), y también porque ha dado su Ley a Israel (vv. 19-20). La acción de Dios con Israel (vv. 19-20) y su cuidado de Jerusalén (vv. 2-3) hacen de marco y dan unidad a todo el salmo. Los Setenta, seguidos por la Vulgata, lo dividieron en dos salmos distintos —los vv. 1-11 como Sal 146, y los vv. 12-20 como Sal 147— quizás porque la tercera parte del himno se dirige expresamente a Sión. Con esta división vuelve a unificarse en el texto hebreo y en los Setenta la numeración de los salmos que venía siendo distinta a partir de Sal 10.

Este salmo invita al cristiano a reconocer y alabar a Dios no sólo como providente y redentor de Israel, sino como el que se ha hecho presente entre los hombres a través de su Palabra encarnada, Cristo (v. 15; cfr Jn 1,14). Jesucristo es el fundamento para la construcción de su Iglesia, nuevo pueblo de Dios (vv. 2-3; cfr 1 Co 3,9-11), que como nueva Jerusalén (v. 12; cfr Ga 4,26) le alaba y glorifica vivificada por el don del Espíritu Santo (v. 18; cfr Rm 5,5).

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Sal 147,1

«Nuestro Dios» (vv. 1.7) es el Dios de Israel al que el salmista contempla ya como redentor del pueblo y creador de todo. A propósito del «entonar salmos» comenta San Agustín: «Un salmo es ciertamente un cántico, pero no un cántico cualquiera, sino acompañándolo con el salterio. Y cuando concluimos este cántico, ¿cesa la alabanza divina? No. Tu lengua alaba por un tiempo, tu vida debe alabar por siempre» (Enarrationes in Psalmos 146,1).

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Sal 147,2-3

Se desarrolla el aspecto de Dios redentor, recordando la vuelta de los desterrados (vv. 2-3; cfr Is 61,1).

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Sal 147,4-5

Se canta el poder de Dios sobre el cosmos al que rige con sabiduría (cfr Is 40,26). Llamar por su nombre a las estrellas significa tener dominio sobre ellas.

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Sal 147,6

Los «humildes» son aquellos que confían en el Señor y no en sus fuerzas o méritos (cfr Sal 9,19; 12,6; etc.).

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Sal 147,7

En esta nueva invitación a la alabanza se concreta su realización litúrgica —«con la cítara»—.

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Sal 147,8-9

La motivación para la alabanza es de nuevo el poder de Dios, pero ahora contemplado en cuanto que da el alimento a todos. El final del v. 8 «y plantas…» no aparece en el texto hebreo.

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Sal 147,10-11

A la motivación anterior se añade la preferencia de Dios por los humildes (cfr v. 6).

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Sal 147,12.13-14

El Dios creador y redentor es el Dios de Sión, el que mora en Jerusalén y al que ésta reconoce en las obras que ha realizado en su favor al otorgarle seguridad frente a los pueblos vecinos y prosperidad. La segunda parte del versículo 14, con expresión parecida a la de Sal 81,17, ha sido utilizada en la tradición de la Iglesia para significar a la Eucaristía, manifestación inefable de la generosidad de Dios.

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Sal 147,15-18

La alabanza de Jerusalén al Señor recoge también su acción sobre los elementos de la naturaleza —la nieve y el hielo— (vv. 15-18). Son manifestaciones del poder de su palabra poderosa (cfr Gn 1,3-26; Is 55,10-11), que ahora aparece personificada (v. 15).

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Sal 147,19-20

La misma palabra divina que domina la naturaleza le ha sido dada a Israel en la Ley (v. 19) y hace de él un pueblo singular (v. 20).

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Salmo 148

En este salmo es presentado el elenco de los invitados a alabar al Señor, y se resumen los motivos para hacerlo. Complementa al salmo anterior que comenzaba proclamando la bondad de la alabanza (cfr Sal 147,1), y mencionaba las órdenes divinas sobre la nieve y el viento (cfr Sal 147,16-18; 148,8). La invitación a la alabanza dirigida en el salmo anterior a Israel (Sal 147,12) se hace ahora extensiva a todas las criaturas celestes y terrestres.

La invitación se dirige sucesivamente a dos grupos: primero a quienes están en los cielos (vv. 1-6); después a los que están en la tierra (vv. 7-14). Tras señalar el grupo se especifica quiénes lo forman (vv. 2-4; 7b-12) y se ofrecen las motivaciones (vv. 5-6; 13-14a). Concluye deseando que Israel sea el pueblo de la alabanza (v. 14b).

La alabanza a la que invita este salmo culmina en la que tributaron a Dios los ángeles en el anuncio del nacimiento de Cristo a los pastores, cuando proclamaron la gloria de Dios en el cielo y los bienes divinos, la paz, sobre la tierra (cfr Lc 2,14). A esa alabanza se une el cristiano y toda la creación.

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Sal 148,1

Este salmo tiene cierto parecido con el canto de los tres jóvenes en Dn 3,52-90. Da la impresión de que el canto de Daniel haya sido compuesto a partir de este salmo.

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Sal 148,2-4

En los «cielos» (cfr v. 1) están los «ángeles», ministros o servidores de Dios (cfr Sal 91,11), que son los primeros en tributarle alabanza. «Ejércitos» equivale aquí a «ángeles». También están los astros (v. 3) y, por encima de ellos, los «cielos de los cielos» (v. 4), el lugar más alto e impenetrable donde, según la antigua mentalidad semita, se almacenan las aguas que Dios envía mediante la lluvia.

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Sal 148,5-6

Se expresa el motivo por el que los cielos han de alabar al Señor: porque el orden y la estabilidad que tienen fueron establecidos por Él para siempre mediante su palabra (cfr Gn 1,1-24).

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Sal 148,7

La «tierra» incluye aquí la tierra seca y los océanos y mares, lugares míticos y tenebrosos llenos de monstruos (cfr Sal 74,13-14; Gn 1,1).

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Sal 148,8-12

A la alabanza divina se unen los fenómenos atmosféricos (v. 8), la creación inanimada, los reinos vegetal y animal (vv. 9-10), y todos los hombres de cualquier condición y edad (vv. 11-12).

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Sal 148,13-14

A todos los mencionados anteriormente se manifiesta la gloria del Señor —su «Nombre»— a través de su poder reflejado en la creación —«su majestad»—, y a través de la exaltación de su pueblo (v. 14a). Por eso éste ha de ser el primero en alabarle desde la tierra, ha de ser el pueblo de la alabanza (v. 14b).

«Toda nuestra vida presente debe discurrir en la alabanza de Dios, porque en ella debe consistir la alegría sempiterna de la vida futura; y nadie puede hacerse idóneo de la vida futura, si no se ejercita ahora en esta alabanza. Ahora, alabamos a Dios, pero también le rogamos. Nuestra alabanza incluye la alegría, la oración, el gemido. Es que se nos ha prometido algo que todavía no poseemos; y, porque es veraz el que lo ha prometido, nos alegramos por la esperanza; mas, porque todavía no lo poseemos, gemimos por el deseo. Es cosa buena perseverar en este deseo, hasta que llegue lo prometido; entonces cesará el gemido y subsistirá únicamente la alabanza» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 148,1).

La liturgia de la Iglesia emplea este salmo en la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, para expresar la alabanza que le tributa toda la creación, en el cielo y en la tierra.

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Salmo 149

La invitación a alabar al Señor específicamente dirigida a Israel completa las invitaciones a la alabanza hechas en los salmos anteriores (cfr Sal 147-148). Sal 148 concluía con el deseo de que «todos sus fieles», «los hijos de Israel», el «pueblo» íntimo de Dios, entonasen el himno de alabanza (cfr Sal 148,14b); ahora en Sal 149 se señala el cómo y el porqué. El Nombre del Señor (cfr Sal 148,5.13) ha de ser ahora alabado por Israel (cfr Sal 148,14; 149,2) con «danzas» (Sal 149,3), porque Israel forma la asamblea de fieles del Señor creada por Él mismo (Sal 149,1-2) y en la que Él se complace (cfr Sal 148,14; 149,4). El «poder» del pueblo de Dios, ya mencionado en Sal 148,14, se canta en Sal 149,6-9 como victoria y dominio definitivos sobre los demás pueblos.

La invitación introductoria de carácter general a la alabanza litúrgica (v. 1) se concreta dirigiéndola al pueblo, primero para que se alegre porque en él se ha complacido el Señor (vv. 2-4); y después para que dé vítores y sea instrumento de la victoria divina sobre los pueblos (vv. 5-9). La mención de los «fieles» del Señor (vv. 1.5.9) contribuye a mostrar la unidad del salmo.

La perspectiva de victoria definitiva del pueblo de Dios y de venganza sobre las naciones que encontramos en este salmo, queda recogida en términos parecidos en el libro del Apocalipsis, donde se aplica a la victoria de Cristo y de la Iglesia (cfr Ap 19,19-21). Pero en este libro se trata de un lenguaje simbólico para mostrar el triunfo definitivo de Cristo en su segunda venida. Entretanto las «espadas» con las que lucha el cristiano son las armas del Espíritu (cfr 2 Co 6,7; 10,4; Ef 6,12-17; Hb 4,12).

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Sal 149,1

Puede decirse «un cántico nuevo» porque nuevas son la situación del pueblo y la relación con Dios en las que piensa el salmista (cfr vv. 7-9; cfr Jr 31,13; Sal 33,3), y porque el amor siempre es nuevo y, como dice San Agustín, «cantar suele ser tarea de enamorados» (Sermones 33,1).

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Sal 149,2-4

Dios es el creador y verdadero rey del pueblo (v. 2), y merece una alabanza solemne y litúrgica (v. 3) porque le ha otorgado la salvación.

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Sal 149,5-9

Dios ha dado a su pueblo la gloria y la seguridad —«alegría desde sus lechos» (v. 5)—. Quizás se trata de una alusión a la época de Nehemías (cfr Ne 3-4), o mejor aún, a la de los Macabeos en la que tanto relieve cobran los «fieles» (hasidim; cfr 1 M 2,42). Las alabanzas a Dios se unen al pensamiento de la lucha contra los enemigos (v. 6; cfr 2 M 13,15). La venganza sobre éstos, lograda la victoria, significa cumplir la sentencia del Señor (cfr 2 M 15,25-34). La sentencia «dictada» (v. 9), puede hacer alusión a los oráculos de los profetas o al supuesto libro en el que Dios consigna sus decretos (cfr Jb 13,26; Is 65,6).

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Salmo 150

Este salmo hace de conclusión a la quinta parte del libro de los Salmos (cfr Sal 41,14; 72,18-19; 89,52; 106,48) y, al mismo tiempo, a todo el libro. Su inserción conclusiva viene preparada por el grupo de salmos que componen el Hallel final (cfr Sal 146-149).

En forma de invitaciones a la alabanza dice primero a quién se alaba y dónde (v. 1); después, la motivación (v. 2); a continuación, la forma de hacerlo (vv. 3-5); y, finalmente, el sujeto que la realiza (v. 6). La mención de «Dios» (v. 1) y de «el Señor» (v. 6) sirven de apertura y conclusión al himno.

Al rezar este salmo el cristiano enriquece su sentido considerando la definitiva intervención salvífica de Dios en la historia mediante Jesucristo, y es invitado a permanecer siempre en actitud de alabanza a Dios. El cristiano eleva su alabanza unido a Cristo, verdadero «Santuario» (v. 1), meditando su palabra, la Ley nueva, día y noche (cfr Sal 1,2): «Que la palabra de Cristo habite en vosotros abundantemente. Enseñaos con la verdadera sabiduría, animaos unos a otros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando agradecidos en vuestros corazones» (Col 3,16).

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Sal 150,1

Por el paralelismo que presenta el versículo, «Santuario» se refiere directamente al cielo, donde Dios habita; pero, a tenor del desarrollo del salmo, incluye también el Templo de Jerusalén en el que se desarrolla la liturgia festiva (vv. 3-5), y todo el orbe donde están los seres vivos (v. 6).

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Sal 150,2

Quedan sintetizados todos los motivos de alabanza que han ido apareciendo a largo del libro: las intervenciones salvíficas de Dios y su dominio del cosmos.

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Sal 150,3-5

Los instrumentos mencionados son los empleados para anunciar las solemnidades —«el cuerno» (v. 3)—, y para desarrollar la liturgia en el Templo y en las peregrinaciones (vv. 4-5; cfr Sal 149,3). Al evocar los diversos instrumentos mencionados en el salmo, comenta un autor espiritual: «Todos estos instrumentos de alabanza a Dios son los mismos santos, los cuales dirigen a Dios el múltiple sonido de su concorde glorificación. Y por eso en todas sus obras es alabado Dios porque cada movimiento de aquellos que cantan está animado de su Espíritu que lo anuncia en ellos» (Próspero de Aquitania, Expositio Psalmorum 150,3).

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Sal 150,6

El término hebreo que traducimos por «todo ser que respira» —nesamá— en la Biblia sólo se aplica a Dios y al hombre (cfr Gn 2,7; 2 S 22,16). Su empleo en este lugar indica que sólo el hombre es capaz de expresar la alabanza a Dios en representación de la creación entera.

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