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Segunda Parte
Primera Colección de Proverbios de Salomón (10:1-22:16)
Esta segunda parte comprende, como quedó dicho en la introducción, 373 sentencias que el mismo texto atribuye a Salomón, del que indudablemente son en su mayoría, según dejamos indicado al estudiar el autor del libro.
Las sentencias versan sobre los más variados temas y se refieren a las más diversas facetas de la vida humana. No tienen conexión lógica alguna entre sí generalmente. Cada una tiene sentido por sí misma y forma un todo sin relación con la sentencia que le precede o sigue. De ahí la dificultad de hacer una división en perí-copas atendiendo a su contenido doctrinal. Sin embargo, es preciso hacer alguna división en perícopas con el fin de facilitar la lectura. Observaremos la idea o ideas más salientes en cada grupo de sentencias y la propondremos como título a la perícopa, que naturalmente incluirá más de una vez sentencias que nada o poco tienen que ver con él.
La finalidad de esta parte viene a coincidir con la de la primera y se complementan. La introducción del autor exhortaba al estudio y amor de la sabiduría. Las sentencias de Salomón presentan las enseñanzas concretas de la sabiduría, cuyo conocimiento y práctica aseguran la vida larga y feliz tantas veces prometida en la primera parte a los verdaderos amantes de la sabiduría. En ellas se oponen con frecuencia el sabio y el necio, el justo y el impío, el rico y el pobre y, en general, la virtud y el vicio, con sus respectivas recompensas. Se refieren a los más variados estados, oficios y facetas de la vida humana. Las hay éticas, económicas e incluso de orden político. Las de los capítulos 10-15, en paralelismo antitético; las de los 16-22, en paralelismo sintético, por regla general.
10. El Justo y el Impío
Diversos efectos de la justicia y la impiedad (10:1-10)
1El hijo sabio es la gloria de su padre; el hijo necio, la tristeza de su madre. 2No aprovechan las riquezas mal adquiridas, mas la justicia salva de la muerte. 3Yahvé no dejará hambrear al justo, pero dejará insaciados los apetitos del malvado. 4La mano perezosa empobrece; la diligente enriquece. 5El que en estío recoge es hombre inteligente; el que duerme al tiempo de la siega se deshonra, 6 Bendiciones sobre la cabeza del justo; pero la lengua del impío encubre violencias. 7 La memoria del justo será bendecida; el nombre del impío será maldito. 8 El hombre sensato acepta el mandamiento, pero el lenguaraz lo resiste. 9 El que anda en rectitud va seguro; el que va por sendas tortuosas va a la ruina. 10 El que guiña los ojos acarrea malaventura; el que reprende con franqueza origina la paz.
No es sólo el sabio quien goza de su sabiduría, ni el necio únicamente quien sufre las consecuencias de su necedad. Son los padres los primeros en cosechar los frutos de una buena o mala educación de los hijos. Se trata en los dos esticos del padre y de la madre; la formulación de la sentencia presente es debida a que la gloria de los hijos repercute más bien en la del padre, mientras que las desgracias afectan más al corazón de la madre, como más sensible y delicado.
La sentencia del v.2 sobre las riquezas y la justicia está de acuerdo con la doctrina tradicional del Antiguo Testamento acerca del premio y del castigo, los cuales tenían lugar, según ella, en esta vida. Las riquezas mal adquiridas, aunque de momento procuren un triunfo o bien temporal, muchas veces no aprovechan en esta vida, unas porque la ley las hace volver a su legítimo dueño, otras porque la venganza humana las arrebata; no falta cuando una muerte prematura impide gozar de ellas. La vida virtuosa, en cambio, libra al justo de la perdición a que lleva la impiedad 1, porque el justo está bajo la protección del Señor 2; por lo cual "se es bastante rico cuando se es pobre con la justicia, y se es demasiado pobre cuando se es riquísimo con la iniquidad" (Grimotti). La lección que se desprende es que hay que poner más interés en vivir una vida virtuosa que en procurarse riquezas. El lenguaje del v.3 sobre la satisfacción e insatisfacción de los deseos del justo y del malvado, respectivamente, tiene parecido con la bienaventuranza cuarta de San Mateo3 y la imprecación correspondiente de San Lucas 4. Pero el sabio se mueve todavía en un ambiente meramente humano, y su máxima se refiere a los deseos de una vida feliz en la que no le falte con que saciar las más elementales necesidades de su naturaleza, deseos que verá saciados el justo e insatisfechos el impío. Describiendo el salmista la providencia de Yahvé sobre el hombre virtuoso, exclama: "Fui joven y ya soy viejo, y jamás vi abandonado al justo, ni a su prole mendigar el pan"5; mientras que de los impíos afirma que "serán exterminados, y la posteridad de los malvados, tronchada" 6. Los cristianos, con la visión más profunda de las cosas que nos ha traído la revelación neotestamentaria, sabemos que Dios ha puesto en nuestro corazón un deseo innato de felicidad de dimensiones ultraterrenas. Dios saciará esos deseos en el justo, porque El mismo se constituye en el objeto supremo de su felicidad y lo hará plenamente feliz en la patria. El impío, por el contrario, verá insatisfechos sus deseos de felicidad, porque quedará privado en el más allá de Dios y también de aquellas cosas terrenas en las que él buscaba su felicidad, y que no hacían otra cosa más que excitar un deseo cada vez mayor de la misma que ellas no podían jamás plenamente llenar.
Los versos siguientes, en que se recomienda la diligencia en el trabajo, contienen un antiguo axioma popular que se encuentra en todas las literaturas. Dice relación a la vida agrícola, que los judíos cultivaron en Palestina desde la ocupación de la tierra prometida. "No a los que duermen, no a los ociosos, sino a los vigilantes se prometen los premios, y para el trabajo está preparada la recompensa," dice San Ambrosio 7. Los autores de vida espiritual ven aquí una amonestación a trabajar a su debido tiempo, sin dejar pasar las ocasiones propicias para santificarse. Aplicado a las diversas edades del hombre, se recomendaría el trabajo en la juventud para proveer a la vejez; el estudio de la sabiduría y la práctica de la virtud en los años jóvenes, para asegurar una vejez llena de honor y estima.
Diversa suerte espera a la memoria del justo y a la del injusto. Aquél es en vida bendecido por Dios 8 y por los hombres, los cuales después de su muerte lo elogiarán. Conservar después de aquélla un buen nombre era, naturalmente, una de las mayores aspiraciones de un buen israelita, privados como estaban de la revelación sobre una supervivencia feliz en el más allá. Del piadoso rey Josías escribe Ben Sirac que su nombre es como "perfume oloroso," y su memoria, "dulce como la miel a la boca y como música en banquete." 9 La memoria del impío, en cambio, será maldita, porque todos le aborrecerán y maldecirán. De Antíoco Epífanes dice el autor del libro primero de los Macabeos "que su gloria se volvería en estiércol y gusanos. Hoy se engríe, pero mañana no será hallado, porque se habrá vuelto al polvo y se habrán disipado sus planes."10 Por eso el hombre sensato acepta las instrucciones de la sabiduría; pues aunque su cumplimiento le suponga muchas veces abnegación y sacrificio, le confiere beneficios materiales en esta vida y una gloria que perpetúa su buen nombre en la posteridad. El insensato de labios no es capaz de llevar a la práctica los consejos de la sabiduría sobre el buen uso de la lengua y resiste, por lo mismo, a sus instrucciones sobre este particular.
La seguridad que en el v.9 se promete a los justos dice referencia al orden humano: el hombre honrado que cumple con sus deberes para con todos y a nadie hace mal, puede marchar tranquilo por el camino de su vida, sin temor a la ley o a la venganza de los hombres. El que anda por sendas tortuosas, cuando menos lo piensa, se encuentra con el castigo de aquélla o tiene que sufrir las consecuencias de ésta. El autor tiene, sin duda, en su mente la providencia de Dios sobre los justos y pecadores, que actúa a través de los factores humanos. Una de las cosas propias de quienes maquinan el mal es el guiño de ojos 11, que revela doblez de ánimo, en distinción a la sencillez y nobleza de la mirada franca. El sabio opone los efectos saludables de una reprensión bien hecha, que conduce al arrepentimiento y cambio de conducta. Cerrar los ojos ante un comportamiento malo no es obrar conforme a los principios de la sabiduría, que enseña repetidas veces la conveniencia y necesidad de la correcion.
El Hablar del Justo y del Impío. Riquezas y Pobreza (10:11-21)
11 Fuente de vida es la boca del justo, pero la boca del malvado encubre la violencia. 12 El odio enciende las contiendas, mientras que el amor encubre las faltas. 13 En los labios del prudente se halla la sabiduría; para las espaldas del insensato es la vara. 14 El sabio esconde su ciencia; la boca del necio anuncia la ruina, 15 La hacienda del rico es su fortaleza; la indigencia del pobre es su desaliento. 16 La ganancia del justo es para la vida; la del impío, en vicios se le va. 17 Va por senda de vida el que acepta la corrección; el que no la acepta va por camino falso. 18 El de ojos mendaces encubre el odio; el que esparce la difamación es un necio. 19 En el mucho charlar no falta el pecado; el que refrena sus labios es sabio. 20 Plata acrisolada es la boca del justo; el corazón del impío no vale nada. 21 Los labios del justo guían a muchos; el necio muere por falta de conocimiento.
Contrapone el sabio primero los efectos de las palabras del justo y las que salen de la boca del malvado. Las primeras son rúente de vida feliz dichosa, en cuanto que señalan el camino para conseguirla. Las segundas, por el contrario, son fuente de mal y desgracia para los demás, en cuanto que encubren las violencias del corazón que a su tiempo causará dicho mal. "La boca del justo — comenta A Lapide — es una fuente pura de agua, porque profiere con sencillez y sinceridad los sentimientos de su corazón, nada finge, no oculta nada; en cambio, la boca del impío encubre y oculta la iniquidad que maquina su corazón, y que, presentado el momento propicio, llevará a cabo, con el consiguiente daño para su prójimo" 12. Pone en paralelismo después uno de los efectos del odio con una de las cualidades del amor: aquél vierte su veneno sobre su prójimo con palabras y a veces acciones que engendran disensiones y contiendas; el amor, en cambio, ve las faltas ajenas, pero las excusa ante los demás, y si esto no es posible por la evidencia innegable de aquéllas, las encubre con su silencio 13. San Pedro cita este verso y lo aplica, rebasando su sentido, a los pecados propios 14.
Volviendo al pensamiento del primer verso, da la razón por la que los labios del justo hacen el bien: poseen la sabiduría, que es la que señala los principios que han de regular la vida para que ésta sea feliz. El insensato no comprende esos principios o no está dispuesto a llevarlos a la práctica. Solamente el castigo es capaz de hacerlo obrar cuerdamente 15. Pero el sabio, que a su debido tiempo sabe hablar, sabe también esconder su ciencia (v.14), callando cuando las circunstancias así lo aconsejan. Dice un proverbio inglés que "la palabra es plata, pero el silencio oro." El necio, en cambio, no sabe callar; habla sin reflexión, y en su mucho hablar no puede faltar la crítica, el juicio temerario, con que hace mal a los demás y a sí mismo (v.19).
Se intercalan dos sentencias respecto de las riquezas. Dice el sabio que el rico tiene en ellas su fortaleza. Ellas le proporcionan un cierto bienestar, le permiten hacer frente a las adversidades de la vida y le. proporcionan fácilmente amigos en quien confiar. La indigencia, por el contrario, frecuentemente desalienta al pobre, que no tiene tal vez lo necesario para su sustento; que se encuentra muchas veces solo frente a las adversidades de la vida, a que no puede siempre hacer frente; que se ve con frecuencia expuesto a injurias, desprecios y vejaciones. Todo lo cual lo vuelve tímido y de ánimo apocado. En seguida el autor constata los beneficios y los perjuicios que ellas reportan al sabio y al necio respectivamente. Aquél hace un recto uso de ellas, que incluso le permiten poder darse al estudio de la sabiduría y conseguir sus frutos, mientras que el impío las emplea en mantener vicios a que quizá no hubiera llegado si hubiera carecido de riquezas, y que lo llevan a la ruina moral y, frecuentemente, física 16.
Una norma de sabiduría que evita desviarse del recto sendero que lleva a la vida feliz es la corrección. El sabio se somete con gusto a ella, venga de Dios por medio de tribulaciones, o se trate de advertencias de los sabios; pero el necio la desprecia, porque, como dice Clemente de Alejandría, la reprensión es como una operación quirúrgica de las afecciones del alma que el necio es incapaz de resistir 17. Una de las cosas difíciles de corregir y que arguyen necedad e insensatez son los sentimientos de odio que anidan en el corazón. El sabio se fija en el v.18 en dos actitudes que aquél provoca: palabras mentirosas, bajo las cuales se oculta con el fin de hacer un daño mayor; es más peligroso el enemigo que simula amistad que el que se declara abiertamente tal; y la difamación, que hiere en uno de los bienes más estimados, como es el buen nombre. "Si, pues, quieres ser sabio — escribe San Beda —, no escondas odio en lo recóndito de tu corazón ni profieras con tu boca calumnia alguna, sino que tu corazón esté lleno de amor y tu boca de verdad."18
Los tres últimos versos de la perícopa insisten en la importancia del buen uso de la lengua. Quien se pasa la vida charlando, difícilmente evita los pecados de lengua (v.14). Por ello, el salmista oraba: "Pon, ¡oh Yahvé! guarda a mi boca, centinelas a las puertas de mis labios."19 El hombre prudente es comedido en sus palabras y, antes de hablar, piensa lo que va a decir. "Es imposible — advierte A Lapide — al hombre débil y caduco prestar a cada una de sus muchas palabras circunspección y moderación precisas, como le es imposible vivir y obrar durante muchos días sin incurrir en el vicio y el pecado" (24:16) 20. Los autores de vida espiritual siempre recomendaron el silencio como condición indispensable de vida espiritual. Las palabras del sabio son comparadas a los más preciosos metales por el bien que hacen a los demás, instruyéndolos en el camino de una vida feliz, mientras que los pensamientos que abriga el corazón del necio no valen para nada positivo, porque está ausente de ellos la sabiduría, y como la necedad es en los Proverbios un defecto moral que se confunde con la impiedad, el necio se hace a sí mismo un mal moral y físico, que es el castigo de no seguir los dictámenes cíe la sabiduría 21.
La dicha del virtuoso (10:22-32)
22 La bendición de Dios es lo que enriquece; nuestro afán no le añade nada. 23 Hacer el mal es para el necio cosa de juego, y lo es para el sensato ser sabio. 24 Sobre el impío vendrá lo que él se teme, mas el justo verá colmados sus deseos. 25 Como pasa el huracán deja de ser el impío, mas el justo permanece para siempre. 26 Como el vinagre a los dientes y el humo a los ojos, así es el haragán para quien le manda. 27 El temor de Yahvé alarga la vida, mas los años del impío serán abreviados. 28Se cumplirá la esperanza del justo, pero se desvanecerá la del impío. 29El camino de Yahvé es la fortaleza del perfecto, pero es el terror de los malhechores. 30 El justo no vacilará jamás, pero el impío no durará sobre la tierra. 31 En la boca del justo florece la sabiduría, pero la lengua del impío será cortada. 32 Los labios del justo están llenos de gracia; la boca del impío, de perversidad.
La prosperidad, afirma el sabio, es fruto de la bendición de Dios, atribuyendo directamente a Yahvé lo que en la primera parte del libro se atribuía a la sabiduría. La sentencia que sigue no intenta afirmar la inutilidad de nuestros esfuerzos, sino la necesidad de que el Señor los bendiga para que fructifiquen. Un suceso inesperado los inutiliza a veces cuando su éxito parecía seguro. El salmista lo afirmó en el tan conocido: "Si Yahvé no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen." 22
La costumbre llega a facilitar las cosas de un modo sorprendente. Y así, para el malvado llega un momento en el que el hacer el mal es cosa de juego e incluso de placer 23, mientras que para el justo la práctica de la virtud viene a ser algo' inherente a su naturaleza y su normal y alegre actividad. Sin embargo, el malvado no goza de perfecta y continua paz, y, por más que se esfuerce en apartar su imaginación del presentimiento del castigo, no lo logra más que a ratos. San Juan Crisóstomo escribe que "de la misma manera que el que camina de noche siente miedo aunque nadie haya que se lo infunda, así los que pecan no pueden vivir confiados y tranquilos aunque nadie los arguya de sus pecados."24 Y, en efecto, el impío puede pecar contra Dios, pero por poco tiempo; como el huracán, que pasa veloz, así el malvado es arrebatado por la tempestad de la justicia divina 25. El justo, por el contrario, verá satisfechos sus deseos de una vida feliz, que gozará durante largos años, porque, protegido por Dios, está seguro frente a las adversidades. Sobre si aquí, y después en 11:7.23, el sabio piensa en el más allá, es dudoso. Cierto que le debía resultar muy difícil de concebir el que todo pudiera terminar con la muerte, sin un más allá feliz junto a Dios para el justo y un castigo para el malvado, que pasó los días de su vida gozándose en el mal; pero nunca los sabios de los Proverbios lo afirmaron expresamente, ni siquiera plantean el problema contra la tesis tradicional de la retribución en este mundo, como el libro de Job.
En la máxima suelta del v.26 constata el sabio la impresión o efecto que en quien le manda produce la actitud del perezoso: irrita y se hace intolerable como el vinagre a los dientes y el humo a los ojos. Lo que ocurría sobre todo entre los judíos, especialmente activos entre los orientales. El v.27 expresa una idea repetida muchas veces en nuestro libro, tres veces en esta misma perícopa 26, y se funda en la creencia de que el justo y el impío obtienen en esta vida el premio y castigo, respectivamente, de sus obras. Aquí la vida larga se atribuye al temor de Yahvé, principio de la sabiduría, por carecer del cual el impío verá abreviados sus días 27.
Los versos siguientes (28-30) continúan la oposición entre el justo y el impío. Primero frente a la esperanza que todo ser humano abriga de ser feliz, que verá cumplida el justo, porque se funda en una vida virtuosa, que asegura la protección de Dios, mientras que se verá desvanecida en el impío, porque se basa en las cosas terrenas, que, además de no contener la verdadera felicidad, pasan rápidamente. Segundo, frente al camino de Dios o cumplimiento de su voluntad; el que lo sigue se hace agradable a Dios, que se convierte en su fortaleza inexpugnable; el malhechor, naturalmente, teme, porque, al no seguirlo, sabe que se expone al castigo de Dios, que no podrá eludir. De ahí que el justo vivirá por siempre tranquilo, mientras que el impío no durará mucho sobre la tierra. Yahvé había prometido la firme y estable posesión de la tierra siempre que los israelitas fuesen fieles en la observancia de la ley, y les había amenazado con arrojarlos de ella si abandonaban el camino de la justicia. La posesión de la tierra vino a ser sinónimo de la más alta bendición de Yahvé, como el arrojarles de ella signo de su más profunda indignación contra el pueblo escogido.
Los dos últimos versos insisten en los conceptos ya expresados en el capítulo sobre el hablar del justo y del impío. Mientras que los labios del justo profieren cosas sabias, que se escuchan con complacencia, los del impío profieren necedades e incurren en los pecados de lengua, por lo que merecen ser destruidos, como el árbol que produce frutos malos y perjudiciales.
1 1:19; 2:22. — 2 1:33; 3:26; Sal 91. — 3 5:6. — 4 6:24. — 5 37:25. — 6 37:38. — 7 Cf. Sal. 123:1-3. — 8 L.i De Cain 0.4. — 9 49:1-2 — 10 2:62-63. El 6b, que traduce el TM, no se adapta a este lugar. Es posible que se perdiera el original y se le supliera con este estico, que puede estar tomado de i ib, donde cuadra muy bien con na. — 11 16:30. — 12 O.c., p.286. — 13 17:9; 1 Cor 13:7. — 14 1 Pe 4:8; Sant 5:20. — 15 10,21; 15:7; 19:23; 26:3. — 16 3:2.22; 11:4. — 17 L.i Paedag. c.8; Cf. Heb 12:8. — 18 Citado por A Lapide, o.c., p.295. — 19 141:3. — 20 O.c., p.296. — 21 3:18; 5:22-23. — 22 Sal 127:1. Otros refieren 22b a Dios e interpretan: y ello no le supone esfuerzo alguno (Τον, Renard). — 23 1:11-14; 2:12-14. — 24 Apud Maxim., Serm. 26. — 25 1:27. — 26 v.25 y 30. — 27 3:2; 4:10; Sal 55:24.
11. Diversas Sentencias Sobre la Justicia y la Misericordia
La justicia salva, la impiedad lleva a la ruina (11:1-8)
1 La balanza falsa es abominable a Dios, mas la pesa cabal le agrada. 2 Detrás de la soberbia viene la deshonra, con la modestia va la sabiduría. 3 La integridad guía al hombre recto; la propia malicia es la ruina del pérfido. 4 De nada sirven las riquezas el día de la ira, pero la justicia libra de la muerte. 5 La justicia del justo le allana el camino; el malvado cae por su misma malicia. 6 La justicia del justo le salva; los fraudulentos son cogidos en sus propios pecados. 7 A la muerte del impío perece su esperanza, y la confianza del malvado queda burlada. 8 El justo es librado de la tribulación, pero el impío entra en ella en lugar de él.
Siempre fue la balanza una de las cosas que más se prestaron al robo y a la inmoralidad en los negocios. Y ésta constituye un obstáculo para las buenas relaciones sociales. Por eso, los profetas y los autores sapienciales recomiendan en ellas la justicia y la equidad, recomendación entonces doblemente necesaria, por el no fácil control legal de las pesas y medidas y por la codicia que siempre caracterizó a los judíos.
Son muy distintos, constata el sabio, los efectos de la soberbia y los de la humildad. En la parábola del fariseo y el publicano, Jesucristo dejó plasmados los sentimientos que una y otra suscitan en el Señor. De la misma manera, los hombres detestan y aborrecen al orgulloso, mientras que sienten algo especial por el alma sencilla y humilde. La soberbia deshonra, la humildad granjea honor y estima.
Los versos 3-6 contraponen la conducta y suerte distintas del justo y del impío. El primero vive una vida virtuosa, la cual hace prósperos sus caminos 1 y le salva de todos los peligros que acechan la vida del malvado, librándole de la muerte prematura repentina, violenta, con que, cuando menos lo piensa, se encuentra aquél. El impío será víctima de su propia malicia, que lo expone al castigo de la ley y a la venganza de su prójimo; con frecuencia encuentran aquél cuando cometían su maldad, pagando caramente su delito. En el día de la ira, en que Dios castigará a los impíos sus propios pecados, de nada servirán las riquezas; en el día de rendir cuentas, la única carta de recomendación son las buenas obras dictadas por la sabiduría. Con la muerte del impío, afirma el sabio, perece su esperanza, y su confianza queda burlada (v.6); ello daría a entender que la del justo no concluye con la muerte, y, en consecuencia, el sabio afirmaría que espera una suerte distinta al impío y al justo más allá de la muerte. Pero no precisa la naturaleza de esa diferencia. ¿Se refiere a la buena o mala fama que dejan uno y otro después de su muerte entre quienes los conocieron o al premio y castigo de la otra vida? Más veces hemos indicado que el autor de los Proverbios no conoció, con claridad al menos, la distinta retribución ultra-terrena; si la hubiera conocido, hubiera hecho uso de tan importante doctrina repetidas veces en su libro, como la mejor base para recomendar una vida moral recta. Entrevio que no podía esperar idéntica suerte a ambos, pero nada supo precisar sobre su naturaleza 2.
El último verso de la perícopa presenta la solución de los sabios al hecho tantas veces contemplado del bueno que sufre y el malo que triunfa, y que parece desmentir la tesis tradicional de la recompensa en esta vida. La aflicción del justo, dicen ellos, dura poco, para dar en seguida paso al gozo y la alegría; mientras que el triunfo del impío cede muy pronto a la humillación, como ocurrió en los casos de Mardoqueo y Aman, de Daniel y sus delatores, quienes, como Aman, hubieron de sufrir el castigo y humillación que preparaban a los justos. Naturalmente, la solución no era plenamente convincente, pero en el estadio de la revelación en que vivieron no pudieron ir más allá. Fue precisa la revelación posterior para descorrer el velo que ocultaba los misterios de la retribución ultra-terrena.
El bien público la fianza la mujer prudente (11:9-16)
9 El impío con su boca arruina al prójimo; los justos con su sabiduría se salvan. 10 La prosperidad del justo alegra la ciudad, y cuando perecen los impíos hace fiesta. n La bendición del justo engrandece la ciudad; la boca del impío la abate. 12 El insensato desprecia al prójimo, pero el prudente se calla. 13 El chismoso descubre los secretos; el hombre fiel lo encubre todo. 14 Donde no hay gobierno va el pueblo a la ruina; en la abundancia del consejo está la salvación. 15 Andará en ansiedad el que sale fiador de otro; el que rehuye la fianza vivirá tranquilo. 16 La mujer prudente es gloria de su marido; trono de deshonra es la mujer que aborrece la justicia. Los perezosos carecen de bienes, pero los laboriosos adquieren riquezas.
Los impíos causan daño a su prójimo con sus labios, dándose a críticas y murmuraciones, levantando calumnias que turban la paz y confianza entre los conciudadanos, llevando a los incautos, con sus consejos, por caminos de perdición. Pero los justos, con la clarividencia y prudencia que les da la sabiduría, se salvan de las asechanzas y peligros que los malos les tienden.
No sólo quienes con él conviven, sino toda la ciudad experimenta el influjo benéfico del hombre virtuoso. Cuando éste prospera, no se encierra egoísticamente en su felicidad, sino que hace a los demás partícipes de su dicha, de sus bienes. El impío, en cambio, con la actitud antes descrita, destruye la paz y armonía entre los habitantes de la ciudad, originando entre ellos divisiones, que abaten su prosperidad, por lo cual se siente aliviada cuando la muerte pone fin a sus calumnias y detracciones.
Es distinta la conducta del hombre insensato y la del prudente respecto de los defectos del prójimo (v.12). Aquél adopta una actitud de desprecio, que está dictada por la soberbia y que lo declara falto de juicio, pues con ella se hace odioso a los demás y se crea enemigos. El prudente, en cambio, sabe ver y callar; prefiere tener que arrepentirse del silencio a tener que hacerlo de las palabras. Lo mismo ocurre con el calumniador y el leal en relación a los secretos; el primero, habituado a levantar calumnias y a hacer daño con su lengua, es incapaz de guardar un secreto, antes o después lo manifestará. El hombre fiel sabe guardar las confidencias que se le hacen, como también encubrir con su silencio los defectos de los demás. Ahikar tiene también un precioso consejo a este propósito:
"¡Oh hijo mío! si tú oyes una palabra, no la reveles a nadie y no digas nada de aquello que tú ves."3
El v.14 constata las consecuencias que para un pueblo tiene la falta de un buen gobierno, y hace una interesante observación a los gobernantes: el secreto para un buen gobierno está en la sabia elección de los consejeros. Un hombre, por muy inteligente que sea, no puede abarcar por sí solo la complejidad de problemas que lleva consigo el gobierno de una nación. La advertencia vale sobre todo para nuestros tiempos, en que un conjunto de factores políticos y económicos hace extremadamente difícil la dirección de los pueblos y exigen a su frente gobernantes inteligentes y muy sabios consejeros. Por lo demás, los autores sapienciales ponen muchas veces de relieve el valor de los consejos sabios4. El v.16 recoge una experiencia universal sobre la ansiedad y preocupación que crea la fianza ante la duda de si el acreedor será fiel o no, de la que se ve libre quien no fía a los demás. En 6:1-5 señaló la conducta a seguir respecto de ella 5.
Concluye la perícopa con un verso de cuatro esticos. Los dos primeros se refieren a la mujer, los otros dos al hombre, y señalan a ambos la conducta a seguir en orden a un hogar feliz. La mujer agraciada, sobre todo por su prudencia y discreción en el hablar, por sus virtudes morales y también por sus cualidades domésticas 6, consigue gran honor ante sus familiares y círculo de amistades. Su conducta y su honor repercuten en bien y gloria de su marido, que se sentirá contento y feliz de su elección. El marido, por su parte, deberá con su laboriosidad proporcionar al hogar los medios de subsistencia que aseguren un relativo bienestar y tenga lejos de él los inconvenientes que la pobreza lleva consigo7.
Sentencias varias (11:17-23)
17 El misericordioso se hace bien a sí mismo; el de corazón duro a sí mismo se perjudica. 18 El impío hace ganancias vanas; el que siembra justicia de verdad gana, 19 El que sigue la justicia va a la vida; el que va tras el mal corre a la muerte. 20 Los de corazón malo son abominables a Yahvé; los de perfectos caminos le son gratos. 21 Más pronto o más tarde, no quedará impune el malvado, pero la prole del justo escapará. 22 Anillo de oro en jeta de puerco es la mujer bella, pero sin seso. 23 El deseo del justo es sólo el bien, pero el impío no puede esperar más que ira.
Comienza la perícopa con una sentencia sobre la misericordia, a la que siguen unas sentencias sueltas sobre los respectivos premios que-sufrirán los justos y los impíos. El que es misericordioso para con los demás se hace bien a sí mismo, porque Dios, a su vez, tendrá misericordia para con él, conforme lo enseñó Jesucristo en la quinta bienaventuranza 8, y los mismos hombres, movidos por su ejemplo, practicarán la misericordia para con él cuando de ella precisare. Pero el duro de corazón para con los demás, a sí mismo se hace mal, porque el Señor hará un juicio sin misericordia a quien no la tuvo con los demás 9, y los hombres le pagarán con la misma moneda que de él recibieron.
Volviendo a las comparaciones entre el justo y el impío, el sabio afirma la vanidad de las ganancias del primero y la seguridad del premio del que practica la justicia. Cierto que el malvado a veces prospera en sus negocios, pero su prosperidad es ilusoria; se vendrá abajo cuando menos lo espera. El que cumple con los mandamientos de Dios tiene garantía segura de la recompensa, porque cuenta con el favor de Yahvé 10. Aquél es abominable a los ojos de Yahvé 11; el segundo le es grato 12. Dios, infinitamente santo, no puede complacerse más que en los que imitan su santidad siguiendo el camino de la virtud, y tiene que resultarle sumamente detestable toda malicia e iniquidad. En consecuencia, antes o después, ambos recibirán el premio y el castigo, respectivamente, de sus obras. Como siempre, el autor afirma el hecho de la retribución, que, como no siempre se verifica en esta vida, debió de intuir la del más allá, pero no determina su naturaleza 13.
El v.22 presenta una sentencia dura, pero expresiva como la que más. La mujer dotada de cualidades físicas, pero privada de las intelectuales y morales, es, dice el sabio, como anillo de oro en hocico de puerco, o, como dice otro proverbio antiguo, "belleza sin bondad, pendientes de oro en las orejas de un asno." El anillo en la nariz era uno de los adornos de la mujer en el Asia occidental y en muchas tribus bárbaras y semicivilizadas 14. El autor estima más el juicio y la virtud en la mujer que la belleza física, que con el tiempo se marchita.
Beneficencia (11:24-31)
24 Hay quien derrama y siempre tiene más; otro que ahorra más de lo justo y empobrece. 25 El benéfico se sacia, y quien largamente da, largamente tendrá. 26 Al que acapara el trigo le maldice el pueblo, sobre la cabeza del que lo vende caen bendiciones. 27 El que hace el bien, bienes se atrae; al que busca el mal le vendrá el mal. 28 El que en sus riquezas confía, caerá; los justos reverdecerán como follaje. 29 El que perturba su casa recogerá viento, y el necio será siervo del sensato. 30 El fruto del justo es árbol de vida; las almas de los perversos son arrebatadas antes de tiempo. 31 Si el justo tiene en la tierra su paga, ¡cuánto más el impío y el pecador!
Los primeros versos ponen de relieve los diversos efectos de la liberalidad y de la codicia. Dios bendice al que es generoso y caritativo para con los demás, verificándose muchas veces en ellos incluso aquello de que "cuanto más dan, más tienen." Hay, por el contrario, quienes no piensan en otra cosa más que en ahorrar, privándose aun de lo necesario; sin embargo, jamás llenan sus arcas, porque el Señor no bendice sus trabajos y, sin su favor, éstos no pueden fructificar 15. "Dad y se os dará, decía el Señor; una medida buena, apretada, colmada, rebosante, será derramada en vuestro seno."16
Una constatación tomada de la vida comercial ilustra el pensamiento anterior. Hay quienes, previendo tiempos de escasez, acaparan productos en sus graneros con el fin de, llegados aquéllos, obtener mayor lucro. El pueblo maldice tal conducta, que priva a los pobres tal vez de alimentos de primera necesidad; maldición que fue muchas veces escuchada por Dios, que castigó duramente a los monopolizadores 17. Alaba, en cambio, a quien liberalmente vende sus productos alimenticios y contribuye con ello a que nadie carezca de lo necesario. Seguramente que los negociantes judíos corrían este peligro en los grandes centros comerciales. Knaben-bauer, recogiendo la aplicación de los antiguos a los dones espirituales, escribe: "Quienes los emplean en utilidad de los demás duplican los talentos que les fueron concedidos; mas quienes no hacen buen uso de ellos, sino que se abstienen de hacer el bien que por medio de ellos tenían que obrar, se hacen más pobres, según aquello de Cristo: al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado (Mc 4:25)."18
Otra vez la vanidad de las riquezas. Quien en ellas pone su confianza creyendo que ellas pueden librar al malvado de la ira de Dios y del castigo de los hombres, se verá defraudado; tales riquezas no aprovechan al impío 19 ni lo libran en el día de la ira 20. Los justos, en cambio, que ponen su confianza en el Señor, son semejantes a las plantas que en todo tiempo conservan su verdor, y, aunque de momento fueren angustiados y pisoteados por los impíos, reverdecen como el follaje 21 y brillarán por sus buenas obras cuando los malos reciban su castigo. Idénticas afirmaciones contiene el salmo 52.
El v.29 advierte las consecuencias a que lleva la mala administración de la propia casa. Quien por negligencia o incapacidad no administra bien sus bienes verá sus recursos reducidos a la nada, y él mismo, si no quiere perecer en su miseria, se verá obligado a servir al hombre prudente que lleva una administración ordenada de su hacienda. Las obras del justo, afirma también el sabio, con el favor que obtienen de Dios, con las riquezas que honradamente consiguen, son, a semejanza del árbol del paraíso, fuente de vida tranquila y feliz 22, mientras que la injusticia y la impiedad aceleran la muerte 23. Los cristianos, iluminados por la revelación neo-testamentaria, sabemos que las obras del justo, con la gracia de Dios, merecen la vida eterna y plenamente feliz del cielo, y las del impío, que ofenden gravemente a Dios, el castigo del infierno 24. Tal vez algunos piensen que los pecados del impío puedan escapar al castigo divino. El sabio excluye toda posibilidad en el último verso de la perícopa al afirmar que ni el mismo justo se verá libre del castigo que merecen las infidelidades que también él comete 25, y de hecho la historia bíblica nos dice que Dios castigó severamente los pecados de sus más fieles servidores, como Moisés, Aarón, David. El inciso "sobre la tierra" es una constatación de que muchas veces en la tierra Dios castiga al justo por los pecados que hubiere cometido; prescinde del premio o castigo en el más allá, que ni excluye ni afirma 26.
1 3:6. — 2 En el TM falta la antítesis que esperaríamos entre la suerte del justo y la del impío. La presenta, en cambio, la versión de los LXX, que leen: cuando muere el hombre justo, su esperanza no es destruida, pero el deseo del malvado perece. Toy opina que esta versión está redactada por un escriba griego que conoció ya la doctrina de la inmortalidad del alma y diversos destinos de ultratumba (o.c., p.223). — 3 ñau, Histoire et sagesse d'Ahikar l'Assyrienne (París 1909) p.155. — 4 12:15; 13:10; 15:22; 20,18; 24:6; Eclo 37:7-14. — 5 Cf. también 17:18; 22:26. — 6 31:10-31. — 7 El TM sólo presenta loa y lód. El sentido de la comparación sería que la prudencia de la mujer consigue gloria para su marido, de la misma manera que los laboriosos obtienen riquezas. — 8 Mt 5:7. — 9 Sant 2:13. — 10 1:32-33; 2:21-22. — 11 3:22. — 12 8:35. — 13 La expresión que la Vulgata traduce manas in manu ha resultado enigmática a los intérpretes. A Lapide menciona hasta 12 interpretaciones. Significa, como en asirio, "en verdad" o "tarde o temprano (Renard, Dyson, Hamp). — 14 Gen 24:22; Jue 8:24; Is 3:21; Job 42:11. Cf, Lañe, Manners and Customs ofthe ModernEgyptians Apéndice A. — 15 Sal 127:1. — 16 Le 6:38. — 17 Eclo 4:5-6. — 18 Citado en κν., Commentarius in Proverbia (París 1910) p.82. — 19 10:2. — 20 11:4. — 21 Job 14:17; Is 66:14. — 22 3:14-18. — 23 1:10-l8. — 24 El TM dice en 3ob: el sabio conquista las almas, cuyo sentido sería: el sabio con sus consejos, con su ejemplo, arrastra y atrae a los demás ante el éxito en sus acciones. Es preferible la versión de los LXX, que pone antítesis con 303. La Bib. de Jér.: los malvados serán arrebatados prematuramente. — 25 24:16. — 26 Los LXX traducen: Si el justo a duras penas se salva, ¿dónde comparecerá el impío y el pecador? que cita San Pedro en i 4:18. La Bib. dejer.: si el justo recibe aqui abajo su salario, ¡cuánto más el malvado y el pecado!
12. Justicia. Buen Uso de la Lengua. Laboriosidad
Antítesis Entre el Justo y el Impío Vida Doméstica (12:1-12)
1 El que ama la corrección ama la sabiduría, el que odia la corrección es un necio. 2 El bueno alcanza el favor de Yahvé, que condena al de mala vida. 3 No se afirma el hombre por la impiedad; la raíz del justo no será arrancada. 4 La mujer fuerte es la corona del marido, la mala es carcoma de sus huesos. 5 Los pensamientos del justo son rectitud; los consejos del impío, fraude. 6 Las palabras del impío son para acechar la sangre; la boca del justo la salva. 7 Son trastornados los impíos y dejan de ser, pero la casa del justo queda en pie. 8 Cada uno es alabado según su sabiduría, pero el de perverso corazón es menospreciado. 9 Mejor está el hombre oscuro que tiene qué comer que el presuntuoso que carece de pan. 10 El justo provee a las necesidades de sus bestias, pero el corazón del impío es despiadado. 11El que labra su campo tendrá pan a saciedad, pero el que se va tras los vagabundos es un insensato. 12 El deseo del impío es una red de males, la raíz del justo es fructífera.
Continúan las antítesis en torno al justo y al impío, repitiéndose conceptos ya expresados. La primera pone relación entre la corrección y la sabiduría. Es aquélla un medio maravilloso para evitar toda una serie de pequeños o grandes defectos que, por estar habituado a ellos o no darse cuenta de ellos, sólo una mano amiga y caritativa puede hacernos conscientes de ellos. Dejarse corregir de los sabios, recibiendo con humildad sus advertencias, indica verdadera sabiduría, que lleva a una rectitud moral cada día mayor. Quien rechaza la corrección irá perdiendo sensibilidad para la virtud y se verá cada día más fuertemente dominado por sus vicios y defectos. Los sabios la recomiendan con mucha frecuencia.
Los v.2-3 contienen el pensamiento tan repetido de que la vida virtuosa asegura el favor de Yahvé, que lleva consigo la vida larga y feliz, mientras que la impiedad se hace acreedora al castigo de Dios, que no permitirá al impío una prosperidad duradera 1.
La antítesis del v.4 se refiere a la esposa, de cuyas cualidades depende en gran parte la dicha del marido. La mujer fuerte, virtuosa, que sabe gobernar su casa, solícita del bien de todos, es una gloria para su marido. El 0.31, con su precioso elogio, es el mejor comentario a esta sentencia. La desvergonzada, como dice el hebreo, que no atiende al gobierno de la casa y no es fiel al marido, destruye la felicidad del esposo, y la pena y tristeza que su conducta le causan va minando incluso sus energías corporales, como la caries corroe y destruye los huesos.
Contrastan los pensamientos del justo y del impío, que son la raíz última de sus obras. Los del primero están conformes con los dictámenes de la sabiduría. Los del segundo, simulando buscar el bien de los demás, tienen, en realidad, como única meta el bien propio. Más aún, el impío, no contento con fraudes y engaños, pone con sus calumnias, con sus falsos testimonios, con sus acciones, asechanzas a la vida ajena, y con ello a la propia 2, mientras que el sabio, que busca siempre el bien, libra al incauto con sus consejos 3 y al inocente con su sabiduría, como libró Daniel a Susana de las acusaciones de los ancianos. Las consecuencias para uno y otro serán también muy distintas: perecerá presto el malvado y con él sus planes, mientras que gozará de los bienes de la vida por largo tiempo el justo 4.
Para el sabio, la verdadera fuente de alabanza es la sabiduría, y en la medida que el hombre la posea, es digno de estima. Se trata de la sabiduría bíblica, que incluye la clarividencia intelectual, pero que supone las cualidades morales y religiosas. También prefiere el sabio al hombre sencillo, sin gloria, pero con recursos para mantener a sí y a su familia, que al presuntuoso, que pavonea de nobleza y riquezas y carece de lo indispensable para comer 5.
El justo es humanitario incluso con los animales, que, si no tienen inteligencia, sienten, no obstante, y padecen. Por eso cuida de ellos, procura no les falte el debido sustento, mientras que el impío, de corazón duro, los trata con crueldad, les impone cargas excesivas y les propina fuertes palizas cuando no se doblegan a sus gustos. El· trato de los animales tiene su valor educativo: el que es cruel con ellos, fácilmente lo es también para con sus prójimos. Yahvé mandó a los israelitas repetidas veces ese buen trato respecto de los animales, ordenando, por ejemplo, que no se pusiese bozal al buey mientras trillaba 6; que no se unciesen juntos para arar al buey y al asno 7, lo que supondría para éste, como más débil, un trabajo excesivo; que, si se encontraba un nido, se cogiesen los huevos o polluelos, pero se dejase libre a la madre. Todo lo cual tenía como última mira fomentar la delicadeza de sentimientos en los israelitas 8.
La sabiduría bíblica tenía, naturalmente, que contener axiomas referentes a la agricultura, dado que el pueblo hebreo la cultivó desde la conquista de la tierra prometida hasta la destrucción de Jerusalén por los romanos. Quien es diligente en la labranza del campo obtendrá cosechas que le llenarán los graneros y asegurará un bienestar material. El vago es un necio que se encontrará con la pobreza, que es a veces un castigo de Dios a quienes se enriquecieron rápidamente con medios ilícitos 9; en la mayoría de los casos es debida a la vagancia. Concluye la perícopa con un pensamiento en que ya ha insistido; el malvado, con sus impiedades, se tiende una red, en que muchas veces es cogido, mientras que la sabiduría que dirige la vida del justo le proporciona los frutos que ella lleva consigo 10.
Buen y mal uso de la lengua (12:13-23)
13 El malvado se enreda en pecados de lengua, el justo se libra de ellos. 14 De los frutos de su boca se sacia el hombre, y según él trata, así será tratado. 15 Al necio le parece derecho su camino, mas el que escucha el consejo es sabio. 16 El necio luego al punto descubre su cólera, el sensato sabe disimular su afrenta. 17 El que habla verdad declara lo justo, pero el testigo falso lo disfraza. 18 Hay quien al hablar da tantas estocadas como palabras, pero la lengua del sabio cura las heridas. 19 El labio veraz mantiene siempre la palabra; la lengua mentirosa, sólo por un momento. 20 El corazón del que maquina el mal es fraudulento, alegre el corazón de los buenos consejos. 21 Sobre el justo no vendrá la adversidad, mas para los impíos todo serán males. 22 Los labios mentirosos los aborrece Yahvé; se agrada de los que proceden sinceramente. 23 El cuerdo encubre su sabiduría; el corazón del necio pregona su necedad.
El sabio hace un parangón entre el uso que de la lengua hacen el justo y el impío y sus diversas consecuencias. El impío, con sus mentiras e injurias, con sus calumnias y demás pecados de lengua, se prepara su propia ruina, creándose enemigos y exponiéndose a las penas legales; de todo lo cual se libra el hombre justo, cuyos labios, guiados por la sabiduría, son fuente de vida con sus consejos orientadores n. Cada uno recogerá lo que con su boca sembrare: el agradecimiento y la estima, quien dio sabios consejos; el desprecio y el castigo, quien empleó sus labios para hacer el mal a los demás.
La mayor desgracia del necio es el no darse cuenta de que va errado en su camino, con lo que hace más difícil su corrección. Cegado por su maldad, por la soberbia, por la ambición, se tiene a sí mismo por guía. El sabio, por el contrario, es humilde y se deja guiar con gusto de quienes juzga más sabios que él. Tobías aconsejaba a su hijo seguir el consejo de los prudentes 12, y Ben Sirac exhorta a no hacer nada sin consejo, con lo que no tendrás que arrepentirte de lo hecho 13.
De vez en cuando nos encontramos en los Proverbios con sentencias que traen a nuestra mente los sentimientos de caridad del Nuevo Testamento. El necio es orgulloso y, apenas siente herido su amor propio, incapaz de contener su ira, salta en imprecaciones contra quien le ofendió. Pero el sensato sabe dominar su indignación frente a la injuria recibida y comportarse como si no hubiere sido afrentado. Claro que el motivo no es el amor al ofensor, título por el que Jesucristo recomienda tal conducta, sino el propio interés, al que sirve el conservar la tranquilidad de ánimo frente a las ofensas.
Difiere también, por supuesto, la actitud del justo y la del impío respecto de la verdad. Aquél es un fiel testigo, que no miente14; la justicia es la verdad puesta en práctica. El impío, en cambio, es un testigo falso, con lo que falta a un principio fundamental de la vida social, que exige la verdad en el juicio. El Éxodo inculca al testigo la obligación de decir la verdad; al juez, la de juzgar conforme a la justicia, y a los dos, el no apartarse de ellas sobornados por las dádivas 15. Y así, la lengua del impío es como una espada de dos filos, que no sabe pronunciar una palabra sin herir con una crítica, con un falso testimonio, mientras que la del sabio, deshaciendo con su palabra autorizada una murmuración, una calumnia, derrama bálsamo en el ánimo herido por aquéllas. El hombre sabio, antes de hablar o dar testimonio, se informa bien y piensa lo que ha de decir y luego persevera firme en su palabra, sin temor a ser desmentido, porque encontró la verdad y ésta es estable y eterna. El mentiroso sólo por un momento puede mantener su palabra, porque su mentira es presto descubierta, que "se coge antes a un mentiroso que a un rengo," como dice nuestro refranero. También la sabiduría egipcia insiste mucho en la veracidad de la palabra, si bien con un fin interesado 16.
Tiene diversa repercusión en el corazón, afirma el v.20, la actividad del que maquina el mal y la del que con sus consejos hace el bien a los demás. La primera crea temor, inquietud, agitación ante el peligro de ser cogido en el mal; "los impíos no tienen paz, dice Yahvé."17 La segunda origina ese gozo y alegría que es una consecuencia lógica de la vida virtuosa, que cumple los mandatos de Dios y practica la caridad con los demás. "Es fruto de la justicia — escribe A Lapide — la paz y tranquilidad imperturbable de ánimo, que es, según común testimonio de los filósofos, el mayor bien de esta vida."18 La última razón de todo está en el principio de retribución, que una vez más repite el sabio (v.21). El malo, antes o después, encontrará su castigo, mientras que el justo goza del favor de Yahvé, que le preserva de toda adversidad.
Tratando del buen y mal uso de la lengua, el sabio hace constar que los labios mentirosos son aborrecibles a Yahvé. Lo indicó ya en 6:17, enumerándolos entre las cosas odiosas a Dios, y el libro dedicará unos cuarenta versos a poner de manifiesto lo que Dios y la sabiduría detestan los pecados de lengua 19. El mismo dato declara a la vez lo que Yahvé se agrada en quienes hablan y proceden con sinceridad. Una preciosa constatación concluye la perícopa: el hombre sensato es prudente y reservado en sus palabras; no hace alarde de sí y sus cosas, y en esa sabia actitud de humildad suya radica una buena parte de su encanto. El necio, en cambio, queriendo pregonar a todos su supuesta sabiduría, demuestra con ello que es un necio, y en realidad lo que pregona es su necedad. Una vez más se recomienda el prudente silencio y se condena la procacidad en el hablar.
Laboriosidad y ociosidad. Frutos de la justicia y de la impiedad (12:24-28)
24 La mano laboriosa señorea; la perezosa se hace tributaria. 25La angustia del corazón deprime al hombre, y una palabra buena le conforta. 26 El justo aventaja a su prójimo; el camino del impío le lleva a la ruina. 27El indolente no asa su pieza, pero el diligente tiene copiosa abundancia. 28 En el camino de la justicia está la vida; el camino tortuoso lleva a la muerte.
La primera sentencia, que constata los frutos y consecuencias de la diligencia y la ociosidad en el trabajo, se repite muchas veces en el libro 20. Quien trabaja con esmero obtiene copiosos frutos de su trabajo, que le permitirá adquirir nuevas posesiones, mientras que el negligente las que tiene tendrá que ir vendiendo para tener su sustento, y terminará trabajando las ajenas si no quiere perecer en su indigencia. Recoge a continuación el sabio una observación mil veces comprobada: la angustia deprime el ánimo, abate las energías morales y físicas hasta llegar a veces a paralizar la actividad del ser humano por ella afectado. Es claro, en cambio, que la palabra alentadora que sale de un corazón amigo produce efectos maravillosos en el corazón triste y angustiado. La misma idea con distintas expresiones se repite en 15:13; 17:22.
El texto del v.26 está corrompido y las versiones antiguas presentan lecciones diferentes, de modo que es muy difícil adivinar la lección original. Si la que escogemos es la auténtica, el sabio afirma la ventaja del justo sobre el impío, que encuentra su comentario a lo largo de todo el libro, cuyas sentencias contraponen constantemente los efectos saludables de la vida virtuosa y las consecuencias fatales de la impiedad 21. Con una expresión plástica repite la idea del v.24: el indolente no "asará su pieza," porque primero habrá de darle alcance, lo que no es posible sin el esfuerzo y diligencia que él se niega a poner. Es el diligente cazador, que desde muy temprano sale al campo, quien podrá repetir el "a quien madruga, Dios le ayuda" de nuestro refranero. El v.28, en la lección de los LXX, repite el constante estribillo del libro, que, al proponer una y otra vez ante los ojos los frutos de la vida virtuosa y las consecuencias de la impiedad, sirve de constante estímulo a practicar la justicia y evitar los vicios 22.
1 8:35; 10:25. — 2 1:11-19. — 3 1:4. — 4 10:25. — 5 Eclo 10:30. — 6 Dt 22:10. — 7 Dt 22:10. — 8 Ex 20,10; 23:12; Dt 5:14; 22:4.6; 25:4; Job 38:39-41; Sal 36:7; 104:14.27; 148: Cf. P. Heinisch, Teología del Vecchio Testamento (Turín-Roma 1950) p.206. — 9 20:21; 18:22. — 10 1:18. — 11 11:9. — 12 4:18. — 13 32:23. — 14 14:5- — 15 23:1-9- — 16 Cf. Duesberg, O.C., ρ.106. — 17 IS 48:22. — 18 O.c., 1x367. — 19 Cf. 4:24; 6:19; 10,8.11.18:19-21; I2:6.i3ss; 13:3; 14:3.23; 15:2.4.7; 16:23-24, etc. Cf. B. otte, Abomina Yahvé los labios mentirosos (Prov 12:22); RvBiltl 19 (1957) 105s. — 20 6:6-11; 10:4; 12:27; 19:15; 21:5; 26:13-16. — 21 El TM no ha conservado bien el 26a, y las versiones, con sus lecciones diferentes, no dan elementos de reconstrucción. Los LXX traducen: el arbitro justo es su propio amigo. Así tamben la Bib. de Jér.; Wieseman: el justo busca sus pastos (el aliento moral y religioso). Otros: el justóles un sostén para su amigo. — 22 Cf. 2:18-19; 3:2; 5:5; 7:27; 8:35, etc. El TM dice: y en el camino de su senda la no-muerte, que algunos han entendido en el sentido de la inmortalidad. Está más de acuerdo con el libro la versión de los LXX, que prefieren la mayoría de los críticos modernos, confirmada por las versiones antiguas y algunos manuscritos hebreos, que leen 'el (hacia) en lugar de 'al (no-muerte). Cf. Dahood, Inmortality in Prov 12:28: Bib 41 (1960) 176-181.
13. Frutos de la Corrección, de las Riquezas y de la Justicia
Frutos de la corrección (13:1-6)
1 El hijo sabio ama la corrección, pero el petulante no escucha la reprensión. 2 Del fruto de su rectitud gozará el hombre, pero las almas de los malvados perecerán prematuramente. 3 El que guarda su boca guarda su vida; el que mucho abre los labios busca su ruina. 4 Desea el haragán, pero no logra nada, mas el alma del diligente se saciará. 5Odia el justo toda palabra mentirosa, pero el impío se deshonra y cubre de vergüenza. 6La justicia conserva íntegro al hombre; el pecado subvierte al pecador.
Las primeras sentencias del capítulo 13 son ya conocidas. Lo que en 12:1 dijo sobre la corrección, lo aplica aquí al hijo sabio. Si alguna reprensión hay incluso que amar, es la que proviene del padre, porque ninguna entraña más amor y más interés por hacer bien; por eso el hijo sabio la ama y la sigue. No así el petulante, que carece de la humildad precisa para recibir bien una advertencia y no tiene tal vez ni la delicadeza de sentimientos filiales para recibir al menos la que viene de su mismo padre1. En cuanto a los efectos de la rectitud y de la maldad, el sabio ha repetido que la vida virtuosa obtiene una vida larga y feliz, mientras que la impiedad acorta la vida 2. Sobre el uso de la lengua ya advirtió que quien habla mucho es raro que no se vea envuelto en imprudencias y pecados que pueden poner en peligro su vida, de los que se ve libre quien sabe guardar silencio y reflexión. El v"4, que presenta los deseos ineficaces del perezoso, tiene especial aplicación en la vida espiritual a tantas almas que quieren ser buenas, pero se muestran luego indolentes ante toda práctica cristiana que suponga un poco de renuncia y abnegación. Frente a la mentira adoptan diversa actitud el justo y el impío. Dios, verdad absoluta, detesta toda palabra mentirosa y hace sentir odio hacia ella al justo. El impío la ama y se divierte con ella, pero se deshonra, porque antes o después es tomado en sus mentiras. También el pensamiento del v.6 se repite muchas veces 3. La justicia conduce al hombre por el camino del bien y lo aparta de todo mal. La impiedad aparta al pecador del recto sendero y lo lleva a caminos cada vez más tortuosos, hasta que se encuentra con el castigo de Dios.
Riqueza y pobreza (13:7-12)
7 Hay quien se las da de rico y no tiene nada, y quien, teniendo mucho, se hace el pobre" 8 El rico con sus riquezas puede rescatar la vida, pero el pobre no tiene con qué rescatarse. 9 La luz del justo brilla espléndidamente, pero la luz del impío se extinguirá. 10 La soberbia sólo ocasiona contiendas, pero es sabio quien toma consejo. 11 Riqueza hecha de prisa, se va; el que poco a poco allega, crece. 12 Esperanza que se dilata aflige el corazón; deseo satisfecho es árbol de vida.
Los dos casos se dan en la vida: el del que, no teniendo nada, hace alarde de tener, y el del que, poseyendo mucho, vive como un miserable. Lo primero es peligroso, porque el malvado, más de una vez, para hacer realidad sus simulaciones, se sentirá tentado a mentir, a robar. Lo segundo es una necedad, pues acumula tal vez con sudores lo que otros van a malgastar alegremente. El proverbio enseña que no siempre se puede juzgar por las apariencias y que el prudente se abstiene de esas simulaciones. Las riquezas, cuando realmente se poseen, tienen varias ventajas4; una de ellas es la de poder rescatar la vida. Había delitos que la Ley castigaba con una multa pecuniaria; el rico fácilmente la podía pagar sin detrimento de su bienestar material, que no podría salvar el pobre 5. Una suma de dinero podía incluso librar de la muerte6 o de la esclavitud7.
Con una bonita metáfora se contrapone la vida del justo y la del impío en el v.8. La luz y la lámpara son símbolos de vida, de bendición, de prosperidad, de alegría8. Todo ello brilla en la casa del justo, haciendo su vida feliz. Y su ejemplo puede ser luz que ilumine en torno suyo. También en la casa del impío se encuentran a veces, pero en ella la lámpara lucirá por poco tiempo, porque su luz no está alimentada por las obras de una vida virtuosa, que hace duradera la vida feliz.
Las riquezas engendran con frecuencia orgullo y soberbia. El amor propio siempre quiere triunfar, y, por lo mismo, cuando se enfrenta con otro amor propio, suscita en seguida la contienda. El sabio es humilde y, por lo mismo, acepta con docilidad los consejos ajenos, consciente de que puede aprender de los demás. Por eso entre los soberbios hay continuas riñas, mientras que entre los humildes reina siempre la paz y la concordia 9. El v.11 constata una observación de cada día sobre las riquezas. Cuando el dinero se adquiere de prisa, con facilidad, sin esfuerzo, suele disiparse con la misma rapidez y facilidad. Si además fueron adquiridas injustamente, entonces no es raro que la justicia legal o la venganza humana reduzcan a la miseria a quien con ellas se enriqueció. En cambio, la riqueza adquirida con el trabajo de cada día, con el esfuerzo de cada hora, jamás se disipa a la ligera; además, como conseguida por medios justos, cuenta con la bendición de Dios. El pequeño ahorro de cada día y la protección de Dios harán crecer sin cesar las riquezas del justo.
Concluye la perícopa con una constatación que se verifica muchas veces respecto de las riquezas. La esperanza que ve diferirse el objeto de sus ensueños causa tristeza y desilusión. "Pone enfermo el corazón, dice un proverbio árabe, y hace daño al pensamiento." Deseo, en cambio, que encuentra satisfacción, viene a ser como un árbol de vida, cuyos frutos animan y confortan, dan gozo y alegría. "Esto experimentan las almas santas — comenta A Lapide haciendo aplicación al orden espiritual — que anhelan el cielo para gozar de Dios y de Cristo... Cuando se difiere la esperanza de las cosas eternas, se aflige el alma de los fieles, o por la dilación de los bienes que ama o por la prolongación de los males que sufre. Pero, cuando llega lo que desea, fácilmente se olvida de lo que tuvo que soportar, porque comienza a vivir para siempre con su Redentor, a quien buscaba en todo y por todo; El es árbol de vida para quienes le abrazan."10
La doctrina del sabio. El mensajero. La corrección (13:13-20)
13 El que menosprecia el mandato perecerá por ello; el que lo respeta tendrá su recompensa. 14 La enseñanza del sabio es fuente de vida para huir los lazos de la muerte. 15 La cortesía concilia la gracia; los modos de los soberbios son ásperos. 16 El cuerdo todo lo hace con conocimiento; el necio va derramando su necedad. 17 Un mal consejero precipita en la desgracia; el mensajero fiel es remedio saludable. 18Miseria y vergüenza para el que desdeña la corrección, más el que la guarda será honrado. 19El deseo cumplido es deleite del alma, pero apartarse del mal es abominación para el necio. 20 Ve con los sabios y te harás sabio; al que a necios se allega le alcanzará la desdicha.
Advierte el sabio los diversos efectos de la docilidad y la indisciplina frente a los mandatos de la ley en general — prescripciones de la ley y advertencias de los sabios —. El primero percibirá los beneficios que la ley y la sabiduría prometen a sus seguidores; el segundo, las consecuencias de su necedad. Aquéllos son incluidos en la expresión fuente de vida, idéntica a "árbol de vida," que designan la vida larga y feliz, en oposición a la muerte prematura del malvado n. Se trata de la felicidad y de la desgracia terrestres, como en los textos análogos citados.
Los sabios recomiendan también la educación fina y delicada, advirtiendo cómo esa clara percepción de las cosas que hace al hombre discreto y cortés se conquista la simpatía y estima de los demás. Estas virtudes humanas suelen faltar en los malvados, especialmente en los soberbios, cuyos modales no reflejan sino arrogancia y orgullo, vicios que los hacen detestables a los demás 12. El v.16 presenta la afirmación del 12:23: el sensato, antes de obrar, reflexiona y, si es preciso, consulta a los sabios; el necio, como obra sin premeditación y consejo, no puede tener éxito en sus empresas en que dejará entrever siempre su necedad.
La misión del mensajero es delicada. El que a su debido tiempo comunica su misiva puede hacer un bien incalculable. El que no la transmite con fidelidad o no la hace llegar a su debido tiempo, puede originar una tremenda desgracia, especialmente en el orden político, al que se refiere la advertencia los LXX 13. Por tercera vez en poco espacio, el sabio recomienda la corrección. Es uno de los postulados más útiles y necesarios de la sabiduría y también uno de los que más cuesta aceptar 14. El v.19 repite el pensamiento del v.12, aplicándolo al caso del necio. Quien durante tiempo ha abrigado en su corazón un ideal, siente profunda satisfacción cuando le da alcance. El malvado constituye ideal y ocupación de su vida hacer el mal, y sólo cuando lo consigue se siente contento. No sabe vivir otro estilo de vida. El último verso alude al influjo de las compañías, que el autor del libro puso tan de manifiesto en la introducción. Lo expresó muy bien nuestro refranero con el "dime con quién andas y te diré quién eres." El hombre es generalmente hijo del ambiente que le rodea y termina por hacer suyos los sentimientos de aquellos con quienes familiarmente trata.
El premio de los justos (13:21-25)
21 Al pecador le persigue la desventura, pero el justo será bien retribuido. 22 El hombre de bien será heredado por los hijos de sus hijos; la hacienda del pecador está reservada para el justo. 23 Lo que rotura el pobre da pan en abundancia, mas por la impiedad se disipa la hacienda. 24 Odia a su hijo el que da paz a la vara; el que le ama se apresura a corregirle. 25 El justo tiene pan a saciedad, pero el vientre del impío hambreará.
Abre esta pequeña sección una sentencia en que se expresa el principio general de retribución ya enunciado 15, sin concretar la naturaleza del premio y del castigo. La segunda viene a confirmarlo: los bienes legítimamente adquiridos por el justo son estables, pasan de padres a hijos. No así los bienes injustamente adquiridos por el pecador, que muchas veces vienen, antes o después, a parar a manos del hombre sabio y prudente 16. En la parábola de los talentos, Jesucristo presenta al señor que quita el denario al siervo inútil, que no lo hizo fructificar, y mandó que fuese dado al siervo fiel, que, habiendo recibido diez talentos, hizo fructificar otros diez 17. La variedad de versiones e interpretaciones 18 demuestra la oscuridad del v.23. La más corriente del texto hebreo dice que mientras el pobre con el trabajo constante de cada día, bendecido por Dios, llega a hacerse rico, el impío consume sus riquezas, por grandes que sean, en los vicios, que lo llevan a la ruina. El sabio, que ha recomendado con insistencia la corrección, inculca ahora al padre incluso el castigo corporal como medio de instrucción. En efecto, advierte, no es quien deja a los hijos con sus caprichos, quien jamás les niega un gusto, el que los ama con un amor recto y sincero, sino el padre que los educa y hace de ellos hombres sabios, prudentes, honrados, que sepan vencer sus pasiones y enfrentarse con la vida. Todo esto difícilmente se consigue sin la corrección y el castigo19. El último verso expresa el mismo pensamiento que 10:3, en Que la retribución se atribuye a Yahvé. El justo asegura su sustento, porque Dios bendice su trabajo; al impío los vicios le consumen lo que tiene 20. Admira la confianza profunda de los sabios en Yahvé en medio de una fe que no se eleva por encima de la retribución material.
1 2:1 12:1. — 2 2:21-22. — 3 11:3-5-6. — 4 10:15. — 5 Ex 21:22; 22:8-16; Dt 22:13-29. — 6 Ex 21:30. — 7 Ex 22:2. — 8 Is 9:1; 30,26; Job 3:20; 22:28; 33:30; Sal 36:10; 49:20; 56:14. — 9 11:2; 12:15. — 10 Oc. p 387 — 11 3:2.18; 5:22:23. — 12 El TM da en isa un sentido en desacuerdo con las afirmaciones de los sabios: el camino de los malvados es duradero. Cf. en Toy, o.c., p.271-272, las diversas interpretaciones que se dan, ninguna de las cuales puede darse por segura del todo. La Bib. de Jér. traduce: una prudencia inteligente concilla favor. — 13 23:13; Is 18:2. — 14 12:1; 13:1. — 15 10,24; 11:21.27. — 16 Ecl 2:26; 6:2; Job 27:13-17. — 17 Mt 25:14.30. — 18 Cf. en Toy, o.c., p.277-278, las numerosas correcciones que se proponen. Dyson, modificando ligeramente el texto hebreo, traduce: El grande devora la posesión del pobre, pero es barrido sin proceso judicial (castigado por la justicia divina). Renard interpreta que la Providencia provee siempre con abundancia a las necesidades del hombre, y que es la injusticia humana quien provoca la miseria. La Bib. de Jér.: la tierra roturada de los pobres produce grandemente; la falta de justicia es de aquellos que perecen. — 19 Eclo 30:1-13. — 20 Sal 37:25.
14. Sabiduría, Prudencia, Religión y Estado
Sabiduría y Necedad (14:1-14)
1 La mujer prudente edifica la casa; la necia, con sus manos la destruye. 2 El que anda en rectitud teme a Yahvé; el que va por sendas tortuosas le desprecia. 3 En la boca del necio está la vara de la soberbia, mas los labios del sabio son su guarda. 4 Sin bueyes, el granero está vacío; por la fuerza del buey hay pan en abundancia. 5 El testigo fiel no miente; el testigo falso profiere mentiras. 6 Busca el petulante la sabiduría, pero nada; mas para el prudente es fácil alcanzarla, 7 Apártate del necio, pues no hallarás labios de ciencia. 8 La ciencia del cuerdo está en conocer su camino; al necio le engaña su necedad. 9 El necio desprecia el pecado; entre los justos habita la benevolencia. 10 El corazón conoce sus amarguras, pero en sus alegrías no tiene parte el extraño. 11 La casa del malvado será asolada; la tienda del justo florecerá. 12 Hay caminos que nos parecen derechos, pero acaban al fin en la muerte. 13 Aun en la risa hay aflicción de corazón, y a la alegría sucede la congoja. 14 El insensato tendrá el fruto de sus obras, y de él gozará también el hombre bueno.
El primer verso pone de relieve la gran influencia de la mujer en la buena marcha de la casa, y cuyo mejor comentario lo hace el capítulo 31. La felicidad de un hogar depende principalmente de la solicitud de la mujer, y la prosperidad, de su buena administración práctica. Donde hay mujer necia, en cambio, no habrá orden, ni paz, ni economía. "En sentido general puede decirse — escribe Girotti — que la sabiduría de la mujer puede suplir la del marido; pero su necedad puede destruir la casa, no obstante la sabiduría del marido."1
Al principio del libro estableció el autor que el temor de Yahvé es el principio de la sabiduría bíblica, que supone ante todo rectitud de vida. Con razón constata ahora que quien obra bien teme a Dios, y quien va por malos caminos le desprecia, lo cual encierra una profunda observación psicológica: los malvados sienten instintivamente desprecio hacia Dios porque su ley contraría sus instintos. Y por lo mismo desprecia y persigue a los justos, cuya conducta virtuosa supone para ellos una continua reprensión, que su conciencia no logra muchas veces acallar. Ahí está también la razón de por qué se persigue a aquellos cuyo único delito es predicar a todos, como representantes de Dios, su divina ley.
El v.3 presenta otra vez, ésta con expresivas imágenes, las diversas manifestaciones y efectos de la lengua en el soberbio y en el sabio. La de aquél es como un azote para los demás, con sus connaturales desprecios y calumnias. El sabio, en cambio, es prudente; no habla mal de los demás, con lo que no se ve comprometido por sus palabras. Y si otros le comprometen, su inteligencia le pone a salvo de sus críticas. Con una experiencia de la vida agrícola — quien quiera llenar sus graneros con abundantes cosechas ha de procurar tener sus bueyes en las condiciones de mayor rendimiento —, el sabio enseña que quien pretende conseguir los fines ha de poner en práctica los medios a ello conducentes. El v.5 repite 12:17: el que se acostumbra a mentir, difícilmente se abstiene de hacerlo, sobre todo si está por medio la esperanza de lucro; la costumbre crea como una segunda naturaleza, a la que difícilmente se resiste. Los que aman la verdad, por el contrario, aborrecen instintivamente la mentira y por nada del mundo se dejan vencer por ella.
La sabiduría exige en quienes quieren hacerse sus discípulos ciertas disposiciones, sin las que no es posible alcanzarla: el temor de Dios, la humildad y pureza de corazón, de todo lo cual carece el orgulloso, quien, por lo demás, no busca la sabiduría con rectitud de intención, sino por los beneficios sociales que le reporta. Quien tiene aquellas disposiciones acepta con toda docilidad sus enseñanzas, la misma corrección, incluso, de la sabiduría, que por su parte tiene sus delicias en estar con los hijos de los hombres. Cuando la Sabiduría encarnada apareció en el mundo predicando su mensaje de salvación, los soberbios lo rechazaron, mientras que lo aceptaron sin dificultad los humildes y sencillos de corazón. De ahí la norma del hombre prudente: evitar el trato con el necio,, porque de él no aprenderá sabiduría y, además, participará en su desdicha 2. La verdadera sabiduría, precisa el sabio, consiste no en vanas y ostentosas palabras, sino en conocer el fin a que debemos tender y ordenar la vida en orden a su consecución. Al necio, por lo que a este particular toca, le pierde su propia necedad, que le impide ver lo errado de su camino, haciéndole así víctima de su propio engaño.
El v.9 no está claro en su primera parte y es susceptible de diversas interpretaciones. El término asam puede significar el pecado y también el sacrificio por la falta. El necio, que desprecia a Yahvé y su ley, naturalmente se mofa del pecado y del sacrificio de expiación por el mismo, haciéndose con ello más indigno todavía de la benevolencia de Yahvé, que se derrama sobre los justos 3. Constata en el verso siguiente el sabio lo insondables que resultan los sentimientos de un corazón humano para el de su prójimo. Los demás podrán adivinar nuestras tristezas, entrever nuestras alegrías, pero nadie puede llegar al fondo de nuestro corazón y comprender la profundidad del dolor ante un desastre grave o la intensidad de la alegría al realizarse una profunda ilusión. Nosotros mismos encontramos dificultad para manifestar y hacer partícipes a nuestros prójimos de nuestros más íntimos y personales sentimientos.
El v.11 presenta de nuevo, y con comparaciones ya conocidas, el principio de retribución, ya enunciado en 11:18 y 13:174. Pero las apariencias le son muchas veces opuestas. Dios permite que los malos de momento triunfen, y entonces sus caminos parecen rectos, pero irremisiblemente, lo ha afirmado muchas veces el sabio 5, conducen a la perdición. Otra experiencia respecto del corazón humano es que éste nunca se ve suficientemente satisfecho, pues no hay alegría sin pena, ni gozo al que no suceda la tristeza. San Agustín indicó la razón profunda de esta experiencia cuando, después de haber gustado de los placeres todos de la tierra, exclamó: "Señor, has hecho nuestro corazón para ti, el cual no podrá verse satisfecho hasta que no descanse en ti." 6 Concluye con la antítesis clásica del principio de retribución, como siempre, sin precisión alguna.
Prudencia (14:15-25)
15 El simple todo lo cree; el prudente pone atención a sus respuestas. 16 El sabio es cauto y se aparta del mal; el necio se deja llevar de él fácilmente. 17 El que presto se enoja hará locuras, pero el hombre reflexivo no se impacienta. 18 Los simples tienen por herencia la necedad, mientras que el sabio se corona de sabiduría. 19 Los malos se inclinarán delante de los buenos, y los impíos ante la puerta del justo. 20 Aun a los parientes es odioso el pobre, pero el rico tiene muchos amigos. 21 El que desprecia a su prójimo peca; bienaventurado el que tiene misericordia de los pobres. 22 ¿No yerra el que maquina el mal? y el que obra el bien, (no tendrá) misericordia y fidelidad? 23 En toda labor hay fruto, pero la charlatanería empobrece. 24 La cordura del sabio es su corona; la necedad es el collar de los necios. 25 Salva las vidas el testigo veraz, pero el que profiere mentiras es un asesino.
Los versos de esta perícopa, constatando datos de experiencia práctica, recomiendan aquella prudencia que consiste en el justo medio. Al ingenuo, que todo lo cree, y de cuya candidez abusan los impíos, se opone la sensatez del hombre prudente, que da crédito a las palabras de los demás cuando hay motivos suficientes para ello, consciente de que en este mundo, puesto todo él bajo la influencia del maligno7, no toda palabra de nuestros prójimos merece confianza. Lo que no hay que confundir, claro está, con la suspicacia, que en todo ve segundas intenciones. Ni crédulos ni suspicaces, enseña el sabio, sino sencillamente prudentes 8. Observa una vez más la diferente conducta del sabio y el necio frente al mal. Aquél lo prevé, reflexiona y, llevado del temor de Yahvé, lo evita; éste, irreflexivo, o no lo descubre o, si lo descubre, privado del espíritu de sacrificio y disciplina, no tiene fortaleza para evitarlo. Una de las cosas que más determinan esa diferente conducta es la actitud frente a la ira; el necio, que se deja dominar por ella, cometerá muchas locuras, mientras que el sabio, que conserva frente a ella el dominio de sus facultades, dirige sus actos conforme a su razón. La sabiduría requiere inteligencia, reflexión y prudencia, y quien carece de ella tendrá la necedad por compañera inseparable, mientras que quien en aquéllas se ejercita aumenta su caudal de sabiduría y crece su gloria ante los hombres.
A continuación afirma, con una imagen tomada de las costumbres orientales, la superioridad de los buenos respecto de los impíos, admitida sin discusión por los sabios israelitas, si bien no saben precisar toda la naturaleza de esa superioridad, que limitan a la protección por parte de Dios en esta vida y a la inmortalidad ética. En la plenitud de los tiempos, la Sabiduría encarnada haría un buen comentario a este verso con la parábola del rico epulón y el mendigo Lázaro 9. También el rico tiene sus ventajas sobre el pobre: mientras que aquél con sus riquezas se granjea amigos, el pobre no puede, a veces, contar ni con el afecto de los suyos, quienes, como comprueba una triste y frecuente experiencia, se avergüenzan de él. "Mientras eres feliz — cantaba Ovidio —, tendrás muchos amigos; pero cuando los tiempos te fueren adversos, te quedarás solo"10, porque, como afirma Ben Sirac, hay amigos que sólo lo son de ocasión, compañeros de mesa, que en el día de la tribulación no permanecen fieles a sus amigos u. Pero no obra conforme a las normas de la sabiduría quien desprecia a los pobres. Quien lo hace peca contra la ley de Dios, que manda numerosas veces en el A.T. tener misericordia con los pobres 12, creados también ellos a imagen de Dios. Es, en cambio, bienaventurado quien practica la misericordia con los necesitados, porque con ello consigue el favor de Dios, que le recompensará tal beneficencia 13. La expresión verdad y fidelidad del v.22 indica la bondad y equidad de Dios con los hombres 14 o de los hombres entre sí15. Aquí significa el favor de Dios, que asegura la paz y fidelidad a quien se conduce con su prójimo con misericordia, y la benevolencia por parte de los hombres, que le premiarán con su amistad el bien que les hace.
El sabio recomienda, una vez más, el trabajo, advirtiendo que quien trabaja siempre obtiene algún rendimiento, y condena otra vez la charlatanería, que lleva lógicamente a la ociosidad, que termina por empobrecer al más rico. Los dos últimos versos repiten ideas ya expresadas. La corona y el collar son imágenes utilizadas con frecuencia para poner de relieve el honor y dignidad que la sabiduría confiere a sus discípulos 16. Las expresiones salva vidas, es un asesino, del v.25, se refieren a todos aquellos bienes que salva con su palabra un testigo veraz, y que pone en peligro o hace perecer el malvado con su mentira, entre los cuales se encuentra con frecuencia la buena fama y a veces incluso la misma vida.
Religión y Estado. Sentencias varias (14:26-35)
26 El temor de Yahvé es la confianza del fuerte, y sus hijos en él hallarán refugio. 27 El temor de Yahvé es fuente de vida, que aleja de los lazos de la muerte. 28El pueblo numeroso es el orgullo del rey; en la falta del pueblo está la ruina del príncipe. 29 Es tardo a la ira el prudente; el pronto a la ira hará muchas locuras. 30 Corazón apacible es vida del cuerpo, y la envidia es la caries de los huesos. 31 El que maltrata al pobre, injuria a su Hacedor; el que tiene piedad del pobre le honra, 32El impío es arrastrado en su maldad; el justo hallará refugio en su inocencia. 33 En el corazón del cuerdo reposa la sabiduría, que se hace sentir aun entre necios. 34 La justicia engrandece a las naciones; el pecado es la decadencia de los pueblos. 35 Al ministro inteligente da el rey su favor; al inepto, su desprecio.
Los dos primeros versos ponen de manifiesto la importancia y utilidad del temor de Dios o práctica de la religión. Los que temen a Yahvé ponen en El su confianza, y el Señor se constituye en su refugio y fortaleza. Así ocurrió con los israelitas 17, cuya historia es el relato de la protección de Dios sobre su pueblo escogido. La razón está en que el temor de Dios inspira los buenos pensamientos y acciones virtuosas, que obtienen la bendición de Dios, que las premia con una vida feliz; son los pecados los que atraen su cólera y su castigo. Como siempre, la naturaleza de la protección divina queda sin precisar.
Sigue una máxima referente al rey, en que constata que la gloria de un rey, más que en la pompa exterior de que rodeaban sus tronos los monarcas orientales, consiste en el número de subditos que le obedecen, y que, en caso de ser atacado por sus enemigos, defenderán su territorio. Los profetas y salmistas exhortaban más bien a los reyes a poner su confianza en Dios, que con su hálito puede aniquilar a los enemigos del pueblo escogido 18. No hay contradicción entre las afirmaciones de los profetas y salmistas y las de los sabios, sino que se complementan mutuamente; aquéllos ponen de relieve la protección de Dios sobre su pueblo; éstos, los valores humanos, de que Dios no quiere se prescinda.
Las sentencias de los versos 29-30 son ya conocidas. La primera, una recomendación de mansedumbre ante los efectos nocivos de la ira, recuerda el ν.ΐφ La segunda opone los efectos diversos que sobre el cuerpo ejercen un carαcter apacible y la envidia; aquél, "manteniendo las emociones en perfecto equilibrio," contribuye a la salud del cuerpo; ésta, por el contrario, es la caries de los huesos, expresiva metáfora del sabio para designar los efectos de la envidia, que carcome, como un terrible gusano, la satisfacción interior y la alegría exterior, cuya ausencia denotan los ojos del envidioso. El v.3i presenta la actitud respecto del pobre en su relación con Dios. El pobre ha sido creado por Dios, quien ha querido que haya en la tierra ricos y pobres. Quien a éstos maltrata, injuria, en consecuencia, a Yahvé (v.21). Jesucristo, que elegio para sí el camino de la pobreza, dijo que consideraría como hecho a El mismo lo que para con los pobres, bueno o malo, se hiciese.
Siguen dos sentencias con la habitual antítesis entre la impiedad y la justicia en cuanto a sus efectos 19, entre la necedad y la sabiduría, que hace sentir su eficacia aun entre los mismos necios. "Es tal la fama de la sabiduría y de la virtud — escribe A Lapide —, que aun a los mismos necios e impíos ilumina y transforma, haciéndolos sabios y justos. Tan grande a la vez el celo y ardor del sabio y del justo, que, conscientes de que la sabiduría y la justicia les fueron concedidas no sólo para su provecho particular, sino en orden al bien universal, las comunican y hacen partícipes de ellas a todos, especialmente a los necios" 20. En las dos últimas, el sabio vuelve al tema del rey y su pueblo. Dijo antes que la grandeza de la nación radicaba en el número de sus habitantes; añade ahora que la justicia, que se opone al pecado y lleva a los ciudadanos al cumplimiento fiel de sus deberes, es lo que atrae esa bendición de Dios que se manifiesta en la paz y prosperidad, que engrandece la nación. La historia de los pueblos enseña, por el contrario, cómo el pecado, especialmente la desobediencia, la soberbia, la lujuria, sumieron en la ruina pueblos florecientes2! El pensamiento es frecuente en los profetas, que ligan la prosperidad nacional al cumplimiento de la ley divina. La última sentencia indica al rey una medida imprescindible que ha de tener en cuenta el buen gobernante que pretenda una nación grande y próspera: escoger ministros inteligentes y sabios consejeros. De ello dependerá el éxito o fracaso de su política. La advertencia vale especialmente para nuestros tiempos, en que el gobierno de las naciones entraña muchos mayores dificultades que en épocas pasadas.
1 O.c., p.64. La expresión la se aplica en 9:1 a la sabiduría, por lo que algunos suplen sabiduría por mujer. Pero todos los manuscritos leen mujer, y en el contexto no hay personificación alguna de la sabiduría como en el c.g. — 2 13:20. El TM es dudoso en el v.7, y las versiones antiguas dan diversas interpretaciones, que no permiten una reconstrucción cierta del texto. Los LXX traducen: todas las cosas son contrarias al insensato, pero los labios sabios son armas de ciencia. — 3 Como los autores de los Proverbios no prestan mucha atención a las formalidades del culto, algunos prefieren traducir por pecado (renard). Los LXX traducen: las casas de los impíos deben ser purificadas, mas las de los justos son gratas. La Bib de Jér. coincide con nuestro texto. — 4 11:18; 13:17; Is 14:22; Job 18:19; Sal 109:13. — 5 2:22; 5:5; 7:27; 9:18;110:3, etc. — 6 Cf. Confesiones 1.4 c.10-11. — 7 1 Jn 5:29. — 8 Mt 10,16. — 9 Le 16:19-31. — 10 Cf. Eclo 6:6-17. — 11 6:6-12. — 12 Ex 23:11; Lev 19:10; 23:22; 27:8; Dt 15:9.11; 24:14-15; Sal 9:10; 12:6; 35:10, etc. — 13 La Vulgata añade: el que cree en el Señor tiene misericordia; pero no se encuentra en texto alguno, ni en los más antiguos manuscritos latinos. — 14 2 Re 2:6. — 15 Jos 2:14. — 16 1:9; 4:9- — 17 Dt 14:1; Sal 73:15- — 18 Is 7:10-11; 37:20; Ez 39:28; Jl 3:12-16; Sal 33:16. — 19 El TM dice: el justo espera aún en su misma muerte, lo que insinuaría la felicidad del más allá. Está más de acuerdo con el contexto del libro la versión de los LXX: el justo confía en su inocencia; leen bethummd (en la inocencia) en lugar de bemóthó (en la muerte). — 20 O.c., p.442. — 21 Cf. San Agustín, La Ciudad de Dios 5:12; León XIII, ene. Inscrutabili Dei consilio.
15. La Palabra, la Felicidad, Cosas Gratas y Odiosas a Dios
La buena y la mala lengua (15:1-12)
1 Una respuesta blanda calma la ira; una palabra áspera enciende la cólera. 2 La lengua del sabio hace estimable la doctrina; la boca del necio no dice más que sandeces. 3 Los ojos de Yahvé están en todas partes, observando a los malos y a los buenos. 4 La lengua blanda es árbol de vida; la áspera hiere el corazón. 5 El insensato desprecia la corrección paterna; obra prudentemente el que la atiende, 6 En la casa del justo reina la abundancia; en las rentas del impío, la turbación. 7 Los labios del sabio derraman sabiduría; no así el corazón del necio. 8 Yahvé abomina el sacrificio del impío y se agrada en la oración del justo. 9 Aborrece Yahvé el camino del impío, pero ama al que sigue la justicia. 10 Molesta la corrección al que va por mal camino, pero el que aborrece la corrección morirá. 11 Están delante de Yahvé el "seol" y el averno, cuánto más los corazones de los hombres! 12 El pe-Bulante no quiere que le corrijan; por eso no va con los sabios.
Abre la perícopa una hermosa sentencia, tomada de la vida práctica, sobre los diversos efectos de la mansedumbre y la aspereza en nuestras respuestas. Una palabra suave desarma y apacigua el ánimo más irritado; una contestación áspera irrita más y enciende la cólera l. Si a sus palabras el sabio añade elocuencia y gracia en el hablar, aun diciendo lo mismo que otros, hace a sus oyentes más agradable su ciencia 2, mientras que las palabras del necio, que no encierran más que necedades, desagradan y muchas veces provocan la risa 3. Y así, las palabras del sabio son árbol de vida feliz, al enseñar el camino para conseguirla y evitar los obstáculos que a ella se oponen, como son la ira, las discusiones que suscitan las palabras del impío o las críticas y calumnias que profieren sus labios (v.4 y 7).
Por encima de uno y otro está Dios, cuyos ojos están en todas partes (ν.3). El sabio afirma la omnipresencia de Dios, que ve y observa las acciones de los buenos y de los malos, y no en una actitud de indiferencia, sino en orden al premio y castigo correspondiente, como afirman numerosas veces los libros sagrados4. Dios conoce incluso las mismas intenciones del ser humano y las disposiciones de su corazón, pues que su ciencia penetra hasta el mismo seol, morada de los muertos, y las partes más remotas del mismo, significadas aquí por el averno, si es que este término no es aquí sinónimo de Seol, y la repetición una mera figura retórica 5.
Contiene la perícopa también dos hermosas sentencias sobre el sacrificio (v.8-9). Dos cosas hay que distinguir en él: la ofrenda material y la disposición de ánimo con que se ofrece. Para que los sacrificios sean gratos a Yahvé, es preciso vayan acompañados de buenas disposiciones, humilde reconocimiento de su majestad y nuestra total dependencia respecto de El, una vida ajustada a sus mandamientos, como recomendaban con mucha insistencia los profetas 6; nada valen los sacrificios, por muy valiosos que sean los dones en ellos ofrecidos. Al sacrificio del impío, que carece de esas disposiciones, por lo que no es grato a Yahvé, opone el sabio la oración del justo, que va acompañada de las mismas. Jesucristo enseñó que ésta sería oída por el Padre 7. La razón es que, como dice San Agustín, Dios no mira a la mano, sino al corazón 8. A El le agrada la intención recta y la santidad de vida; los dones, en tanto en cuanto estén informados de ellas.
Tres veces en la narracion hace el sabio referencia a la corrección. Advierte la insensatez del hijo que rechaza la corrección paterna, que entraña todo el amor y la experiencia de un padre 9; observa que, si bien la corrección es molesta, es precisa para conseguir una buena formación moral, sin la que no se pueden evitar las consecuencias de la impiedad; y que el petulante, verdadero necio, procura evitar el trato con los sabios, porque su conversación y su conducta suponen para él una continua reprensión, que no está dispuesto a aceptar.
En el v.6 afirmó una vez más el principio de retribución temporal, que presenta la prosperidad material como premio de la virtud, y la ruina como castigo del pecado.
La felicidad (15:13-24)
13 Corazón alegre hace buena cara, pero la pena del corazón abate el alma. 14 El corazón prudente busca la sabiduría, pero la boca del necio se complace en la necedad. 15 Los días del pobre todos son tristes, pero la alegría del corazón es un perenne banquete. 16 Mejor es poco en el temor de Yahvé que muchos tesoros en la turbación. 17 Mejor comer legumbres donde hay amor que comer buey cebado donde hay odio. 18 El iracundo promueve contiendas; el que tarde se enoja aplaca las rencillas. 19 El camino del perezoso es seto de espinas; el sendero de los rectos es llano. 20 El hijo sabio es la gloria de su padre; el necio, la vergüenza de su madre. 21 Al falto de sentido le agrada la necedad, pero el hombre prudente endereza sus caminos. 22 Frústranse los planes donde no hay consejo, pero se logran por el consejo de muchos. 23 Gusta saber qué responder, y la palabra dicha a tiempo, ¡cuánto bien hace! 24 El inteligente va hacia arriba por el camino de la vida, para apartarse del sepulcro abajo.
Existe una mutua influencia entre el alma y el cuerpo, de modo que los sentimientos de aquélla tienen en éste su repercusión. Así, el gozo del alma se exterioriza en la expresión del rostro, que irradia satisfacción y contento, y el ánimo abatido por el dolor se deja entrever en la mirada triste y rostro cabizbajo.
Una de las exigencias de la sabiduría es el deseo de un aprovechamiento cada día mayor en la misma. Siempre es posible un progreso cada día mayor, tanto en la sabiduría especulativa como en la práctica, y el verdadero sabio no deberá sentirse plenamente satisfecho mientras pueda acrecentar su ciencia. El necio, en cambio, se complace en su necedad, por lo que no siente inquietud alguna por salir de ella.
El sabio declara en seguida dónde se encuentra la verdadera felicidad. Afirma que en esa alegría del corazón que proviene del disfrute de los bienes que Dios nos concede, y más todavía del cumplimiento fiel de los deberes fundamentales enseñados en la ley, el amor a Dios y el amor al prójimo. De ahí que los días del pobre sean todos tristes (v.1s); el miserable afligido que carece incluso de lo imprescindible para una vida digna, que no dispone de medios con que granjearse amigos, que resulta incluso odioso a sus familiares 10, no puede sentirse contento y feliz. Pero tampoco las solas riquezas proporcionan la verdadera dicha, si no van unidas al temor de Dios, al cumplimiento de su voluntad, que las hacen poseer con paz y seguridad, sin la preocupación de que en un momento dado le puedan ser arrebatadas, lo que turbaría la felicidad que de ellas podría provenir. De modo que es preferible tener lo necesario viviendo en el temor de Dios y gozando del amor del prójimo que poseer grandes riquezas sin la bendición del Señor o festejar donde reina el odio. Amenofis escribió unas sentencias parecidas: "Es mejor — dice — pobreza en manos de Dios que riqueza en el almacén. Mejor pan con un corazón alegre que riquezas con disgusto," 11 y Ahikar: "Preferible saciarse de hierbas insípidas, comidas con alegría y contento, que de todas las cosas dulces con disgusto, riñas, tristeza e inquietud"12. Los ascetas hacen aplicación de estos pensamientos a la vida espiritual, inculcando que es preferible el cumplimiento de los mandamientos con caridad en el corazón que los consejos evangélicos con odio.
La mención del odio quizá llevó al redactor a colocar aquí la sentencia del v.18, en que se contraponen de nuevo la ira y la paciencia en términos parecidos a los del v.1. Séneca recomendaba a este propósito que "la discusión comience siempre por tu prójimo, y la reconciliación por ti." 13 Sigue una observación de la vida práctica sobre el perezoso y el diligente: al primero todo se le presenta difícil y arduo; abandonado a su desidia, los obstáculos le resultan cada día más insuperables; el camino de la virtud es para él como un seto de espinas al caminante palestinense, que camina con los pies descalzos. Al justo, el amor a la virtud le hace vencer todo obstáculo en su camino y crecer cada día en ella, crecimiento que le sirve de estímulo para superarse más y más en el esfuerzo preciso para alcanzarla en su más alto grado. El v.20 reproduce el 10:1, recomendando la piedad filial. El 21 constata la experiencia desconcertante del necio, que se goza en su necedad, sin duda porque no conoce que sus acciones son malas o porque no adivina el castigo que a ellas seguirá; y la del varón prudente, que dirige los pasos de su vida conforme a la ley de Dios y los dictámenes de la sabiduría.
El sabio hace una recomendación de la utilidad del consejo. Si en asuntos complicados se obra por iniciativa propia, fácilmente uno se equivoca; no, en cambio, si se consulta el parecer de sabios y prudentes consejeros 14. También los sabios egipcios hacían resaltar esta importante misión sapiencial15, cuyo fiel cumplimiento proporciona profunda alegría al sabio y, especialmente en situaciones delicadas, hace un bien inmenso a quienes pidieron su consejo o necesitaron una palabra de aliento y consuelo.
Concluye con el estribillo constante del libro de que la virtud conduce a la vida, y el pecado a la muerte. Se trata, como siempre, de la vida larga y feliz y de la muerte prematura, y se expresa una vez más la creencia de que Dios premia las buenas acciones en esta vida y castiga las malas. Si queremos interpretar este verso de acuerdo con la doctrina constante del libro, no podemos ver afirmada en él claramente la existencia de dos lugares distintos, uno para los buenos y otro para los malos, alusión al cielo y al infierno. Tal vez la entrevió, pero no lo suficiente para afirmarla sin más y ponerla como base de sus exhortaciones.
Cosas odiosas y cosas gratas a Yahvé (15:25-33)
25 Asóla Yahvé la casa del soberbio y afirma los linderos de la viuda. 26 Son abominables a Yahvé los pensamientos del malo y le son gratas las palabras limpias. 27 Perturba su casa el codicioso, pero el que aborrece las dádivas vivirá. 2§ El corazón del justo medita la respuesta, pero la boca del impío echa fuera su maldad. 29 Lejos de los impíos está Yahvé, mas oye la oración del justo. 30 Rostro radiante alegra corazones, y una buena nueva conforta los huesos. 31 Oreja que escucha la corrección saludable tendrá su puesto entre los sabios. 32 El que tiene en poco la corrección menosprecia su alma; el que la escucha adquiere entendimiento. 33 El temor de Yahvé es enseñanza de sabiduría, y a la honra precede la sumisión.
Los libros sagrados repiten que Dios castiga a los soberbios y da su gracia a los humildes. El sabio afirma aquí que Dios asolará la casa del soberbio, permitiendo le sea arrebatada o destruida su hacienda; en cambio, defenderá los linderos de la propiedad de la viuda 16 para que nadie, aprovechándose de su condición indefensa, pueda reducirle sus límites. Una de las características de la legislación deuteronómica es la protección de los débiles y necesitados, los pobres, los huérfanos, las viudas; y los profetas presentan a Yahvé como el defensor de los mismos 17. Afirmó también antes el sabio que Dios penetra en los pensamientos mismos del hombre (v.11); añade ahora que el Señor detesta los pensamientos del malvado, que traman el mal ajeno, ya que, como afirma el salmista, El no se complace en la iniquidad 18 y le agradan las palabras del justo, que no están empañadas con críticas y calumnias o cualquier otros pecados que ofenden la caridad del prójimo y resultan, por lo mismo, desagradables a sus ojos.
El v.27 pone de manifiesto los efectos de la codicia y del desprendimiento. Aquélla perturba la casa, porque el afán de tener cada vez más persigue constantemente al codicioso y le lleva a cometer injusticias, que originan el temor de perder un día lo que injustamente había adquirido, víctima de la maldición de Dios o de la venganza de quienes fueron por él despojados de sus bienes. Mas el hombre desinteresado, que aborrece las dádivas, no incurrirá en las injusticias a que aquéllas dan lugar y se mantendrá fiel en el cumplimiento del deber, con lo que gozará de paz y tranquilidad bajo la protección de Dios. No es reprobable el aceptar regalos por los beneficios hechos al prójimo; lo que condena el sabio son las dádivas que corrompen en el cumplimiento del deber, induciendo a cometer injusticias. Advierte también el sabio que el justo, cuando tiene que hablar, piensa y pondera las cosas y habla lo que es bueno, mientras que el impío, como no reflexiona y tiene el mal a punta de lengua, en seguida profiere el mal. San Bernardo da a este propósito un sabio consejo: "Pasa dos veces tus palabras por la lima antes de llevarlas a tu lengua."19
Los últimos versos de la perícopa refieren pensamientos conocidos. El v.29 expresa de una manera más general lo que en el v.8 dijo sobre el sacrificio del impío y la oración del justo. Los sabios, como advierte Renard 20, insisten más en la benevolencia de Dios para con los justos que en su misericordia para con los pecadores, mientras que los profetas hacen más veces mención de este atributo en su relación con los israelitas. El ν.30 recoge un pensamiento anαlogo al de los v.13 y 15, los efectos psicolσgicos que en el cuerpo produce la alegría y la repercusión que en la misma salud corporal tiene una noticia agradable, debido al optimismo que la misma infunde en el alma y la unión íntima de ésta con el cuerpo 21. Los v.31-32 vuelven sobre las diversas consecuencias de aceptar o rechazar la corrección. Esta, comenta A Lapide, es para el alma un bien sumo, pues la ilumina, limpia, adorna y perfecciona con toda virtud.... Él que la rechaza es como el enfermo, que aborrece la medicina y el médico 22. El v.33 añade a la enseñanza repetida de que el temor de Yahvé es principio de sabiduría una importante lección: la sabiduría confiere a sus discípulos el más grande honor y consiguiente estima por parte de los demás; pero para llegar a ella es precisa la sumisión humilde y sencilla a los mandamientos de Dios 23. "Como la ruina va detrás de la arrogancia — escribe San Gregorio Nacianceno —, así el esplendor y la gloria acompañan a la humildad, pues que el Señor resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes." 24
1 Sam 25:24; 1 Re 12:12-17. — 2 10:20. — 3 12:23. — 4 5:21; Jer 16:17; 32:19; Job 14:6; 31:4; 34:21; Sal 34:16-17; 139:1-8; Eclo 17:13. — 5 Job 26:6. — 6 Is 1:11-15; 61:8; Jer 6:20; 7:22-23; Am 5:21-22; Os 6:6; Miq 6:7; Mal 1:12. — 7 Mt 7:7. — 8 Serm.19 De verbis Domini. — 9 13:1. — 10 14:20 — 11 Cf, Pritchard, o.c., p.422 col.2. — 12 ñau, p.276. — 13 Proverb. Cf. 14:29; 15:1; Eclo 8:16; 28:8.12. — 14 11:14. — 15 Cf. Pritchard, o.c., p.431-2 (enseñanzas de Duauf). — 16 Dt 19:14. — 17 Is 1:17; 10,2. — 18 Sal 5:5; 15:5- — 19 "Verba bis ad limam, antequam semel ad linguam." — 20 O.c., p.111. — 21 3:8. — 22 O.c., p.477. — 23 22:4, — 24 Orat. III.
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