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Salmo 119
Está situado entre el grupo de salmos que forman el Hallel (Sal 113-118) y el de los «cantos de las subidas» que va a continuación (Sal 120-124). Es como una introducción a éstos, de manera similar a como otros salmos de carácter sapiencial preparan para la lectura de los que les siguen (cfr Sal 1; Sal 73; Sal 90; Sal 111-112). En este sentido, Sal 119 invita a reflexionar y a fortalecer los sentimientos correctos ante Dios antes de la iniciar la lectura de los «cantos de las subidas» que cantan la alegría de la peregrinación a Jerusalén y al Templo. Por otra parte, situado tras Sal 118, refleja quién es el justo que podrá entrar por la puerta del Señor (cfr Sal 118,20).
Está compuesto con un arte literario especial y un dominio excepcional de la lengua hebrea. Va siguiendo las letras del alfabeto y haciendo coincidir la primera letra de la primera palabra de cada ocho versículos con cada una de las veintidós letras hebreas. Resulta así una larga composición de 176 versículos. Todo el salmo esta dedicado a la Ley de Dios que es mencionada en cada versículo utilizando a lo largo del salmo nueve términos distintos: ley, preceptos, caminos, decretos, mandamientos, estatutos, juicios, palabras, promesa. No se percibe una unidad temática estricta en cada uno de los grupos de ocho versículos, ni una sucesión ordenada de argumento entre ellos, aunque sí hay algún punto de enlace entre cada grupo y el anterior. Dentro de cada grupo aparecen, sin orden determinado, máximas sapienciales, súplicas al Señor, frases de lamentación, alabanzas a Dios, o reafirmaciones del salmista en su conducta. El relieve que tiene la Ley encuadrada en la Alianza recuerda al libro del Deuteronomio; y la interiorización de la misma, al libro de Jeremías. Se trata claramente de un salmo compuesto después del destierro, más para ser leído y meditado personalmente con el fin de estimular la reverencia y la piedad hacia la Ley de Dios, que para ser proclamado en público. Mientras que en otros salmos aparecen las acciones de Dios en la creación y en la historia del pueblo, aquí la gran acción de Dios es haber dado la Ley y comunicado su palabra con las que orienta la vida del salmista y ante las que pide obediencia.
Es un salmo que lleva a desarrollar en la oración el agradecimiento, la súplica y la búsqueda de sabiduría al hilo de la contemplación de la bondad de Dios manifestada en la donación de la Ley. Momentos que resaltan en esta larga composición podrían ser: los vv. 1-3, a modo de introducción sapiencial para alcanzar la felicidad; los vv. 89-91, a mitad del salmo, como proclamación de la autoridad de la palabra de Dios y de su fidelidad; y los vv. 173-176, al final del salmo, como resumen de los sentimientos expresados a lo largo de él.
Esta larga oración sobre la Palabra de Dios escuchada en su Ley, la hace suya el cristiano con una intensidad mayor que la que tiene en el contexto del Antiguo Testamento. Tras haber hablado por medio de Moisés y los Profetas, Dios ha pronunciado su palabra definitiva mediante Jesucristo (cfr Hb 1,1-4). Es más, Cristo mismo es la Palabra de Dios hecha carne (Jn 1,14) y su Persona y sus obras, su enseñanza y su muerte y resurrección, son la Palabra eterna de Dios que se dirige a todos los hombres a través del Evangelio como luz y salvación (cfr 1 Co 15,1-2).
«En todo momento, tu corazón y tu boca deben meditar la sabiduría, y tu lengua proclamar la justicia, siempre debes llevar en el corazón la Ley de tu Dios. Por esto, te dice la Escritura: Hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado. Hablemos, pues, del Señor Jesús, porque Él es la sabiduría, Él es la palabra, y Palabra de Dios. Porque también está escrito: Abre tu boca a la palabra de Dios. Por Él anhela quien repite sus palabras y las medita en su interior. Hablemos siempre de Él. Si hablamos de sabiduría, Él es la sabiduría; si de virtud, Él es la virtud; si de justicia, Él es la justicia; si de paz, Él es la paz; si de la verdad, de la vida, de la redención, Él es todo esto» (S. Ambrosio, Enarrationes in XII Psalmos 36,65).
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Sal 119,1-8
Ya en los tres primeros versículos la atención se centra en la Ley y en el cumplimiento de los preceptos del Señor, concretando así la afirmación más genérica: «Dichoso quien se complace en la Ley del Señor», de Sal 1,1.
En los versículos siguientes (vv. 4-8) se enseña que el deseo de cumplir la Ley es presupuesto para una alabanza sincera al Señor (v. 7).
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Sal 119,9-16
Para poder cumplir la Ley, se ha de conocer y desear gozarse en ella.
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Sal 119,17-24
Despreciar la Ley es lo propio de los soberbios (vv. 21-22); el salmista, por el contrario, se deja aconsejar por los preceptos del Señor (v. 24).
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Sal 119,25-32
Las «maravillas» del v. 27 se refieren al contenido de la Ley (cfr v. 18), por el que el hombre alcanza la vida (vv. 25.31).
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Sal 119,33-40
Dios es quien da el conocimiento de la Ley y las fuerzas para cumplirla. Eso pide intensamente el orante.
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Sal 119,41-48
Con la Ley podrá obtener los favores del Señor —«tu misericordia» (v. 41)— frente a los enemigos y ante los reyes.
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Sal 119,49-56
La petición se apoya en la promesa divina. En ella el salmista encuentra la confianza en los momentos de desasosiego. También en esos momentos la Ley de Dios y el recuerdo de su Nombre son su gozo y su seguridad.
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Sal 119,57-64
Conocer y cumplir la Ley es el bien que ha tocado al salmista en este mundo —su «heredad» (v. 57)—; un bien que guarda con cuidado y en el que ve la bondad del Señor (vv. 57-64). Los «lazos de los impíos» (v. 61) son entendidos por San Juan de la Cruz en sentido espiritual como lazos creados por los propios pecados: «La segunda manera de mal positivo que causan al alma los apetitos es que la atormentan y afligen a manera del que está en tormento de cordeles, abarcado a alguna parte, de lo cual hasta que se libre no descansa. Y de éstos dice David: Funes peccatorum circumplexi sunt me: Los cordeles de mis pecados, que son mis apetitos, en derredor me han apretado» (S. Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo 1,7,1).
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Sal 119,65-72
Aunque antes haya pasado momentos de crisis —«andaba descarriado» (v. 67)— por causa de los impíos —«soberbios» (v. 69)—, y haya recibido castigos —«ser humillado» (vv. 67.71)—, todo ello fue para que aprendiera el valor incomparable de la Ley de Dios.
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Sal 119,73-80
El salmista reconoce que su vida depende de Dios, su creador (v. 73), y espera seguir viviendo por su misericordia, guardando sus estatutos.
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Sal 119,81-88
Aunque se encuentra enfermo, al límite, y perseguido por los enemigos, pide socorro al Señor para vivir y cumplir sus preceptos.
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Sal 119,89-96
En el momento central de su oración, el salmista proclama la permanencia eterna de la Palabra de Dios que ha creado todas las cosas y las mantiene en el ser (vv. 89-91) y de nuevo confiesa sus sentimientos hacia la Ley, que es su gozo y su salvación (vv. 92-96). El paso del don de Dios, que va de la donación de la Ley a la donación del Hijo, Palabra o Verbo de Dios, fue puesto de manifiesto en más de una ocasión por los Padres de la Iglesia: «Fiel es Dios, que se ha constituido en deudor nuestro, no porque haya recibido nada de nosotros, sino por lo mucho que nos ha prometido. (…) Sin embargo, hermanos, como a los hombres les parecía increíble lo prometido por Dios —a saber, que los hombres habían de igualarse a los ángeles de Dios, saliendo de esta mortalidad, corrupción, bajeza, debilidad, polvo y ceniza—, no sólo entregó la Escritura a los hombres para que creyesen, sino que también puso un mediador de su fidelidad. Y no a cualquier príncipe, o a un ángel o arcángel, sino a su Hijo único. Por medio de Éste había de mostrarnos y ofrecernos el camino por donde nos llevaría al fin prometido» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 109,1-3).
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Sal 119,97-104
La Ley, a la que tanto ama, le ha hecho sabio. La verdadera sabiduría —y con ella la madurez— no depende de la edad (v. 100), sino del cumplimiento de la voluntad de Dios: «Esta sabiduría de corazón, esta prudencia no se convertirá nunca en la prudencia de la carne a la que se refiere San Pablo (cfr Rm 8,6): la de aquellos que tienen inteligencia, pero procuran no utilizarla para descubrir y amar al Señor. La verdadera prudencia es la que permanece atenta a las insinuaciones de Dios y, en esa vigilante escucha, recibe en el alma promesas y realidades de salvación» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 87).
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Sal 119,105-112
Puesto que la Ley es luz para sus pasos, por eso no la olvida en su aflicción. Sabe que la Ley le pertenece como «herencia» del Señor.
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Sal 119,113-120
Pone su esperanza en la Ley, al contrario que los impíos que serán destruidos por Dios.
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Sal 119,121-128
Porque actúa según la Ley, por eso espera que también el Señor actúe en su favor.
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Sal 119,129-136
Pide que el Señor «haga brillar su rostro» (v. 135) sobre él, enseñándole sus preceptos que son admirables.
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Sal 119,137-144
Las motivaciones en las que apoya la petición anterior son que Dios es justo, y que su justicia y su Ley son eternas.
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Sal 119,145-152
Lo pide también con todas sus fuerzas y en todo momento porque sabe que el Señor le ama (v. 149) y está cerca de él (v. 151).
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Sal 119,153-160
Otro motivo para que Dios atienda la petición del salmista es porque él se aparta de los impíos y ama sus preceptos.
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Sal 119,161-168
Aunque los impíos le persigan, encuentra su gozo y su paz en la oración ininterrumpida —«siete veces» (v. 164)—, y en el cumplimiento de los mandatos del Señor. San Atanasio destaca la alegría (v. 162) y la oración (v. 164) del salmista como ejemplo de lo que ha de hacer el cristiano para reformar su conducta: «Así también los santos, mientras vivían en este mundo, estaban siempre alegres, como si siempre estuvieran celebrando fiesta; uno de ellos, el bienaventurado salmista, se levantaba de noche, no una sola vez, sino siete, para hacerse propicio a Dios con sus plegarias» (Epistulae heortasiae 14,1-2).
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Sal 119,169-176
Por eso finaliza la oración pidiendo al Señor que le escuche y que le dé discernimiento para así poder alabarle (vv. 169-173), y concluye expresando, como en un resumen, su anhelo y su situación (vv. 174-176).
Tras la lectura del salmo, el lector se siente reconfortado por la seguridad de que, si se esfuerza en ser fiel a Dios y cumplir sus mandamientos, Él nunca le abandonará: «“Es verdad el principio de tu palabra, por siempre, todos tus justos juicios” (Sal 119,160). “Ahora, mi Señor Dios, Tú eres Dios, tus palabras son verdad” (2 S 7,28); por eso las promesas de Dios se realizan siempre (cfr Dt 7,9). Dios es la Verdad misma, sus palabras no pueden engañar. Por ello el hombre se puede entregar con toda confianza a la verdad y a la fidelidad de la palabra de Dios en todas las cosas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 215).
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Salmos 120-134
Al salmo anterior, en el que se medita sobre la Ley de Dios, sigue ahora un grupo de salmos que se presentan como «cantos de las subidas». Así pues, la meditación de la Ley en Sal 119 ha preparado al lector para unirse al anhelo de aquellos que peregrinan al Templo donde habita el Señor que da la Ley. Estos poemas son también llamados «salmos graduales». Con este nombre se indicaría, según la mayoría de los intérpretes incluidos los antiguos rabinos, que estos salmos eran cantados al subir las gradas que daban acceso al Templo. Otros estudiosos, en cambio, atribuyen el nombre de «graduales» al ritmo poético peculiar de estos salmos, llamado «ritmo gradual» porque las palabras o expresiones de un verso vuelven con frecuencia a repetirse de una forma u otra en el siguiente. En cualquier caso estos poemas reflejan la subida anual a Jerusalén y pudieron haber sido agrupados para usarse en la liturgia de alguna fiesta, quizá la de los Tabernáculos, poco antes de llevarse a cabo la recopilación final que encontramos en el libro de los Salmos.
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Salmo 120
Esta composición se introduce al principio de la serie quizás porque presenta la situación de un desterrado lejos de Jerusalén (cfr vv. 5-7). Comienza con la petición al Señor —apoyada en que Él escuchó en el pasado—, de que libre al salmista del hombre mentiroso (vv. 1-2). A continuación se anuncia el castigo que éste recibirá (vv. 3-4), y se describe la situación de destierro del salmista (vv. 5-7).
Este salmo deja oír la voz suplicante del desterrado lejos de la tierra prometida. Al cristiano que lo reza le recuerda que mientras peregrina en la tierra vive lejos del Señor (cfr 2 Co 5,6; 1 P 1,17), y le invita a una petición de ayuda a Dios, más intensa cuanto mayores son las dificultades o la oposición que encuentra entre quienes le rodean.
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Sal 120,1-2
El recuerdo de cómo el Señor atendió la súplica en otras ocasiones sirve de punto de apoyo para la nueva petición. El salmista pide que su vida —«mi alma» (v. 2)— esté a salvo de quienes le acusan falsamente —«lengua embustera» (cfr Sal 17,9-12; 109,2; etc.—). La manera en la que aquí ora el salmista es un estímulo a no desfallecer en nuestra súplica a Dios: «He gritado —es decir, he rezado con fe— y por esto me escuchaste, Dios mío, como si, introducidos en la intimidad divina por el primer ruego, pudiéramos implorar con mucha más confianza la siguiente vez. Por eso, en la petición dirigida a Dios, la asiduidad, la insistencia, nunca es inoportuna. Al contrario: agrada a Dios» (S. Tomás de Aquino, Compendium theologiae 2,2). Y San Josemaría, reconociendo en las palabras del salmo la voz de Dios, comenta: «Conmueve esta insistencia de Dios, nuestro Padre, empeñado en recordarnos que debemos acudir a su misericordia pase lo que pase, siempre» (Lealtad a la Iglesia, p. 13).
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Sal 120,3-4
Dirigiéndose retóricamente a sus perseguidores, el orante afirma, con una fórmula usual en juramentos imprecatorios (cfr 1 S 3,17), que Dios les devolverá aumentado el mal que ellos buscan. La expresión «flechas afiladas» (v. 4) significando el castigo divino es la respuesta a lo que merecen las «lenguas embusteras» (v. 3), que en otros salmos son presentadas como flechas (cfr Sal 57,5; 64,4).
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Sal 120,5-7
«Mésec» indica las alejadas regiones del norte entre el Mar Negro y el Cáucaso (cfr Gn 10,2); «Quedar», las del este y el sur, quizá las regiones árabes (cfr Is 21,16-17). Son símbolo del lugar en el que se encuentra el salmista, lejos de la tierra prometida, sin que pretenda señalar un emplazamiento concreto, y donde quienes le rodean le hacen la vida —«mi alma» (v. 6)— imposible, aunque él practique el bien hacia ellos (v. 7; cfr Sal 109,4-5).
«Éste es el gemido de toda la Iglesia y de todos los santos, los cuales, mirando a través de la fe, suspiran por los bienes de la patria celeste entre las adversidades de un largo exilio, porque los hombres espirituales viven con los hombres carnales y aquellos que buscan sólo los bienes terrenos se sienten molestos por aquellos que avanzan hacia los bienes celestes» (Próspero de Aquitania, Expositio Psalmorum 119,5).
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Salmo 121
En el salmo anterior el salmista expresaba su dolor por vivir lejos de Jerusalén (cfr Sal 120,5) y que el Señor había respondido a su clamor (120,1); ahora, cuando se pone en camino hacia la ciudad santa, testimonia su fe en que el Señor le protege como su guardián. Dentro del grupo de «cantos de las subidas», este salmo expresa la fe y la confianza para ponerse en camino.
Comienza con una profesión personal de confianza en el Señor, creador de cielo y tierra (vv. 1-2), y continúa con la reafirmación de que el Señor, guardián de Israel, guarda al salmista en su camino (vv. 3-8).
La confianza en la protección divina cantada en este salmo puede hacerla suya el cristiano que lo reza, ya que es el mismo Jesucristo quien exhorta a ella cuando enseña a sus discípulos la providencia de Dios sobre ellos: «En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados» (Mt 10,30).
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Sal 121,1-2
«Los montes» pueden significar aquellos altos en los que estaban los santuarios paganos, amenaza para el salmista, o si entendemos un plural de excelencia, el monte Sión en el que habitaba el Señor. En cualquier caso, a la vista de estos montes se suscita un diálogo del salmista consigo mismo, y en el que da a su pregunta una respuesta desde la fe en el Dios de Israel creador del mundo.
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Sal 121,3-8
La protección del Señor viene expresada con los términos «guardián» y «guarda» constantemente repetidos, y pueden entenderse como respuesta de un sacerdote a la pregunta del v. 1, o como reafirmación hecha a sí mismo por el salmista. El orante puede confiar en que el Señor es su «guardián» porque es el que guarda a Israel; lo ha demostrado en la historia (vv. 3-4). El Señor protege de todos los males como «la sombra» que protege del calor mortífero de los rayos del sol (cfr Is 4,6; 25,4-5; 49,10) y de los rayos de la luna, considerados también perjudiciales (vv. 5-6). Todas las actividades del hombre («tus salidas y entradas») caen bajo esa protección divina (vv. 7-8; Dt 28,6). A la luz de la enseñanza de San Pablo (cfr 2 Ts 3,3), comenta San Agustín: «Aun aquí, rodeados de peligros y de tentaciones, no dejemos por eso de cantar todos el Aleluya. Fiel es Dios —dice el Apóstol—, y no permitirá Él que la prueba supere vuestras fuerzas. Por esto, cantemos también aquí el Aleluya. El hombre es todavía pecador, pero Dios es fiel. No dice: “Y no permitirá que seáis probados”, sino: No permitirá que la prueba supere vuestras fuerzas. No, para que sea posible resistir, con la prueba dará también la salida. Has entrado en la tentación, pero Dios hará que salgas de ella indemne; así, a la manera de una vasija de barro, serás modelado con la predicación y cocido en el fuego de la tribulación. Cuando entres en la tentación, confía que saldrás de ella, porque fiel es Dios: El Señor guarda tus entradas y salidas» (Sermones 256,1,2,3). El sentimiento de la protección paternal de Dios lo han vivido especialmente los santos: «Nuestro Dios no nos pierde de vista, como una madre que está vigilando al hijito que da los primeros pasos. (…) Cuán consolado queda un cristiano, al pensar que Dios le ve, que es testigo de sus penalidades y de sus combates, que tiene a Dios de su parte» (S. Juan Bautista Vianney, Sermón sobre el Corpus Christi).
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Salmo 122
Es el tercero de los salmos de peregrinación o «cantos de las subidas» (120-134) y, como continuación lógica del anterior que se fijaba en la protección de Dios a lo largo del camino (cfr Sal 121), canta la alegría de la llegada (cfr Sal 84;132). La emoción se va haciendo más intensa en el lector de estos salmos.
Comienza con manifestaciones de alegría que abarcan desde el inicio de la peregrinación hasta la llegada a Jerusalén (vv. 1-2). Sigue con aclamaciones a la ciudad (vv. 3-5) y termina con deseos de paz para ella y sus moradores (vv. 6-9). La mención de la «Casa del Señor» (vv. 1.9) hace de marco que engloba a todo el salmo.
También Jesús peregrinó a Jerusalén (cfr Lc 2,41-42) y llevó a ella el mensaje de la paz (cfr Lc 19,42), haciendo suyo este salmo. Pero aquella Jerusalén no quiso reconocerlo. La verdadera y nueva Jerusalén que reconoce a Jesucristo es la Iglesia, que al final de la historia humana aparecerá en todo su esplendor como una ciudad perfectamente construida y rebosante de belleza y seguridad, tal como es descrita, en lenguaje simbólico, en Ap 21,9-27.
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Sal 122,1-2
La peregrinación conlleva una alegría compartida entre quienes la inician y recorren el camino hasta llegar a la meta. La «Casa del Señor» (vv. 1.9) es el Templo, motivo de la gloria incomparable de la ciudad (cfr Sal 48).
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Sal 122,3-5
Quien contempla la ciudad santa, admira su aspecto que da impresión de fortaleza y unidad en torno al Templo (v. 3); en ella se siente miembro vivo del pueblo de Dios que cumple los mandatos del Señor —las fiestas de peregrinación, cfr Dt 12,5-7;16,16—, y en ella encuentra la justicia ejercida por el rey (v. 5). Por eso, la Iglesia utiliza este salmo en la solemnidad de Jesucristo, Rey, que reina en la Jerusalén celestial y quiere establecer un reino de justicia y de paz.
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Sal 122,6-9
Al entrar en la ciudad el salmista expresa sus deseos de paz hacia ella con un juego de palabras hecho con los términos «paz» —shalom en hebreo— y «Jerushalem» (vv. 6-7). «Paz» en la Biblia significa la plenitud de todos los bienes; seguridad y prosperidad. Ahora son deseados a la ciudad, a cuantos moran en ella y a cuantos la aman aunque estén lejos. El salmista expresa sus deseos de paz en nombre de los suyos y del Señor que habita en el Templo (vv. 8-9).
San Agustín, aplicando las palabras del salmo a la Iglesia y a la vida cristiana, comenta: «Esta ciudad bien compacta es la Iglesia. Su cimiento es Cristo. En la tierra, cuando se echa el cimiento, se edifican las paredes hacia arriba y su peso gravita hacia abajo, porque abajo está colocado el fundamento. Pero, si nuestro fundamento —Cristo— está en el Cielo, entonces edificamos hacia el Cielo. En esta basílica que veis, la que hoy nos reúne, los arquitectos colocaron los cimientos abajo; pero cuando somos edificados como templo espiritual, el cimiento lo hemos de colocar en las alturas. Corramos, pues hacia allí; apresurémonos hasta que nuestros pies estén pisando tus umbrales, Jerusalén» (Enarrationes in Psalmos 121,4).
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Salmo 123
Por el lugar que ocupa, esta súplica constituye la oración del peregrino que llega a Jerusalén y entra en el Templo (cfr Sal 122). Si en el camino el orante alza los ojos a los montes buscando auxilio (cfr Sal 121,1), ahora los eleva a Dios que «está sentado en los cielos» (123,1). La angustia experimentada por el salmista estando lejos de Jerusalén (cfr Sal 120), se hace extensible al pueblo y se presenta ante el Señor al llegar al Templo (Sal 123,3-4).
A la invocación inicial dirigida personalmente al Señor que está en los cielos (v. 1), sigue una encendida expresión de la confianza que el pueblo tiene en Él (v. 2), y la petición de la misericordia divina en una situación de oprobio y de desgracia (vv. 3-4).
Esta bellísima oración de súplica y de confianza en Dios la hace suya el cristiano con más intensidad cuando se dirige a Jesucristo ascendido a los cielos. La salvación plena y definitiva llegará con la Parusía o segunda venida de Cristo que, según la promesa divina, «vendrá de igual manera a como le habéis visto subir al cielo» (Hch 1,11). «Los cielos» aquí son expresión de la trascendencia y del señorío divinos.
▲ COMENTARIO
Sal 123,1
Dios escucha desde los cielos, verdadero «lugar» de su morada, cuando se le suplica en el Templo (cfr 1 R 8,49.52). «Levantar los ojos» hacia alguien es la forma de expresar la esperanza en recibir su ayuda (cfr Sal 121,1).
▲ COMENTARIO
Sal 123,2
Con la expresiva imagen de los siervos se resalta la total dependencia del pueblo respecto a Dios, su único Señor, del que le viene todo bien. En la actitud del esclavo podemos ver también una invitación a estar pendientes del Señor en toda circunstancia, a buscar su presencia de continuo y vivir con el corazón puesto en Él: «Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra…, hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres…: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 296).
▲ COMENTARIO
Sal 123,3-4
Para mover al Señor a actuar se aduce además la situación de oprobio que padece el pueblo, dejando entender que el desprecio a los siervos es desprecio al amo, el Señor. Es posible que estos versículos reflejen la actitud hostil de los pueblos vecinos cuando los judíos se afanaban en reconstruir el Templo y la ciudad a la vuelta del destierro (cfr Ne 2,19; 3,36-37). La última frase del v. 4 podría traducirse como una exclamación: «¡El desprecio sea para los orgullosos!». La frase no es clara y en una lectura propuesta en el margen de los códices hebreos aparece «los orgullosos jonios», actualizando así el salmo a la época del dominio griego.
▲ COMENTARIO
Salmo 124
A la súplica del salmo anterior (cfr Sal 123) sigue la acción de gracias por la intervención divina (Sal 124). Así avanza la oración realizada en las subidas a Jerusalén, si bien esta oración se presenta en algunos códices, al igual que Sal 122, como de David; quizá se debe al parecido de este salmo con Sal 18 y Sal 69.
En la primera parte del salmo se expone lo que hubiese ocurrido si el Señor no hubiera sido favorable (vv. 1-5); y, en la segunda, se le bendice por la salvación otorgada (vv. 6-7). Concluye con una profesión de confianza en Dios (v. 8).
Este salmo se cumple en nuestro Señor Jesucristo. En efecto, a lo largo de su vida, mediante los milagros que realizó, manifestó que «Dios estaba con él» (Hch 10,38), como quedó patente cuando Dios lo libró de los lazos de la muerte (cfr Hch 2,24) mediante su resurrección.
▲ COMENTARIO
Sal 124,1-5
Parece que quien habla es un sacerdote o levita que expone a los reunidos lo que hubiese sucedido si el Señor hubiera abandonado a su pueblo. Emplea imágenes comunes a otros salmos (cfr Sal 18,17-18; 69,2-3.15-16; etc.), que indican la muerte segura.
▲ COMENTARIO
Sal 124,6-7
En la bendición al Señor se reconoce la salvación frente a los enemigos. La metáfora del pájaro liberado del lazo (cfr Sal 11,1) puede aplicarse perfectamente al retorno de Babilonia.
▲ COMENTARIO
Sal 124,8
La profesión de fe (cfr Sal 121,2) aúna las acciones de Dios en la historia a favor de Israel —al que reveló su «Nombre»— y su acción creadora. «La verdad en la creación es tan importante para toda la vida humana que Dios, en su ternura, quiso revelar a su pueblo todo lo que es saludable conocer a este respecto. Más allá del conocimiento natural que todo hombre puede tener del Creador (cfr Hch 17,24-29; Rm 1,19-20), Dios reveló progresivamente a Israel el misterio de la creación. Él que eligió a los patriarcas, el que hizo salir a Israel de Egipto y que, al escoger a Israel, lo creó y formó (cfr Is 43,1), se revela como aquel a quien pertenecen todos los pueblos de la tierra y la tierra entera, como el único Dios que “hizo el cielo y la tierra” (Sal 115,15;124,8;134,3)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 287).
Las palabras del v. 8 son empleadas en la liturgia cristiana como antífona de comienzo de oración. Con ellas se profesa que Dios es el único que da la fuerza para mantenerse firme: «Danos, Señor, tu ayuda en la tribulación, porque el auxilio humano es ineficaz. Danos fortaleza para luchar en los combates, y míranos propicio desde Sión, de modo que, siguiendo las huellas de tu pasión, podamos beber alegres el cáliz del martirio. (…) Ayuda, pues, eficazmente a nuestra fragilidad en esta hora de la prueba. Sé nuestro auxilio poderoso contra las huestes del demonio y de nuestros enemigos. Para nuestra defensa, embraza el escudo de tu divinidad y manténnos en la resolución de seguir luchando virilmente por ti hasta la muerte» (S. Eulogio de Córdoba, Documentum martyrii 25, epilog.).
▲ COMENTARIO
Salmo 125
En el salmo anterior se cantaba la liberación del pueblo (cfr Sal 124), en éste se profesa la confianza y seguridad que el pueblo y los justos tienen en el Señor. El simbolismo del monte Sión utilizado en el salmo hace que este canto convenga a quien ha llegado en peregrinación a Jerusalén. La situación geográfica de la ciudad despierta los sentimientos de confianza en el Señor.
El salmo se inicia con dos comparaciones referidas al monte Sión: la de la firmeza de quienes confían en el Señor (v. 1), y la de la perennidad del cuidado de Dios por su pueblo (v. 2). Sigue con la afirmación de la seguridad del justo ante el impío (v. 3), y termina pidiendo el bien para los justos, la perdición para los impíos y la paz para Israel (vv. 4-5).
La confianza en el Señor expresada en este salmo es sentida profundamente por el cristiano al considerar la firmeza que Cristo ha otorgado a su Iglesia. Ella es la nueva Jerusalén rodeada de cuidados por su Esposo (cfr Ef 5,29-30), contra la que no prevalecerán las puertas del infierno (cfr Mt 16,18): «La Iglesia del Señor, edificada sobre la roca apostólica, se mantiene inconmovible entre los escollos del mundo y, apoyada en tan sólido fundamento, persevera firme contra los golpes de las olas bravías. Se ve rodeada por las olas, pero no resquebrajada, y, aunque muchas veces los elementos de este mundo la sacudan con gran estruendo, cuenta con el puerto segurísimo de la salvación para acoger a los fatigados navegantes» (S. Ambrosio, Epistulae 2,1-2).
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Sal 125,1
La impresión de solidez producida por un monte como el de Sión, sobre el que estaba construida Jerusalén, sirve para expresar lo inconmovible de la firmeza de quien confía en el Señor.
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Sal 125,2
Una cadena montañosa que jamás cambia, tal como aparecen los montes que rodean a Jerusalén, es motivo de comparación con el cuidado eternamente inmutable que Dios tiene de su pueblo.
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Sal 125,3
La convicción expresada en el verso anterior se aplica ahora a la situación del pueblo dominado por un rey extranjero —«el cetro del impío», posible alusión a los reyes persas—, y tentado por las idolatrías y costumbres paganas.
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Sal 125,4-5
Se eleva la oración pidiendo que el Señor retribuya a cada uno según su manera de actuar. La exclamación final hace extensible a todo el pueblo el deseo de prosperidad y bienestar que en Sal 122,6-9 se hacía a Jerusalén.
«¿Cuál es esta Sión sino aquella misma que antes se llamaba Jerusalén? Y ella misma era aquel monte al que la Escritura se refiere cuando dice: El monte Sión donde pusiste tu morada; y el Apóstol: Os habéis acercado al monte Sión. ¿Acaso de esta forma se estará aludiendo al coro apostólico, escogido de entre el primitivo pueblo de la circuncisión? Y esta Sión y Jerusalén es la que recibió la salvación de Dios, la misma que a su vez se yergue sublime sobre el monte de Dios, es decir, sobre su Verbo unigénito: a la cual Dios manda que, una vez ascendida la sublime cumbre, anuncie la palabra de salvación» (Eusebio de Cesarea, Commentaria in Isaiam 40).
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Salmo 126
El cuidado del Señor por su pueblo, cantado en el salmo anterior (cfr Sal 125,2), se manifiesta en la vuelta de los cautivos a la tierra prometida, motivo de este salmo. El peregrino a Jerusalén revive, al encontrarse en la ciudad, la alegría de quienes volvieron del destierro. Por este motivo queda incluido entre los «cantos de las subidas».
Comienza describiendo la alegría del retorno, obra del Señor (vv. 1-3), y a continuación se le pide que haga volver a los desterrados y que éstos experimenten aquella alegría (vv. 4-6).
La admiración y la alegría expresadas en este canto continúan en el de la Virgen después de la Anunciación del ángel, cuando ella exclama: «Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo» (Lc 1,49). Las grandes cosas realizadas por Dios en la Encarnación y en la Resurrección de su Hijo traen a la humanidad una alegría que bien puede expresarse con las palabras de este salmo (cfr Mt 2,10; Lc 1,44; 24,41).
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Sal 126,1-3
En vez de «hizo volver a los cautivos» (cfr Jr 29,14), puede entenderse, con el ligero cambio de una vocal en el término hebreo, «cambió la suerte», expresión más frecuente en la Biblia (cfr Dt 30,3; etc.). En cualquier caso se trata de algo increíble —«nos parecía soñar»— que, al realizarse, llena a los beneficiarios de una alegría inmensa que se manifiesta exteriormente, y llena a las naciones de admiración. Se trata de una de las grandes acciones de Dios en favor de su pueblo —«cosas grandes»—, magnalia Dei.
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Sal 126,4-6
«Haz volver a nuestros cautivos» también puede entenderse como «cambia nuestra suerte», de manera semejante a como los torrentes del desierto, secos y áridos casi siempre, cambiaban de aspecto con las lluvias tornándose verdes y frondosos; o a como cambian los sentimientos en el que siembra y en el que siega. Esta última imagen parece construida a partir de un proverbio popular. «La molestia de los sufrimientos causa lágrimas santas. Pero el tiempo de llorar es también el tiempo de sembrar, ya que las obras de caridad que se hacen para sobrellevar las miserias de los hombres producen la mies de los gozos eternos» (Próspero de Aquitania, Expositio Psalmorum 125,6).
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Salmo 127
Como canto de peregrinación, este salmo puede reflejar los sentimientos que surgen al entrar en el Templo, la «Casa del Señor» construida por Salomón (cfr 1 R 5,15-8,66), a quien se atribuye, quizá por tal motivo, esta pieza de sabiduría. Si en el salmo anterior se cantaba que el Señor ha obrado cosas grandes con su pueblo (cfr Sal 126,2), en éste se contemplan las que obra con sus amigos (127,2).
La primera parte (vv. 1-2) enseña la inutilidad del esfuerzo humano si Dios no presta su ayuda; la segunda (vv. 3-4), la fecundidad y el éxito en la vida con el favor del Señor. La unidad del salmo está en el doble sentido que tiene el término «casa» (v. 1) —edificio y familia—, y en la semejanza en las palabras hebreas que significan «edificar» (v. 1) e «hijos» (v. 3).
La exhortación a poner la confianza en Dios que impregna todo este salmo es recogida por Jesucristo cuando enseña el abandono en la Providencia divina, invitando a observar cómo Dios viste a la hierba del campo (cfr Mt 6,25-34). También se sirve de la imagen del grano que, mientras el hombre duerme, brota y crece sin que él sepa cómo, para explicar el desarrollo del Reino de Dios (cfr Mc 4,26-29).
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Sal 127,1-2
Como argumento para las afirmaciones del v. 1 y primera parte del v. 2 se aduce la experiencia de que el obtener la cosecha no depende del hombre, sino del cielo, de Dios (v. 2). Así, todas las acciones que emprenden los hombres a nivel personal o social sólo tendrán éxito si Dios quiere. Las primeras palabras son aplicadas por los comentaristas cristianos a la edificación de la Iglesia o a la vida espiritual.
A la edificación de la Iglesia lo hace San Agustín: «¿Quiénes son los que trabajan en esta construcción? Todos los que predican la palabra de Dios en la Iglesia, los dispensadores de los misterios de Dios. Todos nos esforzamos, todos trabajamos, todos construimos ahora; y también antes de nosotros se esforzaron, trabajaron, construyeron otros; pero, si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. (…) Nosotros, por tanto, os hablamos desde el exterior, pero es Él quien edifica desde dentro. Nosotros podemos saber cómo escucháis, pero cómo pensáis sólo puede saberlo aquel que ve vuestros pensamientos. Es Él quien edifica, quien amonesta, quien amedrenta, quien abre el entendimiento, quien os conduce a la fe; aunque nosotros cooperamos también con nuestro esfuerzo» (Enarrationes in Psalmos 126,2).
A la vida cristiana lo aplica San Hilario de Poitiers: «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Sois templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros. Éste es, pues, el templo de Dios, lleno de su doctrina y de su poder, capaz de contener al Señor en el santuario del corazón. Sobre esto ha hablado el profeta en el salmo: Santo es tu templo, admirable por su justicia. La santidad, la justicia y la continencia humana son un templo para Dios. Dios debe, pues, construir su casa. Construida por manos de hombres, no se sostendría; apoyada en doctrinas del mundo, no se mantendría en pie; protegida por nuestros ineficaces desvelos y trabajos, no se vería segura. Esta casa debe ser construida y custodiada de manera muy diferente: no sobre la tierra ni sobre la movediza y deslizante arena, sino sobre sus propios fundamentos, los profetas y los apóstoles. Esta casa debe construirse con piedras vivas, debe encontrar su trabazón en Cristo, la piedra angular, debe crecer por la unión mutua de sus elementos hasta que llegue a ser el varón perfecto y consiga la medida de la plenitud del cuerpo de Cristo; debe, en efecto, adornarse con la belleza de las gracias espirituales y resplandecer con su hermosura» (Tractatus super Psalmos 126,7-8).
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Sal 127,3-5
También los hijos son un don de Dios (v. 3), y aquel que es bendecido con ellos se siente seguro, personal y socialmente (vv. 4-5). «En la plaza», literalmente «la puerta», es decir, la puerta de la ciudad donde se celebraban los juicios. La abundancia de hijos es una señal del favor divino.
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Salmo 128
Este salmo enlaza con el anterior ya que explicita cuál es el don de Dios a quien confía en Él y le teme: los hijos (cfr Sal 127,3-5; 128,3). La bendición de los vv. 5-6 cuadra con el contexto de la peregrinación al Templo, donde un sacerdote o un levita la pronunciaría sobre los que habían llegado allí. En su conjunto representa la instrucción y bendición impartidas a los peregrinos.
Comienza con la afirmación en estilo sapiencial de la dicha de quien es fiel al Señor (v. 1), y la describe a continuación fijándose en la felicidad de la familia (vv. 2-4). Después introduce una fórmula de bendición invocando al Señor en Sión (vv. 5-6).
La bendición y los deseos de felicidad y de paz expresados en este salmo adquieren nueva perspectiva en la bendición de Dios que el hombre recibe en y a través de nuestro Señor Jesucristo (cfr Ef 1,3-10).
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Sal 128,1
«Temer al Señor» equivale a cumplir sus mandatos (cfr Sal 1,1). «Para nosotros, el temor de Dios reside todo él en el amor, y su contenido es el ejercicio de la perfecta caridad: obedecer los consejos de Dios, atenerse a sus mandatos y confiar en sus promesas» (S. Hilario de Poitiers, Tractatus super Psalmos 127,1-3).
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Sal 128,2-4
La bienaventuranza prometida es una vida familiar feliz, tanto por tener lo suficiente para vivir (v. 2) como por la paz entre padres e hijos (v. 3). La frase «el que teme al Señor» da unidad a los vv. 1-4. En la práctica equivale a cumplir los mandamientos, que es el camino de la felicidad: «En verdad es muy grande el premio que proporciona la observancia de tus mandamientos. Y no sólo aquel mandamiento, el primero y el más grande, es provechoso para el hombre que lo cumple, no para Dios que lo impone, sino que también los demás mandamientos de Dios perfeccionan al que los cumple, lo embellecen, lo instruyen, lo ilustran, lo hacen en definitiva bueno y feliz. Por esto, si juzgas rectamente, comprenderás que has sido creado para la gloria de Dios y para tu eterna salvación, comprenderás que éste es tu fin, que éste es el objetivo de tu alma, el tesoro de tu corazón. Si llegas a este fin, serás dichoso; si no lo alcanzas, serás un desdichado» (S. Roberto Belarmino, De ascensione mentis in Deum 1).
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Sal 128,5-6
La bendición divina implica seguridad para la nación y una larga vida para quien la recibe.
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Salmo 129
La bendición final sitúa este salmo en el contexto del Templo adonde se ha llegado en peregrinación. Allí se reconoce, como sucedía en Sal 124, que el Señor ha salvado al justo —al pueblo— de los impíos (v. 4), y se pide la destrucción de éstos. Quedan recogidas las expresiones de confianza en el Señor y de agradecimiento que subyacen en los salmos anteriores (cfr Sal 124-128).
En la primera parte (vv. 1-4) se recuerda cómo el Señor le salvó al salmista en el pasado de una situación difícil; en la segunda, (vv. 5-8) se desea para el futuro el fracaso de quienes odian a Jerusalén. Cierra el salmo una fórmula de bendición.
La imagen de la espalda flagelada la encontramos también en el libro del profeta Isaías para expresar el sufrimiento voluntariamente aceptado del Siervo del Señor (cfr Is 50,6), y evoca ya los dolores de nuestro Señor Jesucristo en la pasión (cfr Mt 26,67; 27,30 y par.). En la acción de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos rompiendo las coyundas de la muerte (cfr Hch 2,24) podemos ver plenamente cumplido este salmo.
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Sal 129,1-4
El salmista habla en nombre de Israel y la «juventud» que menciona se refiere a la época en la que el pueblo fue sacado de Egipto e introducido en la tierra prometida. Desde entonces Israel ha sido atacado por unos y otros, pero ha prevalecido (v. 2). La imagen de los surcos abiertos en la espalda expresa las flagelaciones y dolores sufridos en las guerras (cfr Mi 3,12); pero el Señor desbarató —«ha roto las coyundas» (v. 4)— a cuantos oprimieron a Israel.
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Sal 129,5-8
Lo que sucedió en el pasado se pide para el futuro, resaltando con la imagen de la hierba inútil la rapidez con la que se desea que desaparezcan los enemigos de Israel. Para ellos no hay bendición del Señor (v. 8); sí, en cambio, para quienes aman a Sión y acuden al Templo (v. 8c). Sión, en perspectiva cristiana, simboliza a la Iglesia en su gloria y en sus tribulaciones: «El espíritu de la profecía exhorta a la Iglesia de Dios a la perseverancia para que se gloríe en el Señor por haber superado las persecuciones, ya que desde el principio los malvados han obrado cruelmente contra los santos, que son el Israel. Pero la Iglesia, ya sea en su juventud, ya en su madurez, ya en la vejez de los últimos tiempos, no ha sido nunca vencida por la opresión de ningún suplicio. A través de los sufrimientos y la muerte de los suyos siempre alcanza la corona, siempre alcanza los triunfos» (Próspero de Aquitania, Expositio Psalmorum 128,2).
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Salmo 130
La petición de perdón al Señor ocupaba un lugar importante en la liturgia del Templo, e iba normalmente acompañada de sacrificios de expiación por el pecado (cfr Lv 14-15). Este salmo, que pide el perdón de Dios para Israel, cuadra bien como canto de quienes han subido en peregrinación al Templo. Tras haber cantado en los salmos anteriores los dones y la salvación de Dios (cfr Sal 124-129), ahora se reconoce el porqué: porque el Señor perdona y es misericordioso (Sal 130,4-7).
Comienza pidiendo al Señor que escuche (vv. 1-2) y a continuación se le presentan los motivos: que Él es un Dios que perdona (vv. 3-4), y que el salmista confía en Él (vv. 5-6). Concluye exhortando al pueblo a esperar en el Señor (vv. 7-8).
Este salmo, en el que predomina la esperanza en el perdón divino, se cumple con la venida de nuestro Señor Jesucristo. El mismo nombre de Jesús significa que Dios salvará a su pueblo de sus pecados (cfr Mt 1,21; Lc 1,68).
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Sal 130,1-2
«Lo más profundo», literalmente «abismo», puede hacer referencia a la muerte (cfr Sal 18,5; 69,3) o a la profundidad de la conciencia humana. «¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde “lo más profundo” (Sal 130,1) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (cfr Lc 18,9-14). La humildad es la base de la oración. “Nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8,26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (cfr San Agustín, serm 56,6,9)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2559).
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Sal 130,3-4
El salmista reconoce que todo hombre es pecador, pero que Dios perdonando se muestra mayor que el hombre (v. 4).
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Sal 130,5-6
Dios ha prometido el perdón (cfr Ex 34,6-7), y en esa palabra se apoya el salmista para esperar con seguridad —como el centinela la aurora (cfr Is 21,11-12)— el perdón divino. La repetición del final del v. 6 en el v. 7 puede responder a la recitación coral.
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Sal 130,7-8
La invitación al pueblo a esperar en el Señor (v. 7) se corresponde a la esperanza del salmista (cfr v. 5), y las motivaciones aducidas ahora —«misericordia» y «redención», poéticamente personalizadas— son los atributos divinos manifestados en la Alianza (cfr Dt 7,8; 9,4-5; etc.). En virtud de tales atributos viene la afirmación final de que Dios perdonará todos los pecados de su pueblo.
La Iglesia reza este salmo como el sexto de los penitenciales (cfr Sal 6), profesando con sus palabras la confianza en Cristo Redentor. También lo ha aconsejado rezar antes de la Santa Misa, para expresar con él la necesidad de purificación antes de acercarse al santo sacrificio del altar, sacrificio de acción de gracias y de propiciación.
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Salmo 131
Atribuido a David, quizá por haberse humillado ante el Señor y aceptado su voluntad (cfr 2 S 7,18-29; 12,15-23), este salmo, compuesto sin duda después del destierro, es presentado como «canto de las subidas». Para el que ha llegado al Templo, juega el papel de autojustificación ante Dios. Al mismo tiempo recoge también la exhortación al pueblo que encontrábamos en el salmo anterior (cfr Sal 130,7; 131,3).
El salmista comienza presentando al Señor su inocencia frente al pecado de soberbia (v. 1) y después enfatiza su hacerse como un niño (v. 2); termina exhortando al pueblo a confiar en el Señor (v. 3).
La actitud expresada en este salmo es propuesta por nuestro Señor Jesucristo como condición para entrar en el Reino de Dios, cuando dijo a sus discípulos: «Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos» (Mt 18,2).
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Sal 131,1
El «corazón engreído» y los «ojos altivos» expresan la soberbia y la autosuficiencia humana ante Dios; especialmente cuando se pretenden cosas que sobrepasan al hombre.
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Sal 131,2
La palabra hebrea traducida por «niño» indica un niño de unos dos o tres años, ya destetado, que tiene conciencia de la seguridad que encuentra en su madre. Del mismo modo permanece tranquilo el orante.
La forma de expresarse del salmista implica que «Dios no es, en modo alguno, a imagen del hombre. No es ni hombre ni mujer. Dios es espíritu puro, en el cual no hay lugar para la diferencia de sexos. Pero las “perfecciones” del hombre y de la mujer reflejan algo de la infinita perfección de Dios: las de una madre (cfr Is 49,14-15; 66,13; Sal 131,2-3) y las de un padre y esposo (cfr Os 11,1-4; Jr 3,4-19)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 370). «La ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad (cfr Is 66,13; Sal 131,2) que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta experiencia dice también que los padres humanos son falibles y que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Transciende también la paternidad y la maternidad humanas (cfr Sal 27,10), aunque sea su origen y medida (cfr Ef 3,14; Is 49,15): Nadie es padre como lo es Dios» (ibidem, n. 239).
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Sal 131,3
Desde su experiencia personal, el salmista invita a todo el pueblo a confiar siempre en el Señor.
Los sentimientos expresados en este salmo brotan de la confianza filial en Dios, como hijos pequeños delante de su padre. Es el camino de infancia espiritual que han expuesto los místicos: «Los niños no piensan en el alcance de sus palabras. Sin embargo sus padres, cuando ocupan un trono y poseen inmensos tesoros, no dudan en satisfacer los deseos de esos pequeñajos a los que aman tanto como a sí mismos; por complacerles, hacen locuras y hasta se vuelven débiles…» (S. Teresa de Lisieux, Historia de un alma 9,4ºr). Y San Josemaría consideraba: «A veces nos sentimos inclinados a hacer pequeñas niñadas. —Son pequeñas obras de maravilla delante de Dios, y, mientras no se introduzca la rutina, serán desde luego esas obras fecundas, como fecundo es siempre el Amor» (Camino, n. 859).
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Salmo 132
Esta oración por el rey se sitúa en la época de la monarquía, antes del destierro, pues, según 2 Cro 6,41-42, Salomón habría pronunciado los vv. 8-10. En realidad pudo ser compuesta para la coronación del rey, cualquiera que fuese (cfr Sal 2; 72; 110). Ahora viene entre los cantos de peregrinación, es decir, como plegaria recitada en el Templo en favor del rey y de Sión en todas las épocas. La estancia en Jerusalén y en el Templo requería tal súplica y tal recuerdo. Quizá su ubicación en este lugar concreto, entre los «cantos de las subidas», esté motivada por entender que en el salmo anterior se aludía a David. En los tiempos en los que ya no había reyes, este salmo alimentaba la esperanza mesiánica de los peregrinantes al Templo.
En la primera parte se pide al Señor por el rey, descendiente de David (vv. 1-10): que se acuerde del juramento que éste hizo (vv. 1-5) y del traslado del arca que llevó a cabo (vv. 6-9), y que, en virtud de ello, proteja a su descendiente (v. 10). En la segunda parte se recogen las promesas hechas por el Señor (vv. 11-18): a David sobre sus descendientes (vv. 11-12), a Sión como lugar de su morada (vv. 13-14), a los fieles que le sirven (vv. 15-16) y al rey mismo, su ungido (vv. 17-18).
Dos veces aparece en este salmo el término «ungido» o Mesías (vv. 10.17) por lo que ha sido considerado uno de los salmos mesiánicos por excelencia, tanto en la exégesis rabínica como en la tradición cristiana. En efecto, en este salmo se habla del «Ungido de Dios» refiriéndose no sólo a David, sino a un descendiente suyo por el que se pide el favor del Señor (v. 10) y al que se considera lámpara o luz en la sucesión dinástica (v. 17). Para la tradición cristiana el salmo se ha cumplido en Jesucristo, el Hijo de David, reivindicado por Dios mediante su resurrección de entre los muertos (cfr Rm 1,3-4), y constituido lámpara o luz para todas las gentes (cfr Lc 1,9; 2,32).
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Sal 132,1
En los libros de los Reyes se lee con frecuencia que Dios protege a los reyes de Judá en atención a David su siervo (cfr 1 R 11,12-13; 15,4-5; etc.). Tal es la idea central de este salmo en el que se pide por el rey, el ungido, cualquiera que sea (v. 10).
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Sal 132,2-5
La petición del salmo aduce dos motivos para mover al Señor: primero, la preocupación y el cuidado que David tuvo por el Arca de la Alianza (vv. 2-9); segundo, la promesa que el Señor hizo a David y su elección de Sión como ciudad para morar en ella (vv. 11-18). El juramento de David, tal como aquí aparece (vv. 2-5), no se encuentra en 2 S 6-7 donde se narra el traslado del Arca y la intención del rey de construir un Templo al Señor. Sin embargo, el salmo refleja adecuadamente los sentimientos del rey (cfr 2 S 7,1-2). El nombre de «Fuerte de Jacob», dado al Señor (vv. 2.5), equivale a «Protector de Israel».
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Sal 132,6-9
Al recordar el traslado del Arca a Jerusalén (cfr 2 S 6,1-15) se menciona a Efrata, la región alrededor de Belén, quizá por ser la patria de David. «Los campos de Yaar» equivale a Quiriat-Yearim, donde se encontraba el Arca (cfr 1 S 7,1). Después se introducen unas expresiones de carácter litúrgico, empleadas según se desprende de 2 Cro 6,40-42 (cfr Sal 99,5), en la fiesta de la Dedicación del Templo. La frase «se revistan de justicia» (v. 9) podría indicar revestirse de ornamentos justos, es decir, apropiados para las celebraciones litúrgicas; atendiendo a lo que se dice en el v. 16, la frase del v. 9 significaría también que los sacerdotes reflejan la salvación de Dios.
El v. 8 es utilizado en la liturgia de la solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, ya que a Ella se le llama también «Arca de la Alianza», pues llevó en su seno a Cristo, verdadero Dios y Hombre (ver también nota a 1 Cro 15,1-24).
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Sal 132,10.11-12
Al juramento de David al Señor (v. 2), corresponde el juramento del Señor a David (v. 11). Recoge la profecía de Natán en 2 S 7,4-16, haciendo extensivo el oráculo a todos los descendientes de David (v. 12). El Señor no se deja ganar en generosidad: «Siempre da más de lo que le pedimos» (S. Teresa de Jesús, Camino de perfección 37,4).
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Sal 132,13-14
Se introduce un nuevo oráculo actualizando las palabras del Señor a Salomón (cfr 1 R 8,16; 9,1-5; 2 Cro 6,5-6; 7,11-18).
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Sal 132,15-16
Sigue el oráculo en el que se explicitan los bienes derivados de la presencia del Señor en el Templo: abundancia, salvación y alegría.
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Sal 132,17-18
El punto culminante de la promesa es la sucesión davídica, significada en la «lámpara» que Dios había prometido a David (cfr 1 R 11,36). La «corona» (v. 18) significa el esplendor de la realeza.
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Salmo 133
La unidad del pueblo cantada en este salmo conecta con la figura del rey y la oración por él, motivos del salmo anterior (cfr Sal 132,10). En éste parece que se añora la época de David con todo el pueblo reunido en torno a él (cfr 2 S 5,1-3); tal sería también el ideal para los tiempos después del destierro. Como canto de peregrinación, el salmo invitaría a sentir en el Templo el gozo de saberse miembro del pueblo elegido.
Tras una invitación a contemplar la bondad y el gozo de vivir unidos (v. 1), se compara esta unión al aceite de la unción del sacerdote y al rocío de la montaña de Sión (vv. 2-3). Concluye recordando que el Señor bendice desde Sión (v. 3b).
Cuando los cristianos recitan este salmo cantan la unidad del nuevo pueblo de Dios, de la Iglesia, a la que exhortaba San Pablo diciendo: «Que viváis… continuamente dispuestos a conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz» (Ef 4,1-3).
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Sal 133,1
«Convivir los hermanos» tiene el sentido de reunirse y sentarse juntos para la celebración festiva. Puede referirse a los familiares o a los miembros del pueblo. La tradición cristiana ha aplicado estas palabras a los fieles en la Iglesia: «Ved qué dulzura y qué delicia, convivir los hermanos unidos. Ciertamente, qué dulzura, qué delicia cuando los hermanos conviven unidos, porque esta convivencia es fruto de la asamblea eclesial; se los llama hermanos porque la caridad los hace concordes en un solo querer. Leemos que, ya desde los orígenes de la predicación apostólica, se observaba esta norma tan importante: en el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo. Tal, en efecto, debe ser el pueblo de Dios: todos hermanos bajo un mismo Padre, todos una sola cosa bajo un solo Espíritu, todos concurriendo a una misma casa de oración, todos miembros de un mismo cuerpo que es único» (S. Hilario de Poitiers, Tractatus super Psalmos 132).
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Sal 133,2-3
La comparación al aceite perfumado para la unción del sacerdote (cfr Ex 30,25.30-33; 37,29) da idea de la belleza de la unión fraterna; y el descender por la barba —una barba larga que no se cortaba nunca, cfr Lv 21,5— simboliza la abundancia y la consagración total para el servicio divino. Como el sacerdote por la unción, así es santificado el pueblo mediante la unión fraterna. El rocío del Hermón significa la frescura y la fecundidad de aquel monte; fecundidad que ahora se contempla en los áridos pasajes de la montaña de Sión. La comparación indica que la unión fraterna es la riqueza de Israel (v. 3). Después de Cristo, será también la riqueza de la Iglesia: «Del mismo modo que este ungüento, doquiera que se derrame, extingue los espíritus inmundos del corazón, así también por la unción de la caridad exhalamos para Dios la suave fragancia de la concordia, como dice el Apóstol: Somos el buen olor de Cristo. Así, del mismo modo que Dios halló su complacencia en la unción del primer sacerdote Aarón, también es una dulzura y una delicia convivir los hermanos unidos» (S. Hilario de Poitiers, Tractatus super Psalmos 132).
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Sal 133,3b
Las dos comparaciones anteriores confluyen al final del v. 3: la bendición divina es recibida en el Templo por medio de los sacerdotes (cfr Ex 29,44-46; Lv 9,22-24), y del Templo brota la fecundidad de la tierra y la vida (cfr Ez 47,1-12).
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Salmo 134
En este breve salmo —el más corto de los «cantos de las subidas» y, a excepción de Sal 117, de todo el libro— se desarrolla la bendición con la que concluía el salmo anterior (cfr Sal 133,3b). Recoge la despedida que pronunciaban los que abandonaban el Templo tras el servicio de la tarde (vv. 1-2), y las palabras de los sacerdotes o levitas que permanecían allí durante la noche (v. 3). De ahí que haya sido colocado al final de los «cantos de las subidas» y como su conclusión (cfr Sal 120-134). Por su brevedad y su carácter de alabanza conclusiva se parece a Sal 117.
La primera parte (vv. 1-2) va dirigida a los servidores del Templo animándoles a continuar la alabanza durante la noche; la segunda, a los fieles en general deseándoles la bendición del Señor (v. 3).
La bendición a Dios que en este salmo se pide que hagan los siervos del Señor, la realizó plenamente nuestro Señor Jesucristo cuando dijo: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25). Por Él, además, llegan al hombre todas las bendiciones divinas (cfr Ef 1,3).
▲ COMENTARIO
Sal 134,1-2
La bendición en los vv. 1-2 tiene sentido ascendente; se bendice al Señor reconociéndole y dándole gracias. En el v. 3 tiene sentido descendente; el Señor bendice a los fieles otorgándoles bienes. «Por las noches estáis», literalmente «permanecéis en pie», con motivo de continuar ininterrumpidamente la alabanza (cfr 1 Cro 16,37-43; 23,30-31). Ese doble aspecto de la «bendición» está presente en las «bendiciones» que realiza la Iglesia: «Todo lo que Dios ha creado y continúa conservando en el mundo con su gracia providente nos da fe de la bendición de Dios y nos invita e impulsa a bendecirlo. Esto vale principalmente después que el Verbo encarnado comenzó a santificar todas las cosas del mundo gracias al misterio de su encarnación. Las bendiciones miran primaria y principalmente a Dios, cuya grandeza y bondad ensalzan; pero, en cuanto que comunican los beneficios de Dios, miran también a los hombres, a los que Dios rige y protege con su providencia; pero también se dirigen a las cosas creadas, con cuya abundancia y variedad Dios bendice al hombre» (Ritual Romano, De Benedictionibus, 7).
▲ COMENTARIO
Sal 134,3
La bendición sobre los fieles pronunciada por el sacerdote o levita recuerda la que habían de decir los hijos de Aarón según Nm 6,24, aunque ahora se resalta la presencia de Dios en el Templo y su identidad con el Dios creador.
«Bendecir es una acción divina que da la vida y cuya fuente es el Padre. Su bendición es a la vez palabra y don (“bene–dictio”, “eu–logia”). (…) Desde el comienzo y hasta la consumación de los tiempos, toda la obra de Dios es bendición. Desde el poema litúrgico de la primera creación hasta los cánticos de la Jerusalén celestial, los autores inspirados anuncian el designio de salvación como una inmensa bendición divina» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1078-1079).