COMENTARIOS:
JOB
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Jb 1,1-2,13
Esta introducción en prosa con la que comienza el libro, además de presentar al protagonista y de describir sus circunstancias familiares, plantea el problema que motiva los diálogos entre Job y sus amigos: la explicación teológica del sufrimiento del justo.
El prólogo comprende tres escenas conectadas entre sí: a) La presentación de Job, sus cualidades y sus posesiones (vv. 1-5); b) El diálogo de Satán con Dios y la prueba a la que somete al justo (1,6-2,10) —esta escena se desglosa en dos etapas simétricas que contienen cada una los mismos elementos: proyecto malévolo de Satán y permiso del Señor (1,6-12; 2,1-7a), ejecución de lo pactado (1,13-19; 2,7b) y reacción de Job (1,20-22; 2,8-10)—; c) La llegada de los amigos a solidarizarse con Job (2,11-13).
Las historias de justos que sufren, suplican a los dioses y son librados de sus desgracias eran frecuentes en Egipto y Mesopotamia. Muestras de ellas se han encontrado también en Canaán, concretamente en Ugarit, desde donde pudieron pasar fácilmente a la tradición israelita. Quizá el autor sagrado toma datos para su historia de ese trasfondo. Pero al incorporarlos a su obra como prólogo o introducción lo hace para enmarcar el problema del justo sufriente en la fe del pueblo de Israel. Por un lado, habla de Dios llamándole Yhwh, nombre específico del Dios de la Alianza, mientras que en los diálogos a lo largo del libro emplea el nombre de El u otros comunes en Canaán para designar a Dios. Por otro lado, da ya al lector la clave de por qué sufre un hombre justo: para poner a prueba su fidelidad. Ni Job ni sus amigos conocen esa clave; sólo la conocen Dios y el mundo angélico que le rodea. Por eso el problema se va a plantear entre los hombres. Las cualidades de Job (vv. 1-5) y su reacción sumisa (1,21; 2,10) al aceptar la desgracia como venida de Dios, realzan la figura del protagonista, presentado como patriarca y como prototipo de israelita bueno y piadoso, y no sólo como modelo de justo que sufre.
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Jb 1,1-5
Según la doctrina reflejada en los libros históricos y en la sabiduría tradicional recogida en los Proverbios y en los Salmos, la prosperidad era consecuencia del buen obrar; por eso, el que conservaba su pureza, justicia y temor de Dios era bendecido con riquezas e hijos. Conforme a esta doctrina, el protagonista, Job, es presentado gozando de riquezas abundantes y de descendencia numerosa por ser un hombre ejemplar (v. 1).
El número de hijos es señal de plenitud en la paternidad: tanto el número siete como el tres indican perfección. En el epílogo el Señor le duplicó todos sus bienes, pero le mantuvo el mismo número de hijos e hijas (cfr 42,10-15).
La costumbre de reunirse de vez en cuando en la casa de cada hermano (v. 4) muestra la posición holgada de todos ellos, pero también la armonía de la familia y, de modo especial, la piedad de Job que en esas ocasiones ofrecía holocaustos expiatorios por cada uno, por si habían ofendido a Dios (v. 5).
Con las pinceladas sobre la virtud, los hijos y las costumbres familiares, queda bien descrita la figura de Job. No se indica su genealogía, quizá porque se quiere presentar como modelo universal, ni se dan demasiados detalles geográficos; de Us únicamente se sabe que era una zona/tribu edomita del sur de Canaán. Tampoco hay datos cronológicos. Job viene a ser, por tanto, ejemplo para los israelitas, pero también para los gentiles. Es así modelo imitable por cualquier persona de toda región y época.
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Jb 1,6-12
Los protagonistas, Dios y Satán, se comportan como seres humanos: Dios, como un gran señor que convoca a sus colaboradores íntimos (v. 6); Satán, como un espía cualificado que parece ir en contra de un hombre temeroso de Dios, cuando en realidad va en contra de Dios mismo, pues invierte la doctrina tradicional sobre la retribución: no es que Dios bendiga al hombre piadoso, sino que éste se muestra piadoso porque Dios le bendice (vv. 9-11). La piedad, en este caso, no sería sincera, sólo consecuencia del interés y del egoísmo.
Satán en este libro no designa todavía al diablo, ángel caído y seductor que busca el mal de los hombres (cfr Ap 12,9); es más bien el acusador por antonomasia que denuncia a los hombres ante Dios (cfr Za 3,1). Una explicación más amplia puede verse en nota a 1 Cro 21,1.
Job, como Abrahán cuando se le exigió sacrificar a su hijo primogénito (cfr Gn 22,1-12), no sabe que está siendo probado en su fe y en su temor de Dios. Sin embargo, tanto en la historia de Abrahán como en la de Job, Dios mismo lleva la iniciativa: no permitirá que el sacrificio, en el caso de Abrahán, llegue a consumarse, ni que la prueba, en el caso de Job, llegue más allá de lo que Él permita (v. 12).
Los «ángeles de Dios» —literalmente en hebreo «hijos»— (v. 6) son como los súbditos que están a sus órdenes.
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Jb 1,13-22
La ejecución de los planes de Satán se lleva a cabo en un sólo día (v. 13) y produce un dramático desastre en los bienes de Job. Consta de cuatro intervenciones, cada una más severa que la anterior, y todas ellas comunicadas a Job por un superviviente único. Primero le desaparecen los bueyes y los asnos, luego los rebaños, a continuación los camellos y, por último, los hijos. Se queda sin posesiones y sin posibilidad de adquirirlas de nuevo ya que ni siquiera sobrevive su descendencia. Job ha pasado así instantáneamente de ser una persona honorable y rica a un hombre en estado lastimoso y miserable.
«Un rayo» (v. 16). Al pie de la letra, «un fuego divino», pero aquí no tiene sentido religioso, pues se trata simplemente de una expresión popular.
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Jb 1,20-22
La actitud de Job se refleja en sus gestos y en sus palabras. Los gestos de duelo, habituales en la Biblia, como se ve en la historia de José (cfr Gn 37,34) y en el luto de David (cfr 2 S 1,11; 13,31), manifiestan un profundo dolor y tristeza. Las palabras forman un bello poema que subraya la condición del hombre como criatura débil e impotente. Job experimenta la desnudez total del ser humano y la soberanía absoluta del Señor, el único con poder para dar y quitar, y manifiesta su rendida aceptación de la voluntad divina. San Gregorio Magno subraya en su comentario estas buenas disposiciones: «Si hemos recibido de Él los bienes que empleamos en esta vida, ¿por qué dolerse si el mismo Juez nos exige lo que generosamente nos había prestado?» (Moralia in Iob 2,31).
Delante de: «Bendito sea el Nombre del Señor» (v. 21), la versión de los Setenta y la Vulgata añaden: «Como Dios ha dispuesto, ha sucedido». Probablemente es una adición tardía que extrae una enseñanza universal del caso concreto de Job.
En esta brevísima reflexión aparece hasta tres veces el nombre propio del Señor (Yhwh), de modo que quien lo pronuncia expresa una profunda fe en el Dios de la Alianza y un acatamiento sincero de los designios divinos.
La primera escena termina con el triunfo rotundo de Job que, lejos de maldecir al Señor como preveía Satán (v. 11), le bendice abiertamente (v. 21). El autor sagrado dictamina a su favor señalando que ni pecó ni cometió necedad. Satán se había equivocado.
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Jb 2,1-10
La segunda escena es más concisa que la primera pero más dramática: Dios reconoce solemnemente la integridad moral de Job, y Satán propone una prueba definitiva, una «úlcera maligna» terrible y vergonzante que llevara consigo el aislamiento del enfermo (cfr Lv 13,45-46). Job, finalmente, queda maltrecho por la enfermedad y es despreciado incluso por su mujer, que sólo alcanza a interpretar aquellas desgracias como un severo castigo.
La reacción de Job es admirable y refleja su virtud extraordinaria, pero, sobre todo, su sabiduría: tilda de necia —no de malvada— a su mujer, y muestra lo incoherente de su conducta con una máxima propia de un sabio: «Si aceptamos de Dios los bienes, ¿cómo no vamos a aceptar también los males?» (v. 10).
El autor sagrado formula su dictamen, como al final del primer episodio, ratificando la inocencia del protagonista malherido: «En todo esto tampoco pecó Job» (v. 10b). Deja así el camino abierto para el diálogo que viene a continuación, en el que los datos son claros: Job nunca pecó y, sin embargo, ha contraído una grave y repugnante enfermedad. ¿Cómo se explica esta situación?
▲ COMENTARIO
Jb 2,4
«Piel por piel». Es una expresión popular para indicar un intercambio justo. Aquí indicaría que Job sigue siendo íntegro no por virtud, sino sólo porque Dios le da la vida (cfr 1,6-12).
▲ COMENTARIO
Jb 2,11-13
La mujer de Job no habló con sabiduría, quizá movida por el afecto a su marido, y fue reprochada por necia (2,10), pero no despreciada o repudiada. Y así, en el relato, queda como contrapunto que realza la piedad y la sabiduría del protagonista. Los amigos, en cambio, son presentados como sabios y educados, que saben medir sus gestos de compasión como saben medir sus palabras en el debate que se planteará a continuación. Su comportamiento es correcto; los siete días en silencio eran los que duraba el duelo por un difunto. Sus gestos reflejan respeto, pero no apasionamiento ni afecto, como en el caso de la esposa. Su diálogo será también desapasionado y frío, es decir, diálogo entre sabios, más que entre amigos.