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Is 24,1-27,13

La tercera sección de la primera parte del libro de Isaías contiene textos de género muy variado, aunque predominan las visiones y los oráculos escatológicos. Muchos autores denominan a esta sección «Apocalipsis de Isaías» o «Gran Apocalipsis» —en contraste con otra sección posterior (34,1-35,10), más breve, de este mismo género, a la que se suele denominar «Pequeño Apocalipsis»—. Está constituida por una colección de oráculos escatológicos que han alcanzado su forma actual después del destierro de Babilonia. Anuncian el juicio del Señor sobre toda la tierra, describiendo con profusión de detalles los cataclismos del «día del Señor». Al final de todo, después de una catástrofe de alcance cósmico, Dios ofrecerá a los justos el festín mesiánico, que reflejará la victoria definitiva de aquellos que están dispersos por todas las naciones. Entre estos oráculos escatológicos hay intercalados poemas líricos, que cantan la providencia especial del Señor sobre su pueblo y la victoria sobre enemigos y opresores.

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Is 24,1-23

Si en los oráculos dirigidos a las naciones (13,1-23,18) se manifiesta el juicio de Dios contra cada uno de los pueblos, ahora, en este terrible oráculo, se anuncia un castigo de dimensión universal. En él cabe distinguir varias secciones: la destrucción de todos los habitantes de la tierra (vv. 1-3); los efectos en los seres de la tierra y en sus elementos (vv. 4-16a); la destrucción definitiva de la tierra y de todo lo que contiene (vv. 16b-23).

El oráculo habla de una catástrofe cósmica que hace presa en la tierra, e incluso en los cielos (v. 4), a causa de que los hombres han transgredido las leyes y han violado la «alianza eterna» (v. 5). Es probable que esta «alianza eterna» se refiera a la alianza de Noé (Gn 9,8-17), que al ser incumplida pesa como una maldición que trae toda clase de desgracias, de las que sólo se salva un pequeño resto (v. 6).

Como ya se decía en los relatos de los orígenes, cuando la humanidad hizo sus planes al margen de Dios fue dispersada (cfr Gn 11,1-9). También ahora la ciudad queda vacía y todo es desolación (vv. 8-12). Sin embargo, en medio de la ruina universal hay gentes que gritan desde el mar con júbilo por su liberación (vv. 13-20), como sucedió en el éxodo tras el paso del Mar Rojo. Por último, «aquel día», como en el Diluvio (cfr Gn 6,13-8,22), el Señor mostrará su poder castigando a los pecadores, a la vez que manifiesta abiertamente su gloria reinando desde Jerusalén (vv. 21-23).

Por «Mar» (v. 14) se entiende el Mediterráneo y, por extensión, el occidente. «Ejército de las alturas» (v. 21) se refiere a los astros, divinizados en los mitos asirio–babilónicos.

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Is 25,1-5

Tras meditar sobre el justo juicio de Dios que ha conmovido a toda la tierra y ha hecho de su reino en Jerusalén el lugar de la manifestación de su gloria (cfr 24,23), estalla ahora un vibrante canto de acción de gracias y alabanza al Señor, que triunfa sobre la ciudad arrogante y se hace refugio para el débil (v. 4). No hay datos suficientes para identificar qué ciudad ha sido reducida a ruinas (v. 2). Podría tratarse de Babilonia, pero en cualquier caso y por encima de las circunstancias de un momento concreto de la historia, el canto expresa la voz de todo hombre en cualquier tiempo y lugar que ensalza al Señor, que protege a los débiles y echa por tierra toda arrogancia humana.

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Is 25,6-8

El Señor ha preparado a todos los pueblos en el monte Sión un singular banquete. Dios les hará partícipes de «manjares suculentos» y «vinos exquisitos». Así, se expresa de modo simbólico que el Señor hace partícipes a los hombres de alimentos divinos, que superan todo lo imaginable (v. 8).

Estas palabras son una prefiguración del banquete eucarístico, instituido por Jesucristo en Jerusalén, en el que se entrega un alimento divino, el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, que vigoriza el alma y es prenda de la vida futura: «La participación en la “cena del Señor” es anticipación del banquete escatológico por las “bodas del Cordero” (Ap 19,9). Al celebrar el memorial de Cristo, que resucitó y ascendió al cielo, la comunidad cristiana está a la espera de “la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo”» (Juan Pablo II, Dies Domini, n. 38). De ahí que los santos frecuentemente hayan exhortado a considerar esta realidad a la hora de recibir la Eucaristía: «Es para nosotros prenda eterna, de manera que ello nos asegura el Cielo; éstas son las arras que nos envía el cielo en garantía de que un día será nuestra morada; y, aún más, Jesucristo hará que nuestros cuerpos resuciten tanto más gloriosos, cuanto más frecuente y dignamente hayamos recibido el suyo en la Comunión» (S. Juan Bautista María Vianney, Sermón sobre la Comunión).

La «muerte» (v. 8) es una metáfora de la destrucción definitiva de Israel: Dios asegura que nunca ocurrirá. Por otra parte, este versículo es citado por San Pablo, al afirmar gozoso que la resurrección de Cristo ha supuesto la victoria definitiva sobre la muerte (1 Co 15,54-55), y por el Apocalipsis, al anunciar la salvación que traerá el Cordero muerto y resucitado: «Y enjugará toda lágrima de sus ojos; y no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó» (Ap 21,4; cfr también Ap 7,17). La Iglesia evoca asimismo estas palabras en su oración por los difuntos, por quienes pide a Dios que los reciba en su Reino «donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a Ti y cantaremos eternamente tus alabanzas» (Misal Romano, Plegaria Eucarística III).

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Is 25,9-26,6

Tras la celebración del banquete preparado por Dios se entonan dos himnos que se cantarán «aquel día». En el primero se alaba al Señor que es un Dios fiel, de modo que quienes han depositado en Él sus esperanzas de salvación no quedarán defraudados, mientras que la altivez de Moab será humillada (25,9-12). En el segundo se vuelve (cfr 25,1-5) a festejar al Señor por proporcionar refugio al pobre y al desvalido (26,1-6).

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Is 26,7-19

Se entabla ahora un diálogo personal con Dios en forma de oración o salmo de estilo sapiencial (vv. 7-10). No se narran a terceros las grandezas del Señor ni se alaban sus obras, sino que el profeta se dirige directamente a Él para expresar su confianza (vv. 7-8), manifestar los afectos íntimos de su corazón (v. 9a; cfr Sal 42), pedir que se manifieste su justicia (vv. 9b-10) e intervenga (v. 11), que traiga la paz (v. 12), y para celebrar en ese diálogo la fidelidad mantenida hasta el final (vv. 13-19). El v. 19 es un atisbo de esperanza en la resurrección individual, aunque aquí, igual que en 25,8, se refiere al resurgir del pueblo, como en la visión de los huesos revitalizados de Ezequiel (cfr Ez 37,1-14). La resurrección individual será reconocida plenamente en Dn 12,1-3.

Comentando el v. 10, San Bernardo se dirige a Dios: «Quiero que te irrites contra mí, Padre de las misericordias; pero con aquella ira con que corriges al extraviado, no con aquella con que le cierras la senda de la justicia» (In Cantica Canticorum 42,4).

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Is 26,20-27,13

El «Gran Apocalipsis» (24,1-27,13) culmina con la convocatoria del juicio del Señor para «pedir cuentas del pecado» a la humanidad entera (26,20-21; cfr Ap 3,10; 6,10). Se reúnen cuatro oráculos que comienzan solemnemente evocando «aquel día» (27,1. 2.12.13).

En el primero (27,1) se trata simbólicamente del castigo que sobrevendrá a los pueblos que han oprimido a Israel. «Leviatán» designa, según los antiguos, un monstruo marino, una especie de serpiente o dragón, que personificaba el caos de las aguas y encarnaba las fuerzas maléficas enemigas a Dios (cfr Job 3,8). El primer Leviatán alude a Asiria, el segundo Leviatán probablemente a Babilonia y el «dragón marino» a Egipto.

En contraste con ese castigo, el segundo oráculo (27,2-11) habla a favor de Israel con la alegoría de la viña que ya había sido utilizada en otro pasaje (5,1-7). A diferencia de aquel canto de la viña, en que se reprochaba la falta de fruto a pesar de los cuidados que le había dispensado el Señor, ahora, una vez que ha sido restaurada, el Señor la defenderá (27,2-5), y dará frutos aunque la viña haya tenido que pasar por duras pruebas para ser purificada (27,6-11). El v. 27,9 es aducido por San Pablo para anunciar la conversión final de Israel (cfr Rm 11,25-27).

Los dos últimos oráculos anuncian el futuro esperanzador de Israel (27,12-13). Por dos veces se habla de la llamada a los hijos de Israel dispersos entre las naciones, que serán recogidos de los países adonde fueron deportados, y vendrán a postrarse ante el Señor en Jerusalén. «Desde el Río hasta el torrente de Egipto» (v. 12): es decir, desde el Éufrates hasta, seguramente, el Wadi–al-Arish (que desemboca en la costa norte de la península del Sinaí). Son las fronteras ideales de la tierra de Israel.

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Is 28,1-33,24

Se inicia ahora la cuarta sección de la primera parte del libro de Isaías. Dios, soberano del mundo, juzga todas las maldades de las naciones y prepara el camino para que Israel y Judá, una vez recogidos sus desterrados de donde fueron llevados, participen de su gloria. Sin embargo —y de eso habla esta sección— el pueblo elegido no estaba preparado. Por este motivo se evoca en tono de queja la resistencia que oponen con su comportamiento a la manifestación y realización de los planes divinos de salvación.

Toda la sección se estructura en seis unidades menores, también denominadas los «Ayes de Isaías», porque todas ellas comienzan con esa interjección de lamento (28,1; 29,1.15; 30,1; 31,1 y 33,1).

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Is 28,1-29

La primera lamentación u oráculo de los «¡Ay!» se dirige a los guías del pueblo, que —como borrachos carentes de sentido— no se dan cuenta de las obras que Dios realiza y sus discretos pero eficaces modos de actuar. Se divide en dos piezas de condena, una contra el reino del Norte (vv. 1-6) y otra más desarrollada contra el del Sur (vv. 7-29).

La primera pieza (vv. 1-6) es un juicio contra Efraím, que simboliza a todo el reino del Norte. Como ya lo habían hecho otros profetas (cfr Am 4,1; 6,4-6 y Os 7,5), Isaías recrimina a sus habitantes por estar ebrios, ufanos de la seguridad que tienen de sí mismos. Les advierte de la amenaza de la invasión de Asiria. El personaje «fuerte y poderoso» (v. 2) al que se alude es, posiblemente, el rey asirio Sargón que tomó Samaría y puso fin al reino de Israel. Isaías contrasta la «corona» de borracho que se ponen los orgullosos (vv. 1.3) con la «corona gloriosa» (v. 5) que será el Señor para el «resto» que le ha permanecido fiel.

La segunda pieza (vv. 7-29) es un juicio contra Jerusalén, pormenorizado en tres diatribas. La primera va dirigida contra los sacerdotes y los falsos profetas que engañan al pueblo (vv. 7-13). Isaías se burla de ellos (v. 10) diciendo cómo suenan sus palabras a los oídos de la gente: como el balbuceo de los niños que empiezan a hablar, o como las palabras sin sentido de los borrachos. (Teóricamente se podrían traducir por: «Precepto y más precepto; precepto y más precepto; regla y más regla; regla y más regla; un poco aquí; un poco allí», pero es más probable que sólo estén tratando de imitar el sonido de palabras inconexas.) Dios se reirá de ellos y les hablará también con su propio lenguaje incomprensible (cfr v. 13). En concreto el v. 11 es esgrimido por San Pablo para prevenir a los cristianos del abuso del don de lenguas (cfr 1 Co 14,20-22).

La segunda diatriba (vv. 14-19) está dirigida a los malos gobernantes y consejeros. Confían en la mentira, que los arrastrará a la muerte. En cambio, el Señor ha puesto en Sión una roca firme que proporciona apoyo seguro: el derecho y la justicia (cfr vv. 16-17). La «piedra probada, angular, preciosa» (v. 16) ha sido interpretada en sentido mesiánico y cristológico desde muy antiguo. En los documentos de Qumrán hallados junto al Mar Muerto esta piedra es la comunidad; en el targum o versión aramea es el rey Mesías. En el Nuevo Testamento son muchas las alusiones al sentido cristológico de la piedra angular: unas veces citando el Salmo 118,22 (Mt 21,42), otras en la explicación de la Iglesia como edificación de Dios (1 P 2,4-8). Como piedra de tropiezo (cfr 8,14) es mencionada en esa misma carta de San Pedro (1 P 2,8) y en Rm 9,33 a propósito del escándalo que la predicación de San Pablo producía en algunos judíos.

La tercera (vv. 20-29) mira al pueblo entero; adquiere un tono de singular seriedad y advierte que cuando el Señor actúa no es momento de burlas sino de prestar atención. El profeta explica el modo de actuar de Dios, pausado y discreto pero eficaz, con la parábola del agricultor. Se comparan las acciones, a veces duras, de Dios con su pueblo a las del labrador con la tierra que cultiva. Constituye una doctrina de la cuidadosa providencia divina, que prepara un pueblo digno a través de enseñanzas, premios y castigos. Es una reflexión también sobre los «signos de los tiempos», que siempre hemos de aprender las criaturas humanas, y que nos resultan más difíciles cuando nos sobrevienen tribulaciones que no sabemos o no queremos entender. Las labores agrícolas son utilizadas con frecuencia como punto de partida para conocer el obrar de Dios. Así ocurre, por ejemplo, en el Nuevo Testamento, en la parábola del sembrador (Mt 13,1-23 y par.).

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Is 29,1-14

Con «¡Ay Ariel, Ariel!» comienza la segunda lamentación. Se dirige a Jerusalén, designada con un nombre simbólico que también se daba a la parte superior del altar de los holocaustos en el Templo (cfr Ez 43,15; ver nota a Ez 43,13-17). El oráculo hace referencia al asedio de la ciudad santa por las tropas asirias el año 701 a.C. (vv. 1-4), del que pocos meses más tarde sería librada misteriosamente (vv. 5-8). Sin embargo, todo eso no es más que una llamada de atención contra el endurecimiento de los corazones de los habitantes de Jerusalén, que les impide entender las palabras del Señor. Se fustiga la ceguera de Jerusalén para «leer» lo que Dios está escribiendo en los acontecimientos (vv. 9-12). Se termina, con la denuncia de la religión formalista, exterior, «con la boca», mientras el corazón está alejado del Señor (vv. 13-14).

La dureza de corazón o resistencia a entender la acción del Señor en los acontecimientos, escudándose en una religiosidad meramente formal, fue también combatida con firmeza por el mismo Jesucristo, según narra el Evangelio: «Así habéis anulado la palabra de Dios por vuestra tradición. Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí. En vano me dan culto, mientras enseñan doctrinas que son preceptos humanos» (Mt 15,6b-9; cfr Mc 7,6-8).

San Pablo en la Carta a los Romanos utiliza palabras del v. 10 para referirse al papel de Israel en el plan salvífico de Dios: «Les dio Dios espíritu de necedad, ojos para no ver y oídos para no oír hasta el día de hoy» (Rm 11,8). Muestra así que la incredulidad del pueblo judío ante Cristo estaba en los planes de Dios. Y en la Carta a los Corintios, al tratar de la sabiduría de la cruz, cita palabras del v. 14b: «Porque el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé la prudencia de los prudentes» (1 Co 1,18-19). Si durante la invasión de Senaquerib Dios confundió la prudencia humana que aconsejaba hacer una alianza con Egipto en lugar de confiar en Él, así también Dios confunde la sabiduría humana que considera la cruz de Cristo una necedad: «Echa a perder la sabiduría de los sabios cuando hace lo que ellos niegan que pueda ser hecho; y vence la inteligencia de los prudentes cuando demuestra que Dios, al que consideran lejano, interviene en lo que ellos piensan que es necio» (Ambrosiaster, Ad Corinthios 1,19).

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Is 29,15-24

Una nueva lamentación es introducida por el tercer «¡Ay!». Al principio se trata de la situación ridícula en la que se encuentra el que piensa que puede pasar inadvertido al juicio de Dios (vv. 15-16). La imagen del barro y del alfarero (cfr nota a Jr 18,1-12) muestra la necedad de negar que el hombre tenga un «Hacedor», o de enfrentarse a Él asegurando que «no sabe lo que hace». El profeta denuncia la falta de sentido que manifiestan los hombres de Judá con su alejamiento de Dios. San Pablo, en Rm 9,20-21, tomará el argumento del v. 16 para ilustrar la libre elección divina de pueblos y personas (cfr 45,9).

Pero la necedad no es definitiva (vv. 17-24). El Señor va a actuar y, cuando lo haga, nada escapará a su poder: los sordos oirán y los ciegos verán, los opresores desaparecerán y habrá terminado el endurecimiento.

La curación de las enfermedades, en concreto la sordera y la ceguera (vv. 18-19; cfr 35,5) es específica de los tiempos mesiánicos; será signo del restablecimiento del reino. San Mateo pone en boca de Jesús a la pregunta de los discípulos de Juan acerca de si Él era el que había de venir o era necesario esperar a otro: «Id y anunciadle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Y bienaventurado el que no se escandalice de mí» (Mt 11,4-6; cfr Is 26,19; 35,5-6; 61,1-3). Así, con la referencia a estas obras, Jesús demuestra que Él es el Mesías, cuya misión es la de instaurar el Reino de Dios, tal como había sido profetizado por Isaías.

La última promesa (vv. 22-24) hunde sus raíces en la tradición patriarcal. La vocación de Abrahán, que únicamente en este pasaje de la Biblia es denominada «rescate», y la historia de Jacob, librado de tantos peligros, fundamenta la esperanza del rescate y salvación definitivos.

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Is 30,1-33

La cuarta lamentación se dirige a quienes buscan inútilmente la ayuda de Egipto para resistir el embate asirio, en vez de contar con el Señor y apoyarse en Él. Comienza con amenazas (vv. 1-17), pero después el tono va cambiando hasta mostrar que Dios se compadece de su pueblo, indicándole el camino que debe seguir para librarse del peligro de Asiria (vv. 18-33).

En primer lugar (vv. 1-17) se insiste en que es insensatez y rebeldía hacer planes humanos al margen de Dios: es una estupidez buscar el amparo de Egipto, cuyo auxilio es completamente inútil. El Señor condena la desconfianza en Dios que supone llevar a cabo acciones diplomáticas encaminadas a obtener el apoyo egipcio (vv. 1-7). El profeta debe advertir al pueblo, que se obstina en desobedecer la Ley de Dios y no quiere que los profetas cumplan su misión (vv. 8-11), de la ruina irreparable que acarreará su alianza con Egipto (vv. 12-14), al que se describe gradualmente como peligroso (v. 6), inútil (v. 7) y decididamente pernicioso (vv. 12-14). Habiendo podido evitar el castigo acudiendo al Señor, han confiado en sus propias fuerzas, buscando ayuda en los «caballos» y «carros» de sus aliados (vv. 15-17). Soán (Tanis), y Janes (Hierápolis) (v. 4) son ciudades egipcias situadas en el Delta del Nilo (cfr nota a 19,1-25). Rahab (v. 7) es un monstruo marino de la mitología oriental, que algunas veces designa a Egipto (cfr Jb 9,13; 26,12; Sal 87,4; 89,11).

La segunda parte de la lamentación (vv. 18-33) está integrada por diversos oráculos, en los que se suceden promesas de liberación a Jerusalén y amenazas de castigo para Asiria. Primero se describe la situación de felicidad en que se encontraría el pueblo si volviese a su Dios (vv. 18-22). El Señor espera ansioso su retorno, porque está lleno de misericordia y amor hacia los suyos (v. 18). En cuanto vuelvan, gozarán de un bienestar, expresado con imágenes de abundancia de bienes materiales, mayor que el que podían imaginar (vv. 23-26). Asiria, por el contrario, experimentará el severo juicio de Dios (vv. 27-33). El «Tófet» (v. 33), literalmente «crematorio», era el lugar en el valle de Ben-Hinom, (o Ge–ben-Hinnôn, la gehenna) en las afueras de Jerusalén donde, en algún tiempo, sacrificaron niños al dios cananeo Moloc (ver nota a Jr 7,21-8,3; cfr Jr 19,5; 32,35). Llegó a convertirse en lugar de reprobación y de venganza divina contra los pecadores. Allí el poderío asirio tiene preparado su destino.

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Is 30,18

Con trazos sencillos pero intensos se describe el modo de actuar de Dios y la correspondencia del hombre. Dios «espera» para perdonar, durante un tiempo que San Pablo denomina «tiempo de la paciencia de Dios» (Rm 3,26); pero llegará a compadecerse, es decir, a mostrarse entrañable con los hombres: en hebreo etimológicamente «compadecerse» significa tener entrañas maternales (cfr 14,1; 49,10.13.15; etc. Ver nota a 49,15). El fundamento del obrar piadoso del Señor es su condición de «Dios de la justicia», es decir, el Dios de las decisiones salvíficas. En definitiva, Dios espera que el hombre se convierta para perdonarle. Por su parte, el hombre que tiene esa certeza debe también perseverar en la esperanza: «Dichosos cuantos esperan en Él». La paciencia de Dios provoca la esperanza del hombre.

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Is 31,1-32,20

La quinta lamentación continúa el argumento de la anterior. Los primeros versículos (31,1-9) se dirigen como antes a los que confiaban en el apoyo de Egipto olvidando al Señor, que es el único que puede prestarles verdadera ayuda ante los asirios. El Señor se burla de sus planes ilusos.

En cambio, la segunda pieza tiene como horizonte final la instauración del reinado de Dios y la felicidad en Sión (32,1-20). Este capítulo es un poema, de tono más bien sapiencial, con una visión profética del futuro mesiánico, que no se encuadra en el ámbito histórico de los oráculos precedentes: tanto el rey como sus colaboradores serán hombres justos (32,1-5), por medio de los cuales el Señor librará a su pueblo de los hombres taimados (32,6-8) y de las mujeres frívolas de Jerusalén (32,9-14). La efusión del «Espíritu de lo alto» (v. 15) llevará a efecto la justicia y felicidad mesiánicas (32,15-20).

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Is 31,1-9

Se repiten más brevemente las mismas ideas que en el capítulo anterior: la ayuda de Egipto es inútil (vv. 1-3); Asiria, a pesar de su expansión, terminará aniquilada (vv. 4-9). Hay que confiar sólo en el Señor, porque Él protege a Jerusalén (v. 5). También aquí se vuelve a enseñar que el Señor supedita la liberación de los enemigos (vv. 8-9) a la conversión de sus fieles cuando rechacen la idolatría (vv. 6-7).

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Is 32,1-20

La promesa de paz duradera es el objetivo de este oráculo que abre horizontes mesiánicos a los habitantes de Jerusalén. El rey futuro, identificado seguramente con el anunciado en el «Libro del Enmanuel» (cfr 9,6; 11,4), garantiza la justicia y la protección ante los enemigos de fuera y de dentro (vv. 1-8). Tras las desventuras que sufrirá la ciudad santa, en la que las antiguas fortificaciones (Ofel y Baján) quedarán arrasadas, las mujeres vanidosas, símbolo de una sociedad que se funda en las propias fuerzas y vive al margen de Dios (cfr Am 4,1-3), serán con su conversión signo de la nueva etapa (vv. 9-14). Finalmente, la efusión del Espíritu sobre todos (vv. 15-20), como también se había anunciado sobre el futuro rey (cfr 11,2), es prenda de que la paz y la seguridad han de permanecer porque están fundadas en la justicia (v. 17; cfr v. 1): «La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce sólo al establecimiento de un equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una dominación despótica, sino que se llama con exactitud y propiedad la obra de la justicia (Is 32,17). Es el fruto del orden asignado a la sociedad humana por su divino Fundador y que los hombres, siempre sedientos de una justicia más perfecta, han de llevar a cabo. El bien común del género humano se rige primariamente por la ley eterna, pero en cuanto a sus exigencias concretas está sometido, en el transcurso del tiempo, a continuos cambios. Por ello, la paz nunca se obtiene de modo definitivo, sino que debe edificarse continuamente» (Gaudium et spes, n. 78).

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Is 33,1-24

Este capítulo comienza con un nuevo «¡Ay!», el sexto y último. Viene a ser la conclusión de esta sección (caps. 28-33) y resume las ideas expuestas en ella. Se inicia con un discurso en el que se desarrolla el tema del «devastador devastado» (vv. 1-6), en referencia al invasor, aunque sin mencionarlo expresamente. Los lamentos de Jerusalén (vv. 7-9) serán enjugados por la intervención divina (vv. 10-16), que restaurará a Sión y hará retornar a Jerusalén a los que fueron desterrados (vv. 17-24).

La buena salud que se augura (cfr v. 24) es señal de la salvación que ha concedido el Señor a su pueblo. Aquí, como en otros lugares del Antiguo y Nuevo Testamento, se establece la relación entre salud y salvación, pecado y enfermedad. «Israel experimenta que la enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal; y que la fidelidad a Dios, según su Ley, devuelve la vida: “Yo, el Señor, soy el que te sana” (Ex 15,26). El profeta entrevé que el sufrimiento puede tener también un sentido redentor por los pecados de los demás (cfr Is 53,11). Finalmente, Isaías anuncia que Dios hará venir un tiempo para Sión en que perdonará toda falta y curará toda enfermedad (cfr Is 33,24)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1502).

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Is 33,1-6

El imperio devastador (v. 1) es seguramente Asiria, aunque es aplicable a Babilonia, a Persia o a cualquier potencia que a lo largo de la historia sometió al pueblo elegido. Los vv. 2-5 son una plegaria sentida que confiesa la soberanía de Dios y su trascendencia por encima de las criaturas (v. 5). Las cualidades y dones del Espíritu (v. 6) —propias del rey Mesías (cfr 11,2)— se piden ahora para todos los fieles que habitarán en la Jerusalén restaurada.

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Is 33,7-24

El juicio divino expresado aquí en lenguaje sapiencial (vv. 7-16) abre el horizonte a la restauración, cantada en un magnífico himno a la Jerusalén ideal (vv. 17-24). El castigo se refleja en la desolación de los habitantes de Jerusalén y de las demás regiones del país (Líbano, Sarón, Basán y el Carmelo), célebres por su riqueza y fertilidad (vv. 7-9; cfr 35,2). Sin embargo, en Sión sólo los pecadores han de temer (v. 14), porque los virtuosos estarán a salvo (vv. 15-16). La doctrina sobre la retribución individual, que aparecerá con más claridad en Jeremías y Ezequiel, se vislumbra ya en este texto. Con todo, la última palabra será una restauración del país, especialmente visible en Jerusalén. El profeta deja correr su imaginación y describe un país enorme, gobernado directamente por el Señor (v. 17), donde hay serenidad y calma, sin arrogancias. Jerusalén será una ciudad frondosa y bien regada (v. 21), donde todo marchará bien, porque Dios mismo ha asumido las funciones de gobierno (v. 22).

San Cirilo, comentando el v. 22 a la luz del Evangelio, muestra la confianza que debemos tener en el Señor contra las asechanzas del demonio: «Después de que hemos sido redimidos por Cristo y habitamos su santa tienda, es decir, la Iglesia, nos beneficiamos de las palabras de los Evangelios y de los Apóstoles, y nos atrevemos contra el que antiguamente prevalecía sobre nosotros, porque Cristo guardará nuestros corazones (…). ¡Sí, tenemos que tener ánimo! Pues mi Dios es grande y no me abandonará; es decir, Satanás no se adueñará de mí como antes. No estaré bajo sus pies, pues el Señor es nuestro juez, el Señor es nuestro jefe, el Señor es nuestro rey, el Señor nos salvará. Antes el diablo era nuestro jefe obstinado y cruel. Después de que nos hemos puesto bajo el yugo salvador del Evangelio, tenemos un juez, jefe y rey, el Señor, el Hijo, y Él nos salvará» (Commentarius in Isaiam 33,22).

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